Brasil en Rojo

Spensy Pimentel

Democracia desnuda

Qbueno sería si estuviéramos pensando en cosas realmente importantes y constructivas en Brasil: la necesidad de invertir en la autonomía de las comunidades, o las responsabilidades del país en la lucha contra el cambio climático en el mundo, lo que sea.

Sin embargo, ha sido difícil pensar en otra cosa que no esté involucrada en la monstruosa recopilación de información publicada en los últimos días, con la divulgación por parte del Supremo Tribunal Federal (STF) de los testimonios del acuerdo de delación del Grupo Odebrecht – un conglomerado multinacional gigante de origen brasileño, con presencia en más de 20 países. En 2016, el grupo confirmó que en al menos 12 de ellos operaba con la corrupción de los funcionarios públicos como estrategia, con el pago de US$ 1 mil millones en sobornos.

Tal vez el nombre Odebrecht no suene a los consumidores comunes, porque el negocio principal del grupo es el de las obras de construcción, especialmente obras públicas. Sin embargo, Odebrecht ha sido considerada la mayor empresa de ingeniería y también de petroquímicos en América Latina, además de uno de los 30 mayores exportadores de servicios en el mundo. En los últimos años, Odebrecht también ha tomado importantes obras en México como un complejo petroquímico (Etileno XXI) y gasoductos (como Los Ramones II del Norte).

En plena semana de Pascua, portales periodísticos brasileños se dedicaron a poner en el aire una cantidad brutal de información: más de 270 horas de grabación de vídeo, con 77 ejecutivos de la compañía. Un material que condujo, hasta la fecha, a más de 80 pedidos de investigación involucrando una serie vertiginosa de autoridades, incluyendo más de un tercio del Senado y ocho de los 28 actuales ministros. El actual presidente, Michel Temer, se salvó por el momento, pero su nombre también aparece ostensiblemente en las delaciones. Los ex presidentes Dilma Rousseff, Lula da Silva y Fernando Henrique Cardoso, además de Fernando Collor de Melo (quien sufrió impeachment en 1992, debido a acusaciones de corrupción) se encuentran bajo investigación.

Es como un escándalo gigante de WikiLeaks, pero con el permiso y apoyo de la Justicia, que ya ha enviado a decenas de personas a la cárcel. Como una Operación Manos Limpias de la era de Internet, en que los ciudadanos pueden acceder libremente a una verdadera Netflix de la corrupción. Una oportunidad histórica para escuchar a los poderosos, algunos propietarios de fortunas de mil millones de dólares, como el patriarca Emilio Odebrecht y su hijo Marcelo – que, hasta 2015, estaba en la lista de “Forbes” de las 10 personas más ricas del país –, hablando con franqueza acerca de cómo el mundo capitalista y sus supuestas “leyes del mercado”, tales como la libre competencia, no pasan de cuentos de hadas.

Pero no es sólo el capitalismo que la denuncia de Odebrecht desmitifica e implosiona. Los videos son también arrasadores con respecto a varios pilares de nuestra democracia representativa en muchos sentidos, mucho más allá de la dinámica de las obras sobrevaloradas entre empresas con el conocimiento y la complicidad de los políticos que ocupan cargos públicos – los cuales, a su vez, recibieron ” donaciones de campaña ” ocultas, el tan famoso cuadro 2.

Diputados y senadores ganan un buen dinero si aprueban medidas que suponen un ahorro para la empresa – sea con menor pago de impuestos o exención de requisitos legales para obras. Sindicalistas y la policía también podrían recibir una buena propinita para evitar o dar fin a huelgas en las obras más importantes. Las empresas de comunicación también reciben una “ayuda”, de acuerdo con la conversación que tenian con los dirigentes de la empresa. En algunos casos, podrían incluso ser “socios”, ayudando a promover causas que eran convenientes, como la privatización del Estado. Miembros de los tribunales de cuentas – órganos que en Brasil deberían hacer la fiscalización sobre cómo se gasta el dinero público – también recibian sobornos. Hasta líderes indígenas se citan en denuncias de Odebrecht. La única frontera que lava Jato no se ha roto todavía está en el poder judicial, pero se esperan revelaciones en esta dirección en los próximos meses, ya que este poder definitivamente no eslibre de corrupción en el país.

