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Cataluña: reflexiones sobre autoritarismo de estado y nacionalismo. Una mirada nuestroamericana

Francesca Gargallo Celentani

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Los autoritarismos de los estados europeos se revelan ante el reclamo de Independencia de Cataluña. De hecho, los estados europeos tienen diversos orígenes. Están los estados renacentistas, los nacionalistas y los antimperialistas. Los primeros reunieron bajo la autoridad de un soberano único a diversas naciones más o menos sujetadas por la iglesia y la monarquía a finales de la Edad Media. Provenzales, bretones y alsacianos en Francia, escoceses, galeses e irlandeses bajo Inglaterra, vascos, catalanes y gallegos en España bien que mal mantuvieron su identidad, pero se plegaron a los mandatos de un gobierno único, con poca o ninguna autonomía, cuando los reyes de Francia e Inglaterra los invadieron o cuando la reina de Castilla se casó con el rey de Aragón. Estos estados antiguos son pocos: Francia, España, Gran Bretaña y Dinamarca. En menor grado también son estados de la primera modernidad Noruega, Suecia y Holanda. A ellos hay que acomunar tres imperios: el ruso, el austriaco y el turco que, a principios del siglo XX, se desmembraron por haber incubado los estados que nacieron de la reinterpretación nacional y no monárquica de Europa durante el Congreso de Viena (1815).

Estudiamos atentamente los pensamientos que dieron origen al Leviatán o estado moderno occidental: Maquiavelo, Bodin, Hobbes, Hume, Locke fueron teóricos del estado totalitario. Nunca nos detenemos lo suficiente sobre el racismo que sus escritos develan al hablar de los otros pueblos, en particular, de las naciones no europeas y, aún más en particular, no blancas. Ellos construyeron a “los negros” con palabras que usaban también para describir a los pobres y a los campesinos sin tierras de sus países, es decir, como hombres no aptos para la filosofía, las artes, el comercio y, por supuesto, el autogobierno. Dieron razones para la discriminación de las mujeres al interior de sus propias sociedades, aunque Hume las reconociera como las mejores escritoras y Voltaire como aptas para el estudio de las matemáticas. Antes de los pensamientos socialistas libertarios, que confrontaron engarzándolos en una única lógica de opresión en Europa y América la explotación, el racismo y el sexismo, sólo Condocert fue abiertamente denunció con toda claridad la esclavitud:

“…el infame comercio de unos bandidos de Europa, alumbra entre los Africanos guerras casi continuas, cuyo único motivo es el deseo de hacer prisioneros para venderlos. A menudo, los mismos Europeos fomentan las guerras con su dinero o con sus intrigas; de manera que son culpables, no sólo del crimen de reducir a unos hombres a la esclavitud, sino también de todos los crímenes cometidos en África para preparar este crimen. Poseen el arte pérfido de excitar la codicia y las pasiones de los Africanos, de comprometer al padre a entregar a sus hijos, al hermano a traicionar a su hermano, al príncipe a vender a sus súbditos.”

Si tuviera la necesidad absoluta de los caballos de mi vecino para cultivar mi campo, ello no me daría el derecho a robárselos. ¿Por qué, pues iba a tener derecho a obligarle a él, a cultivar para mí? Esta pretendida necesidad no cambia nada en esto, y no convierte la esclavitud en menos criminal por parte del dueño…” (Reflexiones sobre la esclavitud de los negros, 1781, firmada con el seudónimo de M. Schwartz )

En el siglo XIX, la construcción de los estados cambió drásticamente. La revolución francesa de 1789 y los movimientos de Independencia de los criollos y mestizos de la América colonizada por los españoles influyeron en la idea que los estados son la organización política y territorial de una nación. Una, no muchas.

