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En la cuenca del Donbass, los mineros ucranianos se enfrentan al abismo

Mathilde Dorcadie

Foto: Los mineros del carbón regresan del pozo tras terminar su turno, el 25 de septiembre de 2018, en la mina Kapitalnaya, situada en la ciudad de Dimitrov, que pasó a llamarse Myrnograd en 2016, siguiendo una política de “desmantelamiento” iniciada por Ucrania después de los eventos de 2014 y 2015. (Mathilde Dorcadie)

Por cuarto mes consecutivo, Vladimir Kozlov no ha recibido su salario. La esposa de este minero de 37 años, tampoco ha cobrado paga alguna. Natacha se encarga de distribuir los equipos a los trabajadores en la misma mina que su esposo, quien cava túneles a 100 metros bajo tierra en medio de un calor infernal. Ambos están empleados en la mina de carbón Kapitalnaya, propiedad del Estado ucraniano. Para sobrevivir, estos jóvenes padres de una niña de 8 años pidieron un préstamo al banco, también pidieron prestado a los padres de Vladimir una parte de su pequeña pensión y comen gracias al huerto que rodea su modesta vivienda de dos diminutas piezas, construida con sus propias manos.

A pesar de la inquietud que plantea la llegada del invierno y sus dificultades, Vladimir conserva la esperanza de que el Gobierno libere los salarios próximamente. Por su parte, continúa, como todos sus compañeros, yendo a su puesto todos los días. “No tenemos otra opción, no hay otro trabajo aquí”, resume. Los mineros se aferran aún más a su profesión porque ganan por lo menos el doble del salario medio (alrededor de 180 euros, unos 204 dólares USD). La mina, que todavía emplea a 2.700 personas, en comparación con los 9.000 trabajadores que contaba al final de la era soviética, aún da de comer a una gran parte de los hogares de la ciudad de Myrnograd, situada a unos cincuenta kilómetros de Donetsk, en la cuenca minera del Donbass, al este del país.

En la época de la URSS, el nombre de Kapitalnaya era Stakhanov. “Durante un tiempo fue la más grande de Europa”, cuenta nostálgico Alexander Abramov, frente al pedestal vacío que antes portaba triunfalmente la estatua del minero Aleksei Stakhanov, el héroe estalinista que rompió el récord de productividad aquí mismo en la región, y que dio su nombre a un famoso sustantivo, el “estajanovismo”, sinónimo de empeño en el trabajo. “Ahora estamos planeando levantar un monumento a los mineros ordinarios”, añade el representante local del sindicato independiente de trabajadores mineros de Ucrania, el NPGU, antes de invitarnos a visitar el sitio, inaugurado en 1974 como uno de los más modernos de su época, pero que ahora se encuentra cubierto de óxido, con casi el 80% del equipo fuera de servicio u obsoleto.

En la oficina de la mina, unos quince jefes de equipo escuchan las instrucciones del capataz antes de iniciar su turno. Los rostros se muestran serios, los rasgos tensos.

“Siempre existe cierta inquietud, nunca hemos tenido accidentes mortales aquí, pero las condiciones son cada vez más precarias, ¡pronto trabajaremos como lo hacían nuestros abuelos, con martillos!, comenta entre dientes el capataz después de llamar a su equipo. Pese a todo, todos están presentes.

Hubo una época en la que la cuenca minera del Donbass era una de las regiones donde se ganaban los salarios más altos de la Unión Soviética y a la que acudían a trabajar jóvenes de todos los lugares del país. Después de la caída de la URSS y de la independencia de Ucrania, miles de minas y sitios industriales se vieron sumergidos en una ola de privatizaciones. “Todo lo más rentable ahora está en manos de grupos privados, el 85% de los cuales integran el holding DTeK, propiedad del oligarca local Rinat Akhmetov. El 10% menos rentable sigue siendo propiedad del Estado”, señala Andrei Gerus, economista ucraniano y especialista del sector energético. A su juicio, los costos de producción del carbón son ahora de dos a diez veces más altos en el sector público que en el privado. “Estas minas pierden dinero y deberían cerrarse desde un punto de vista racional”, esgrime.