Las incursiones y disputas, a menudo amargas, entre los partidos de la “izquierda” y “derecha” no parecen más que una mala broma después de ver estos videos – la política de partidos en Brasil, de hecho, confirma la crítica más ácida que uno pueda recordar a la democracia. Una buena parte de los grupos políticos no muestra ninguna intención de ocultar que el objetivo de sus disputas es tomar posiciones estratégicas para el cobro de cuotas dentro de los ministerios y empresas estatales como la Petrobras.

Incluso el patriarca de la empresa, Emilio Odebrecht, suena en los videos como un anarquista radical. Algunos extractos: “Desde hace 30 años que se hace eso [la corrupción], y lo que me sorprende es cuando veo a todos estos poderes, la prensa, todo como si se tratara de una sorpresa. Me molesta eso“. “Ellos [partidos] peleaban por posiciones? Todo el mundo sabía que no era. Era por los presupuestos gordos. Al se metían los partidos y sus representantes con el fin de recaudar fondos”. “Lo que tenemos en Brasil no es un negocio de cinco o diez años. Estamos hablando de 30 años (…). Todo lo que está sucediendo es un negocio institucionalizado. Una cosa normal (…)”.

El control de la democracia se revela, sobre todo, un gran negocio. Según las estimaciones preliminares del periodista Samuel Possebon, lo que Odebrecht está informando que gasta en sobornos en la última década no alcanza el 15% de lo que la compañía ha obtenido como ganancia. Es decir, la corrupción tiene una racionalidad económica, lo que nos puede dejar aún más pesimistas sobre el futuro de nuestra política. Corromper continuará siendo ventajoso – sólo se tendrá que mejorar los medios para mantener la confidencialidad de tales prácticas. La empresa brasilera exploró una fórmula de éxito que, al parecer, tiene al menos siete décadas – muchos testimonios que han salido a la luz asocian la práctica de pagar sobornos a políticos y fijar los precios en los contratos a episodios registrados desde al menos los años 50.

Lo más triste es que por el momento no se ve posibilidad de una movilización masiva para exigir un cambio más sustancial incluso en las reglas del juego electoral. A menos que se presente alguna gran noticia, parte de la población se inclina a pedir la vuelta del PT, mientras que otra apuesta en supuestas novedades tan falsas como un billete de $ 3: Joao Doria, el nuevo alcalde de Sao Paulo, y su estilo Trump, que dice ser un “administrador” y no un político – a pesar de ser hijo de un político y trabajar como político o vender para el Estado desde los años 80 – o Jair Bolsonaro, militar de la reserva, diputado, que se esfuerza por criticar a los políticos mientras que ha ejercido cargos públicos durante casi 30 años y tiene tres hijos suyos elegidos sobre todo debido a su apellido. Sin hablar que los dos pertenecieron por años a los mismos partidos que ahora están en la lista de Odebrecht.

Me gustaría escribir que la elección presidencial de 2018 podrá ser una gran oportunidad para repensar el país y su sistema político, pero nada indica que aquí tendremos algo parecido a una candidata indígena y mujer, a consecuencia de movimientos de coalición social y que quieren generar una reflexión más profunda sobre la democracia y la ciudadanía. Por cierto, vamos a seguir con la misma democracia podrida de siempre (si es que la dejarán seguir, pues, ni eso es cierto…) – y la única novedad es que ya no nos dejan ilusiones a cualquiera de nosotros en todo lo que concierne a los partidos, el gobierno y el desarrollo. Como decía Mumia Abu-Jamal a Desinformémonos hace algunos años: “Además de ser mecanismos para acumular riqueza personal, los partidos políticos son máquinas hechas para dar a la gente la ilusión de la democracia.”