En América, liberales y conservadores inventaron la nación como la población común de un territorio independiente cuyas fronteras eran, más o menos, la de la subdivisión administrativa colonial. Guatemala y México al autodefinirse como estados nación estrenaron repentinamente una frontera, aunque la nación Mam, un pueblo maya, habitara en un territorio que se extiende sobre parte de ambos países. Así el territorio de la nación mapuche fue repartido entre Chile y Argentina. Los casos se multiplican por decenas en toda América. “La” nación, como invento político unitario y no como conjunto organizado de personas que comparten una cosmovisión, lengua, expresiones religiosas, formas de cultivos y de comercio, mitologías, sistemas de género, expresiones artísticas y distribución del tiempo, se comió a todas las naciones preexistentes, que habitaban desde antes de la invasión europea los territorios donde se conformaban los estados nacionales.

A los pueblos indígenas, que conforman naciones de historias y organizaciones diversas, los estados nación americanos no quisieron reconocer una personalidad jurídica, una validación internacional ni un pensamiento político propio. Es decir, les negaron la posibilidad de conformar un estado o una organización territorial no estatal, algo que todavía no conocemos, pero que se perfila en ciertas búsquedas políticas contemporáneas, la del pueblo kurdo en Asia, por ejemplo. Los y las kurdas conforman una nación numerosas repartida en cinco estados, donde conforman minorías nacionales siempre reprimidas, hasta el genocidio en ocasiones, que hoy demuestran una cohesión interna y un pensamiento político inédito, habiéndose manifestado como fuerza militar conjunta contra los terroristas tratantes de personas de Daesh (ese conjunto de brutales asesinos misóginos que con un fin de propaganda racista los occidentales llaman Estado Islámico). Es claro que las kurdas y los kurdos conforman una nación, aunque su lengua se hable de maneras diversas, locales, debido a las distancias en su gran territorio ancestral; lo que no es muy fácil de decir es si quieren formar un estado, como los de origen americano y europeo del siglo XIX (Ver al propósito la película documental Binxet: Bajo la frontera, de Luigi d’Alife, 2017).

A los independentistas de la América colonial española, le vino como anillo al dedo la idea posrevolucionaria francesa de que Francia no era una monarquía porque era un conjunto de habitantes: la Francia de los franceses o, más precisamente, la nación francesa. La nación, pues, nace como un concepto revolucionario contra el absolutismo monárquico, un sostén popular y no aristocrático del poder administrativo de un territorio. No obstante, el carácter revolucionario del concepto nación se tiñó rápidamente de elementos xenófobos y racistas. Es conocido el conflicto de los revolucionarios franceses que abanderaban la idea que los seres humanos se rigen por la Igualdad, Fraternidad y Libertad con los habitantes de la colonia francesa de Haití, que enarbolaron los mismos ideales. Gracias a que las y los haitianos pelearon de 1790 a 1804 contra las limitaciones que los franceses le ponían a que los negros fueran tan iguales y libres como ellos y que el general Dessalines los derrotara definitivamente en Vertière, se convirtieron en la primera república no esclavista de América y del mundo. Haití no quería ser un estado occidental ni occidentalizado. Prefería la autosuficiencia alimentaria y la cultura propia al comercio, por ejemplo. Apoyaron las independencias de América del Sur con todos sus recursos. Fueron brutalmente pauperizados por los estados nacionales de comerciantes decimonónicos, aún el recién independizado Estados Unidos. 