Trabajar por menos de un kopeck

Sin embargo, para Alexander Abramov, la mina de Kapitalnaya produce un buen carbón y puede seguir haciéndolo “todavía otros 50 o 60 años más”, afirma. “No queremos que la mina cierre, ya que nadie encontrará otro trabajo. Los jóvenes se van al extranjero, pero la salud de los que ya han trabajado 10 años es deficiente. Siempre es posible solicitar un puesto en DTeK, pero hay muy pocas plazas”, lamenta enérgicamente el hombre con un fino bigote blanco. Los trabajadores no se opondrían a que la mina fuera comprada por un inversor privado, ya que saben que las condiciones de trabajo probablemente serían menos malas, pero los compradores se espantan cuando caen en la cuenta del costo faraónico que representa la modernización indispensable del sitio.

Tras 20 años de abandono gradual de las minas estatales, que actualmente suman unas 30, el impago de los salarios de los trabajadores, recurrente en los últimos años, se ha convertido en la última batalla de los sindicatos del sector. A mediados de septiembre, en Kiev, los representantes locales vinieron de toda Ucrania para interpelar al enviado del ministro con la pregunta “¿Dónde están los salarios?”. El enviado aseguró a la asamblea que iban a pagarse. Pero no dijo cuándo, ni qué porcentaje. Porque suelen pagarse “partes” del salario (del 30% al 60% según los casos), especialmente después de las manifestaciones nacionales del mes de julio, o de acciones puntuales, como en Kapitalnaya, cuando el 16 de agosto cinco mineros decidieron espontáneamente no subir a la superficie al finalizar su turno. Acababan de enterarse de que una esperada partida del ministerio finalmente se dedicaría a pagar a los proveedores y no a los asalariados.

En la sala repleta que da a la plaza Maidán limpia y soleada, los representantes de unos 50.000 trabajadores enumeran las dificultades que experimentan en su mina. Muchas explotaciones mineras tienen deudas pendientes y la electricidad cortada. “Trabajamos con linterna, y pronto, ¡no vamos a trabajar en absoluto! Ya verá este invierno, cuando no haya carbón para todos”, dice un sindicalista al representante del ministerio que se muestra impasible.

El presidente de la Confederación de Sindicatos Libres de Ucrania (KVPU), Mykhailo Volynets, arrastra una larga y, a veces, turbulenta carrera de activista sindical. Este antiguo minero ha participado en muchas luchas, desde la creación de los primeros sindicatos libres hasta la independencia de Ucrania en la década de los años 1990 y la revolución de Maidán en 2014. Al final de la reunión, relata:

“Durante meses, hubo manifestaciones, paros e incluso huelgas de hambre e intentos de autoinmolación, pero por ahora no sabemos qué vamos a hacer para continuar. El ministerio nos considera francamente indeseables”.

Desde hace varios años, los sindicatos han tenido dificultades para hacer valer los derechos de los trabajadores, particularmente com un nuevo projecto de código laboral. Además, afectada por el conflicto en el este del país, Ucrania atraviesa una crisis económica que perturba especialmente al sector industrial. En la cuenca del Donbass, casi la mitad de las minas y fábricas quedaron bajo el control de las “Repúblicas Populares” de Donetsk y Luhansk, dos proto-estados que se separaron en 2014. Es así cómo los sindicatos de trabajadores han perdido hasta el 60% de sus miembros y, por lo tanto, gran parte de sus recursos. Durante las horas más álgidas del conflicto, las minas fueron destruidas, los sindicalistas secuestrados y muchas personas se vieron desplazadas, creando una compleja situación humanitaria.

En Kapitalnaya, a pocos kilómetros de la “zona de contacto”, nadie quiere hablar mucho de política, aun cuando las torres y los pozos han sido pintados de amarillo y azul (los colores de la bandera ucraniana), al igual que gran parte del mobiliario urbano de la zona: postes eléctricos, farolas y garitas de los pasos a nivel. Ante este panorama, lo que aquí queda muy claro es que el conflicto, lejos de resolverse a pesar de los acuerdos de alto al fuego, le cuesta mucho dinero al Estado. “Los fondos públicos se dedican a la defensa, y no entran en el presupuesto de la economía”, constata Alexander Abramov, que evoca la cólera de los mineros del este, quienes se sienten doblemente sacrificados por la guerra y por la economía.