Democracia nua

Spensy Pimentel

Nós bem que gostaríamos de estar pensando em outras coisas no Brasil: a necessidade de investir na autonomia das comunidades, ou as responsabilidades do país no combate às mudanças climáticas no mundo, sei lá.

Mas, tem sido difícil pensar em outra coisa que não esteja envolvida com o conjunto de informações emergido nos últimos dias, a partir da divulgação, pelo Supremo Tribunal Federal, das delações de executivos do grupo Odebrecht – um gigantesco conglomerado empresarial multinacional de origem brasileira, com presença em 21 países, sendo que, em 2016, o grupo assumiu que, em pelo menos 12 deles, operou com a corrupção de agentes públicos como estratégia.

Talvez o nome Odebrecht não diga muito para os consumidores comuns, já que o negócio principal do grupo é a construção de obras, sobretudo obras públicas. Mas, para que se tenha ideia, a Odebrecht já foi considerada a maior empresa de engenharia e também de petroquímica da América Latina, além de uma das 30 maiores empresas exportadoras de serviços no mundo e, em 1990, se tornou a primeira empresa estrangeira a ganhar um contrato para construir uma obra pública nos EUA. Nos últimos anos, a Odebrecht também tem assumido importantes obras no México, como um complexo petroquímico (Etileno XXI) e gasodutos (como Los Ramones II Norte).

Em plena semana de Páscoa, portais jornalísticos brasileiros estiveram dedicados a colocar no ar uma quantidade brutal de informação: são mais de 270 horas de gravação em vídeo, de 77 executivos da empresa, que deram origem, até o momento, a mais de 80 pedidos de investigação envolvendo uma quantidade estonteante de autoridades, incluindo mais de um terço do atual Senado Federal e 8 dos 28 ministros do atual governo golpista. O atual presidente, Michel Temer, foi poupado, por ora, mas seu nome também aparece de forma ostensiva nas delações. Os ex-presidentes Dilma Rousseff, Luiz Inácio Lula da Silva e Fernando Henrique Cardoso, além de Fernando Collor de Melo (o qual sofreu impeachment em 1992, em função de acusações de corrupção) estão sob investigação.

É como um gigantesco wikileaks, mas com autorização e apoio da Justiça, que já enviou dezenas de pessoas para a cadeia. Como uma Operação Mãos Limpas da era da internet, em que os cidadãos podem acessar livremente um verdadeiro netflix da corrupção. Uma oportunidade histórica de ouvir pessoas poderosas, algumas donas de fortunas de bilhões de dólares, como o patriarca Emilio Odebrecht e seu filho Marcelo – o qual constava, até 2015, da lista das 10 pessoas mais ricas do país – falando francamente sobre como funciona o mundo capitalista, sobre como supostas “leis de mercado”, como a livre concorrência, não passam de conto da carochinha.

Mas, não é só o capitalismo que a delação da Odebrecht desmistifica e implode. Os vídeos são demolidores também com relação a diversos pilares de nossa democracia representativa, de muitas formas, bem além da dinâmica viciada das licitações combinadas entre empresas, com conhecimento e cumplicidade dos políticos que ocupam cargos no Executivo – os quais, em troca, recebiam “doações de campanha” não contabilizadas, o tão famoso caixa 2.

Deputados e senadores ganhavam dinheiro caso aprovassem medidas que representassem economia para a empresa – fosse no pagamento de impostos ou na dispensa de exigências legais para obras. Sindicalistas e policiais podiam receber propina caso evitassem ou abafassem greves em obras. Empresas de comunicação recebiam “ajudas”, conforme a conversa com os empresários. Em alguns casos, podiam até mesmo ser “sócias”, ajudando a promover causas que fossem convenientes, como a privatização. Integrantes de tribunais de contas – órgãos que fazem a fiscalização da forma como o dinheiro público é gasto – também recebiam propinas. Até lideranças indígenas são citadas nas delações da Odebrecht. A única fronteira que a Lava Jato não rompeu até o momento está no Judiciário, mas esperam-se revelações nesse sentido, nos próximos meses, uma vez que esse poder não está nem de longe livre de corrupção no país.