Los antiguos estados renacentistas buscaron adaptarse a la idea de estado nación a lo largo del siglo XIX. Otros surgieron al calor de la expansión nacionalista de un pueblo sobre sus vecinos. Otros más se organizaron en la lucha antimperialista. Italia y Alemania, que se unificaron el 1860 y 1871, respectivamente, construyeron estados nacionales diferentes por encima de sus monarquías locales, probablemente con el fin de lanzarse a carreras colonialistas que los pequeños estados monárquicos que englobaron no podían emprender. Alemania se enfrascó de inmediato en guerras contra Francia, mientras Italia se agrupaba de manera sanguinaria. Piamonte invadió militarmente a los diferentes estados de la península itálica y las islas e impuso por ley a sus naciones una lengua que nadie hablaba, castigando a los parlantes de lenguas neolatinas antiquísimas (el siciliano fue el primer idioma literario neolatino de los territorios invadidos, por ejemplo); se llevó las cajas de los estados que invadía, siendo el Reino de las Dos Sicilias el más rico; destruyó los centros de producción locales para construir un único polo industrial en el territorio que había pertenecido al monarca de los piamonteses (que también perdieron su lengua, un dialecto oriental del occitano); y, finalmente, convirtió en “brigantes”, es decir bandidos, fuera de la ley, hoy se diría terroristas, a todas aquellas personas que tomaron las armas para rechazar a las tropas invasoras.

Los nacionalismos del siglo XIX fueron autoritarios, violentos, antidemocráticos y racistas precisamente porque nunca reconocieron el derecho a la autodeterminación de los pueblos tal y como son. Los nacionalismos no expresaron ninguna comunidad, sino que se conformaron como ideologías de estado.  Sólo Grecia en Europa se liberó de manera nacional de Turquía sin oprimir a otro pueblo. Por ello mismo los británicos se apresuraron en imponer a los descendientes del imperio romano de oriente un monarca no nacional. Un miembro de una familia alemana tuvo que convertirse al catolicismo ortodoxo para cumplir con la idea de nación que se habían hecho de sí mismos los griegos combatiendo contra la centenaria ocupación turca, cuyos funcionarios eran musulmanes.

Fueron autoritarios los nacionalismos europeos, americanos y, en el siglo XX, los idearios de los estados nación que fueron conformándose en Europa con la decadencia y posterior disgregación de los imperios turco, ruso y austriaco. Actualmente, a pesar de surgir de luchas anticolonialistas, básicamente antieuropeas, en Asia y África muchos estados nacionales reprimen a sus minorías nacionales. China constriñe con especial brutalidad a kirguisos y tibetanos. Sumamente autoritaria y racista fue la conformación del estado de Israel en territorio de la colonia británica de Palestina. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial contra un estado hipernacionalista, Alemania, que se construyó una idea de nación no judía y no gitana, promoviendo la masacre de los habitantes judíos y gitanos de su territorio, los fundadores de Israel apelaron a un nacionalismo judío llamado sionismo. Nacionalismo y colonialismo se conjugaron en Israel con ideas racistas de cuño religioso.

Etienne Balibar nos ha enseñado que en la actualidad todas las organizaciones racistas se niegan a ser llamadas así, reivindicando ser nacionalistas. Racismo y nacionalismo están fuertemente vinculados (“Racismo y nacionalismo”, en E. Balibar e I. Wallerstein, Raza, Nación y Clase, 1988). Balibar nos recuerda que los discursos sobre raza y nación nunca se han alejado demasiado, al punto que hoy contra las y los migrantes en Europa se levantan supuestos discursos nacionalistas, que de hecho son racistas y clasistas. Estos cunden fácilmente entre una población receptora educada a la obediencia de leyes de estado que nacen de lógicas políticas propias. Las y los migrantes tienen otras ideas sobre cómo puede ser la convivencia, cuáles son las reglas éticas de comportamiento y qué valor tienen las cosas y los símbolos. No es necesariamente racista decir “piensan de otro modo que este conjunto de personas educadas por un estado nación”, pero seguramente lo es emitir juicios sobre la higiene, la salud, la capacidad intelectual y la prestancia física de las y los migrantes sobre la base de que piensan de otro modo. He escuchado en radios comerciales italianas discursos altamente racistas de tipo que la cultura nacional se vería comprometida si los espaguetis se condimentaran con salsas propias de cocinas de personas con otro ADN.

