El buen vivir

Marta Dillon

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Fotografía: Constanza Niscovolos

De pie y sin resguardo, la luz del sol cayendo perpendicular sobre sus galas mapuche, la frente mojada de sudor, las manos aferrando las banderas unidas. El caballo de bronce con la figura montada de Julio Argentino Roca no les hizo sombra, eligieron pararse ahí, dicen, para “darle la espalda al genocida”. No tuvieron micrófono en esta conferencia de prensa a la que acudieron muchos más medios internacionales que locales, que las rodearon con sus cámaras tan cerca como pudieron para registrar sus voces. Alrededor, cientos de taxis colapsaban el microcentro de Buenos Aires para reclamar contra la empresa Uber. Muy cerca de la diagonal sur, avanzaban sobre Avenida de Mayo columnas de organizaciones populares para exigir la emergencia alimentaria. Las dos mujeres se plantaron lo mismo, su urgencia no las dejó calcular la oportunidad de la convocatoria; no hay agenda para la protesta social aunque desde el gobierno se insista con domesticarla. Ellas estaban allí para anunciar la Primera Gran Marcha Transfronteriza en solidaridad con el pueblo mapuche y la libertad de todos los presos políticos de pueblos originarios: de la machi Francisca Linconao y del lonko Facundo Jones Huala; la primera detenida en Chile, el Ngulumapu como se llama a ese territorio en mapundung; el segundo, preso en Argentina, en el Puelmapu. La marcha será transfronteriza aun cuando ellas, Moira Millán e Ivana Conejero, oriundas cada una de las tierras que separa la cordillera, no reconocen las fronteras de los Estados nacionales. Lo dijeron más de una vez, igual que dijeron, se lamentaron, por el modo en que las tratan los Estados y los medios de comunicación: como terroristas, como amenaza a la propiedad privada y a la organización democrática. “Nos denostan porque queremos vivir en nuestras tierras, porque nos oponemos a la contaminación y a la apropiación del agua; porque no toleramos que los terratenientes quieran ponerle nombre a dones que son de todos y de todas. Más de 200 años de ocupación colonial de nuestros territorios sólo dejaron poblaciones exterminadas, contaminación, desaparición y muerte. Pero nosotras contestamos con movilización”. Nunca soltaron las banderas unidas de sus pueblos, si los bombos y las bocinas les tapaban la voz, ellas la forzaron para intentar “llegar al corazón de los pueblos argentino y chileno que para nosotras son uno solo, somos guardianes de la naturaleza y queremos que nuestros hijos y nietos lo sigan siendo porque la naturaleza no tiene dueño, no puede tener dueño”.

“Si pudimos y podemos seguir pidiendo Justicia por Santiago Maldonado, no ocultemos que el compañero estaba en el sur defendiendo la libertad del lonko, sumándose a nuestro reclamo”, dijo Moira Millán y unos pocos carteles con la mirada implacable de ese joven para el que ya no puede reclamarse la vida se levantaron para decir presente. Pero la empatía con ese muchacho no se derrama sobre la misma causa que el defendía, la del pueblo mapuche. Millán y Conejero lo saben pero insisten: la marcha que proponen será el 9 de diciembre, justo cuando Buenos Aires se prepare para ser sede de la Organización Mundial del Comercio, cuando representantes del capital que cruza fronteras cada vez con menos restricciones se encuentren para sellar nuevos acuerdos o aceitar otros que parecían olvidados. Será al mismo tiempo que en Jujuy una enorme Jallalla -reunión, asamblea- de mujeres se reúna después de viajar desde distintas geografías del país para seguir denunciando la categoría de presa política de Milagro Sala y de otras compañeras de la Tupac Amaru, la primera organización desmantelada después de la asunción del gobierno de Mauricio Macri. La concordancia entre la Jallalla en Jujuy y la marcha en solidaridad con el pueblo mapuche que tendrá epicentros en Buenos Aires y Santiago de Chile está en otra conmemoración, la del día siguiente, el día internacional de los Derechos Humanos. Nadie puede calcular cuántos cuerpos se sentirán convocados por el llamado de las mapuche a marchar, tampoco cuántas se reunirán en Jujuy aunque la movilización ya está hormigueando en distintas provincias. Ni con cuánto cansancio se llegará a la asamblea feminista el 11 de diciembre para denunciar los nuevos modos de explotación del capital sobre la vida cotidiana de millones que se acuerdan a puertas cerradas. Sí se sabe que la protesta no se deja domesticar, que aun en tiempos donde parece ya no haber energía para salir a la calle, se sigue saliendo igual. Aun ante la promesa de represión, de un orden que no se consigue ni sacando a ejércitos de fuerzas de seguridad a la calle; la calle sigue viva en la voz de quienes la pueblan y le ponen cuerpo a sus sueños. Las mapuche, a esos sueños los resumen en una fórmula: el buen vivir. Ellas dicen saber de qué se trata, que lo saben porque está en el ritmo que aprendieron de sus ancestros, que se trata de vivir en armonía con la naturaleza, protegiéndola y no saqueándola. Otros y otras le pondrán otros nombres, formas de organización y de rebeldía. Todas confluyen en la calle porque ahí, en el cuerpo a cuerpo, con las derrotas en las espaldas como historia propia, con el dolor cotidiano como marca indeleble, contra todo llamado a ser realistas, es donde se pide lo imposible. Donde se lo diseña, donde se lo acaricia.

Artículo publicado originalmente en Página 12

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