As rusgas e disputas, muitas vezes acirradas, entre partidos de “esquerda” e “direita” parecem uma piada de mau gosto depois de assistir a esses vídeos – a política partidária no Brasil, de fato, confirma as mais ácidas críticas que se possa lembrar. Uma boa parte dos grupos políticos não demonstra a menor intenção de sequer disfarçar isso, com suas disputas para assumir cargos estratégicos para a cobrança de propinas dentro dos ministérios e estatais.

O próprio patriarca da empresa, Emilio Odebrecht, soa nos vídeos como um anarquista radical. Alguns trechos: “Há 30 anos que se faz isso [corrupção], e o que me surpreende é quando eu vejo todos esses poderes, a imprensa, tudo como se isso fosse uma surpresa. Me incomoda isso”. “Eles [partidos] brigavam era por cargos? Todo mundo sabia que não era. Era por orçamentos gordos. Ali que se colocava os partidos e seus mandatários com a finalidade de arrecadar recursos”. “O que nós temos no Brasil não é um negócio de cinco ou dez anos. Estamos falando de 30 anos (…). Tudo que está acontecendo é um negócio institucionalizado. Uma coisa normal (…)”.

Controlar a democracia revela-se, além de tudo, um grande negócio. Segundo estimativas preliminares do jornalista Samuel Possebon, o que a Odebrecht está relatando que gastou com propinas na última década pode não chegar a 15% do que a empresa obteve como lucro no período. Ou seja, a corrupção encerra uma racionalidade econômica, o que pode nos deixar ainda mais pessimistas com o futuro da nossa política. Corromper continuará a ser vantajoso – basta aprimorar os meios de manter sigilo sobre essas práticas. A empreiteira baiana explorou uma fórmula de sucesso que, ao que tudo indica, tem pelo menos sete décadas – diversos depoimentos que têm vindo à tona associam a prática de pagar propina a políticos e combinar preços em contratos a episódios registrados desde, pelo menos, os anos 50.

O mais triste é que, no momento, não se vê perspectiva de uma mobilização massiva para exigir qualquer mudança mais substancial nem mesmo nas regras do jogo eleitoral. A menos que alguma grande novidade se apresente, uma parte da população inclina-se para pedir a volta do PT, enquanto outra aposta em supostas novidades tão falsas como uma nota de 3 reais: Dória, o novo prefeito de São Paulo, que à moda de Trump, se diz “administrador” e não um político – apesar de ser filho de político e ocupar cargos públicos ou vender para o setor público desde os anos 80 – ou Bolsonaro, militar da reserva, deputado, que se esmera em criticar os políticos apesar de ocupar cargos públicos há quase 30 anos e ter levado três filhos a serem eleitos em função de seu sobrenome. Sem falar que ambos estão há anos nos mesmos partidos que, agora, são denunciados na lista da Odebrecht…

Eu gostaria de escrever que a eleição presidencial de 2018 poderá ser uma bela oportunidade para os brasileiros repensarem o país e seu sistema político, mas nada indica que, por aqui, teremos algo próximo de uma candidata indígena e mulher, resultado de uma coalizão de movimentos sociais e que pretende gerar uma reflexão mais profunda sobre a democracia e a cidadania. Pelo jeito, continuaremos com a mesma democracia podre de sempre (se é que vão deixá-la seguir, porque até isso corre risco atualmente) –, e a única novidade é que já não restam ilusões a nenhum de nós em tudo o que concerne a partidos, governo e desenvolvimento. Como diz Mumia Abu-Jamal: “Além de serem mecanismos para acumular fortunas pessoais, os partidos políticos são máquinas feitas para dar ao povo a ilusão da democracia.”

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