Ahora bien, ¿es posible un nacionalismo no racista, a pesar de que las expresiones racistas se han desarrollado en contextos de estados nacionales? ¿Es lo mismo querer el reconocimiento del derecho a vivir agrupándose según la propia cosmovisión, lengua e historia que la idea de superioridad de raza enarbolada por los supremacistas blancos en Estados Unidos, donde llegaron los europeos en la misma época que los africanos, aunque los primeros a invadir territorios de pueblos que menospreciaban y los segundos como víctimas de trata?

Si la repuesta fuera que nacionalismo y racismo son básicamente sinónimos, la Comunidad Europea estaría en lo justo al apoyar a España contra la independencia de Cataluña, aún condenando su uso excesivo de la fuerza represiva. Pero si la respuesta es no o por lo menos plantea la posibilidad de que no se trate de sinónimos, entonces la Comunidad Europea está dando muestra de una terrible doble moral en términos de defensa de los derechos humanos y una finalidad economicista de existencia.

¿Acaso sólo por el uso de prácticas de genocidio, hoy la CE defiende a la minoría musulmana de Myanmar, el pueblo Rohingya, desplazado forzosamente por las políticas represivas de las autoridades birmanas? ¿Las y los rohingyas no tendrían derecho a un autogobierno?

En la década de 1970, Immanuel Wallerstein empezó a señalar la crisis terminal de lo que él llama “sistema mundo”, eso es la organización planetaria para operar que el capitalismo reclama. El sociólogo estadounidense señalaba que: “El ‘sistema-mundo’ moderno nació, por razones que habría que explicar, de la consolidación de una economía-mundo, por lo que tuvo tiempo para alcanzar su pleno desarrollo como sistema capitalista. Debido a su lógica interna, esta economía-mundo capitalista se extendió más tarde hasta abarcar el globo, y en este proceso absorbió a todos los minisistemas e imperios-mundo existentes. Así, hacia finales del siglo XIX existía por primera vez en la historia un único sistema histórico; nos encontramos todavía en esa situación” (Capitalismo histórico y movimientos antisistémicos. Un análisis de sistemas-mundo, 2004)”.

Propongo que para pensar las naciones nos detengamos en las formas del sistema mundo, porque hasta ahora el capitalismo ha requerido de espacios estatales para sentirse seguro y proyectarse en el sistema mundo. De hecho, el capitalismo descansa en el estado y se adapta particularmente bien a su característica “nacional” decimonónica, abriéndolo a la competencia liberal y enlazando la nación con la calidad de producción para mantener inalterables al estado, el sistema de género binario, las clases sociales y los conflictos con los sectores de las naciones subyugadas (que ha dado en llamar “etnias”). ¿Y si a las etnias las llamáramos con el nombre de nación sin estado? Estas “naciones étnicas sin estado” hoy cuestionan las formas de producción cuando son antiecológicas, se visibilizan cuando son negadas, buscan imponer límites a la expansión capitalista sobre las formas comunales de trabajo, tienen sistemas de género divergentes al binario hegemónico. Desde esta perspectiva las naciones no son asimilables al discurso del racismo, sino que son afines a la conservación planetaria y la liberación de opresiones.

El peligro de las naciones para el sistema mundo estriba en que son muchos los pueblos y naciones que pueden levantar una demanda de reconocimiento nacional no racista y no ecocida. En América, por ejemplo, por lo menos 607 pueblos con lenguas, cosmovisiones, economías propias que hoy viven en condiciones de discriminación en sus propios territorios ancestrales. En África son muy importantes las propuestas que mujeres de diversas “etnias” hacen de autogobierno y de economías comunales, no capitalistas. En Asia, un gran número de pueblos podría poner el jaque la pujanza capitalista de los “tigres” de la explotación, como China, Corea y Japón.

No creo que Cataluña pertenezca por entero a una nación contraria o contrapuesta al sistema mundo. Hay una parte de su movimiento autónomo que es francamente separatista por motivos de pujanza comercial. Esta parte de la población tiene una ideología nacionalista asimilable al racismo, en cuanto sostiene una jerarquía nacional de capacidad productiva, ahistórica, clasista y competitiva. No obstante, hay un reclamo popular de la nación catalana que no considera apoderarse del estado producido por el capitalismo, sino deshacerse de él y provocar otras formas de relación entre naciones.