Corrupción endémica

Si en la década de los años 1990, los trabajadores mineros representaban un importante peso sociopolítico para Ucrania, capaz de paralizar al país como en las grandes huelgas de 1993, hoy parece difícil que puedan hacerse oír. Al contexto geopolítico y económico, se añade el hecho de que el sector está dividido entre empresas privadas y empresas estatales, donde las condiciones para los trabajadores son bastante diferentes.

Los trabajadores de las empresas del Estado, además de no recibir su salario, también se ven afectados por la monopolización del sector, en gran parte bajo el control de uno de los hombres más ricos del país, el empresario y exdiputado Rinat Akhmetov, quien tiene los medios (y los contactos) para influir en la política industrial a favor de sus intereses. “Los precios del carbón se basan en un índice, el denominado índice ’Rotterdam Plus’. Actualmente, este índice es alto y muy favorable para DTek, que puede obtener ganancias fácilmente, mientras que las minas públicas no pueden ni cubrir sus costos de producción”, comenta Andreï Gerus a Equal Times, recordando las sospechas de tráfico en influencias que pesaban sobre el Consejo Nacional Regulador de la Energía, contra el cual se inició una investigación por parte de la Oficina Nacional Anticorrupción de Ucrania (NABU), a raíz de la información proporcionada por el propio Gerus.

No obstante, la corrupción no solo está presente en las altas esferas de decisión. “Se encuentra a todos los niveles, del ministerio para abajo, desde la extracción de carbón hasta la generación de electricidad, en forma de facturación adicional, licitaciones que no se realizan de manera transparente, etc.”, continúa el experto.

“Sin embargo, la corrupción es difícil de demostrar. En las empresas públicas se desvía gran cantidad de dinero, incluyendo el destinado a pagar los salarios”.

A principios de octubre, los atrasos salariales de los mineros, que a veces se remontan a 2015, representaban más de mil millones de hryvniahs (36 millones de USD; 31 millones de euros). El primer ministro, Volodimir Groisman, anunció el 4 de octubre una partida de 136 millones de hryvnias para el pago de salarios. Volynets, de la KVPU, ha acogido con satisfacción este gesto, sin duda modesto, pero sobre todo espera ver si la dotación llegará efectivamente en su totalidad, y sin demora, a los bolsillos de los trabajadores. Lejos de estar satisfechos con este anuncio, los mineros del este continuaron su protestas bloqueando las carreteras de la región. Desde el 19 de octubre, unos 15 mineros de la región de Luhansk iniciaron una nueva huelga subterránea en condiciones extremas. Trece días después y la visita del representante del ministerio, el presidente Petro Poroshenko reaccionó poniéndose en contacto con el Sr. Volynets para discutir la situación.

Aun cuando los salarios lleguen a pagarse antes del invierno, el futuro sigue siendo sombrío para los mineros del carbón, que se empobrecen pese a los elevados precios del carbón. La situación parece estancada por el momento. El Gobierno de Petro Poroshenko intenta ganar tiempo para evitar el costo social y económico de un cierre masivo de las minas que están bajo su control, lo que muy posiblemente causaría una desestabilización política en la cuenca del Donbass, donde la tensión permanece viva.

Al mismo tiempo, ninguno de los planes de inversión exigidos por los trabajadores podrá presentarse antes de las elecciones de marzo y octubre de 2019, ni siquiera mientras dure el conflicto. Sin mencionar que algún día también deberá aceptarse el abandono del carbón si Ucrania quiere adaptarse a la transición que experimentan los demás países industrializados.

En la familia Kozlov, todos los hombres son mineros desde hace generaciones. No obstante, Vladimir apoya a su hermano más joven, que decidió estudiar periodismo en la universidad. No desea que viva el destino de estas familias de la región, que esperan con temor la muerte de su ciudad, mientras apenas sobreviven.

Este artículo ha sido traducido del francés.
Publicado originalmente en Equal Times

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