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El cine documental y su “función de archivo del trabajo” antes y después del 68

Elsa Sabado

Foto: Imagen de la película “Vivent les dockers” (Vivan los estibadores, 1951) de Robert Ménégoz, un cortometraje documental en cuyos créditos se rinde “homenaje a los estibadores franceses, a su ardua profesión y a su heroica lucha por la paz”. (ciné-archives)

“¡No, no entraré, no volveré a poner los pies en esta cárcel!”. El grito de rebeldía de una obrera, negándose a cumplir la orden de su patrón y de los dirigentes sindicales de poner el fin a la huelga, en el cortometraje estudiantil Reprise du travail aux usines Wonder(Vuelta al trabajo en la fábrica Wonder), se convirtió en una secuencia imprescindible de la identidad sonora y visual de los acontecimientos de mayo y junio de 1968. Un clásico del “cinéma vérité”.

“Mayo del 68” y el séptimo arte están indefectiblemente unidos. Uno de los desencadenantes del mayo francés fue el despido de Henri Langlois, mecenas de la Cinemateca francesa, ordenado por el ministro de Cultura André Malraux, en febrero de 1968.

Unos 1.500 cineastas, técnicos y estudiantes de cine inauguraron “los Estados Generales del cine” y pusieron en tela de juicio el orden establecido de la industria y del arte. Esta asamblea envió una delegación e ideas a Cannes y provocó la cancelación prematura del festival, en solidaridad con los estudiantes y los obreros.

El documental para mostrar el mundo obrero

El 68 marca el renacimiento del cine sobre el mundo del trabajo y los trabajadores y del género documental. Impactados por la onda expansiva de la mayor huelga obrera de la historia de Francia, los cineastas toman conciencia de la distancia que les separa de la mayoría de los trabajadores del país: “Ni una sola de nuestras películas muestra los problemas de los trabajadores y de los estudiantes (…). Les estoy hablando de solidaridad con los estudiantes y los trabajadores y ustedes me están hablando de travelling y de primeros planos”, insiste Jean-Luc Godard durante la asamblea general con la que se canceló la 21ª edición del festival de Cannes.

En esa misma asamblea, al otro lado de la barricada, la esposa del actor Jean-Pierre Léaud lanza al micrófono: “Nuestro trabajo consiste en entretener a la gente”. Sus palabras fueron recibidas con un clamoroso abucheo.

El cine de la generación del 68 considera el documental un género que eleva el nivel de consciencia de las masas trabajadoras y las conduce hacia la revolución, al contrario que la ficción, que las entretiene y distrae de las cuestiones sociales.

Como testimonio de este giro histórico del cine joven, la Biblioteca Pública de Información (BPI) de París ha programado 75 documentales que se proyectarán entre abril y finales de junio de 2018.

“El mundo del trabajo es un tema central del cine documental. Las primeras imágenes de los hermanos Lumière muestran la salida de una fábrica”, recuerda Arnaud Hée, programador de À l’œuvre. Être(s) au travail (Manos a la obra. Gente trabajando), aludiendo a la primera proyección de los hermanos Lumière, pioneros franceses de la cinematografía.

Este cinéfilo va más allá: “Hay algo primigenio en la relación entre el cine y el trabajo. El trabajo configuró las producciones cinematográficas, con sus lugares, sus gestos, sus sonidos. Los documentales tienen una función de archivos del trabajo, son la memoria de un presente que está desapareciendo. Para elaborar el recorrido cinematográfico del ciclo, Arnaud Hée indagó en su propia filmografía, en los catálogos del festival internacional de documentales Cinéma du réel (cine de la realidad) creado por Jacques Willemont, el mismo director de Reprise du travail aux usines Wonder. Pero también en otros fondos de archivo, como la filmoteca alemana.

Resonancias revolucionarias

El ciclo gira en torno a cuatro temas: los dos primeros son de carácter histórico, “porque la memoria del trabajo nos permite recorrer el siglo XX”, explica Arnaud Hée. Así, el temaSinfonía, desencantos refleja a través de varias películas el fervor suscitado por el advenimiento de las democracias populares en Europa del Este y las desilusiones que siguieron en los años sesenta y setenta.

En la selección destaca el film Enthousiasme ou la symphonie du Donbass (Entusiasmo o la sinfonía de Donbass), del realizador ruso Dziga Vertov. “Se trata de una gran epopeya que define el heroísmo del obrero soviético. Es la utopía comunista llevada a la práctica, en la que el obrero es una figura central, el eje de la materialización del comunismo”, detalla Arnaud Hée. Otra de las películas programadas, Komsomols ou le chant des héros(Komsomols o la canción de los héroes), del director holandés Jori Ivens, ensalza al “nuevo hombre” soviético y relata la construcción de un alto horno en una región desértica.

El segundo tema, bautizado como “1967, 68, 78-…”, es el punto culminante del ciclo. Porque el “Mayo del 68” no se hizo en un día. Desde 1967, las fuerzas militantes del cine se agruparon en torno al director y escritor francés Chris Marker para dar a luz la película colaborativa antibélica Loin du Vietnam (Lejos de Vietnam), pero sobre todo a un colectivo de artesanos del cine que acudirá a apoyar a los trabajadores en huelga de la fábrica textil de la Rhodiaceta en Besançon.

Chris Marker trató allí de responder a la pregunta “¿Cómo hacer visible el mundo del trabajo?” dando a los trabajadores los medios para representarse a sí mismos.

Con sus camaradas, forman y prestan material de rodaje a los trabajadores en huelga. Una experiencia original que dará lugar a la película A bientôt, j’espère (Hasta pronto, espero).

Cine militante, cine colectivo

Al día siguiente del estreno de la película se formaron muchos grupos en los que se entremezclaban artistas, técnicos, trabajadores y estudiantes. “El cine de 1968 es un cine militante y colectivo. Le droit à la parole (Turno de palabra), uno de los únicos que filma al movimiento estudiantil, es producido, por ejemplo, por el colectivo ARC (Atelier de Recherche Cinématographique), al que pertenecen los directores Michel Andrieu y Jacques Kébadian. Se preguntan cómo vincular el movimiento estudiantil y el movimiento obrero a través del cine”, explica Arnaud Hée.

Las películas proyectadas por la BPI se remontan al 68 y a la década siguiente, porque la estela de la explosión social llevará hasta entonces la idea de que “el cine debe ser un agente de la revolución”, continúa el programador.

“Aunque el cine militante se agota cuando cae la esperanza revolucionaria, tuvo y sigue teniendo retoños”, afirma Arnaud Hée.

De ahí la selección de los logros del colectivo Les scotcheuses que filma con “Super 8” a los campesinos del Tarn y otras luchas ciudadanas en Francia. La batalla cinematográfica continúa.

La tercera y última parte del ciclo, Êtres, lieux et utopie (Seres, lugares y utopías), repasa las distintas escalas en las que se filmó el mundo del trabajo. La película Belfast, Maine de Frédéric Wiseman, ganadora de un Oscar, relata la vida en una pequeña ciudad americana al norte de Boston.

También podemos seguir la vida cotidiana de una panadería afgana, filmada a puerta cerrada por Guillaume Bordier, o la de los operarios de un museo en 1990, vista por Nicolas Philibert en La Ville Louvre. Finalmente, en The Boots Factory (La fábrica de botas) Lech Kowalski filma una cooperativa de botas punk en Cracovia. “Hay algo muy romántico en la forma en que seguimos las aventuras de esta empresa. Kowalski tiene un talento especial para filmar música”, comenta Arnaud Hée.

Este artículo ha sido traducido del francés.
Publicado originalmente en Equal Times

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