La Comisión Europea frente al complejo nacionalismo catalán, que es antiguo y se ha manifestado en la recuperación de una lengua literaria y de uso común después de haber estado prohibida desde el reinado de Carlos III hasta la dictadura de Franco, ha manifestado una doble moral, para decir poco. El 33% del Producto Interno Bruto de España va directamente a las cajas de la Comunidad Europea y Cataluña es la región más rica de España. La posibilidad de que Cataluña se declare independiente ha repercutido fuertemente en la economía catalana y española. Los propios bancos catalanes se han retirado de Barcelona; el turismo ha visto canceladas muchas reservaciones; la industria del libro se vería afectada por el cambio de lengua… Sin embargo, después de un periodo de incertidumbre, Cataluña podría convertirse en un estado nación más en el concierto de estados soberanos europeos. Lo mismo pasaría con Escocia, Córcega, Sicilia y Transilvania, cuyas naciones reivindican su particularidad.

Cuando me pongo a pensar en estas cosas llego al extremo de preguntarme si la brutal desaparición de Yugoslavia, entre otros factores, no respondió a la necesidad europea de demostrar que los estados plurinacionales son débiles de por sí porque el nacionalismo es siempre un factor de desestabilización y una semilla de racismo extremo. Yugoslavia era un país socialista con una economía estable aún después del fin del mundo bipolar, claramente era un mal ejemplo para el sistema neoliberal en expansión. Pero era también un país que se había conformado después de la primera guerra mundial con pueblos eslavos y las minorías albanesa y gitana, gracias a la caída del imperio austrohúngaro y la voluntaria anexión de monarquías locales. Confrontaron a la Italia fascista que se quería apoderar de Albania, país autónomo que había sido prometido por Gran Bretaña a un país que históricamente había sido aliado de Alemania y Austria con el fin de que entrara al conflicto del lado aliado durante la Primer Guerra Mundial. ¿Por qué Europa siempre ha insistido en las limpiezas raciales de los serbios, minimizando las de los otros pueblos eslavos del sur? ¿Por qué eran ortodoxos y no católicos? ¿Hay algo de racismo europeo en esto?

Pero, bueno, Yugoslavia se deshizo en varios países nacionales con la ayuda de la CE y de la OTAN, ¿por qué hoy entonces el órgano político de la economía europea suspira de alivio cuando el referéndum escocés arroja que esa nación no va a separarse del Reino Unido y no apoya el derecho del pueblo catalán a efectuar su propio referéndum?

El panorama mundial revela la crisis terminal de un sistema. La explotación capitalista de los recursos ha llegado a agotar la capacidad de la tierra de producir fuentes para la vida y la industria. La crisis climática ha desatado una serie de cataclismos impredecibles. Las sequías provocan graves hambrunas en extensas zonas desertificadas. Las guerras se prolongan, no tienen fin ni proyectan futuros de paz. Muchas de estas guerras son consecuencias de invasiones por potencias no limítrofes como en Afganistán, Iraq, Siria, Libia. Hay procesos de independencias nacionales truncos como en la República Árabe Saharaui Democrática y dictaduras que no se cuestionan porque ejercidas por un presidente elegido en las urnas, como en la Turquía de Erdogan, o por un ejecutivo de facto por rebelión parlamentaria, como Temer en Brasil. A la vez, están en curso guerras que la prensa no reporta como el conflicto sociopolítico yemení desatado por el golpe de estado de 2014 o la guerra de Armenia y Azerbaiyán por la posesión de Nagorno Karabaj, un territorio del estado azerí habitado por armenios.

Ha llegado el momento de preguntarse nuevamente qué son las naciones, qué las comunidades y si los estados son una forma de organización político-territorial necesaria.

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