Autonomías en Wall Mapu II: Boca Sur

Raúl Zibechi

Fotos: Boca Sur Informa

Atravesar las vías del tren en San Pedro de la Paz, primer municipio de la Región de Bio Bio, es trasladarse a otro mundo. El barrio Boca Sur comenzó a formarse en tierras baldías e inundables, despreciadas por la especulación inmobiliaria, donde fueron arrojadas las familias que la dictadura militar estaba erradicando de los barrios populares de Concepción, en una limpieza social que no tenía precedentes en este continente.

Desde que visité el barrio en 2009, han cambiado muchas cosas. La población se multiplicó. El municipio supera las 140 mil personas y el barrio Boca Sur creció hasta los 30 mil habitantes. Pero la humedad, densa y helada sigue presente, tanto como esas viviendas que son un insulto para la dignidad, ya que apenas suman 36 metros cuadrados y una sola pieza para familias numerosas, paredes de tiza y papel, un minúsculo baño y un pequeño terreno (https://bit.ly/3zVqwm5).

En su diseño, el barrio es una gigantesca prisión, un panóptico de casitas iguales para facilitar el control policial. Aún así, cuesta imaginar el espanto de miles de familias lanzadas a ese desierto de arenas negras, en la más absoluta nada, en la cual comenzaron a construir la maravilla de un barrio en resistencia, alegre y solidario, que medio siglo después enseña a los pueblos que la autonomía y la dignidad sólo pueden nacer en los márgenes, gracias a la terquedad de sus pobladores.

Defender la vida en pandemia

Nos acomodamos en torno a la mesa tendida en el salón de la Junta de Vecinos R8, una media docena de vecinas y vecinos del barrio: Daniela, Roberto, Fernando, Richard y Rosita, su madre, una mujer excepcional cuya larga vida impacta en la historia de resistencias y de construcción del mundo nuevo en Boca Sur. Además nos acompaña Katia, de la Universidad de Concepción, que viene acompañando a las organizaciones territoriales.

La conversación se reclina sobre la historia reciente del barrio. En particular el comedor popular que atiende a 135 personas y que nunca recibió nada del Estado. Todo lo que cocinan proviene de donaciones de familias, panadería, carnicería y verduras que provienen de particulares y algunas de la huertas de Boca Sur. Decidieron bautizarlo “Comedor Claudio Benedito”, en homenaje al primer afrodescendiente que habitó el barrio, por su entrega y solidaridad.

Al comienzo de la pandemia fueron cinco comedores que alimentaron a más de 500 personas, todo impulsados por el centro cultura Víctor Jara. Con el tiempo fue quedando sólo el que funciona en la junta vecinal, pero decidieron que no podía ser sólo entregar comida y abrieron tres áreas: el de la cocina que empieza su tarea a las 9 de la mañana, la huerta que funciona en un predio al fondo de la junta y el acompañamiento.

“Porque al comedor están llegando los más pobres, los que duermen en la calle, desocupados de largo tiempo y consumidores de drogas”, explica una voz. Acompañarlos supone reunirse, entender sus necesidades y trabajar juntos para buscar salidas. Parece evidente que la pandemia golpeó de forma muy desigual, en una de las sociedades más desiguales del continente.

“En realidad,” explica Daniela , “el comedor se inició con el estallido social del 18 y 19 de octubre de 2019. Nos dimos cuenta que muchos vecinos estaban quedando sin trabajo. Los despedían porque no funcionaba la locomoción, había militares en la entrada de la pobla y no permitían el acceso de buses de empresas”. La gente era despedida, sencillamente, porque los militares no los dejaban salir de su barrio. Una realidad que habla por sí sola de lo que es un “estado de excepción permanente”.

El objetivo tanto del comedor como del acompañamiento es “construir comunidad”, abordando aquellos problemas que el Estado no encara. Además del grave problema del desempleo, Daniel enfatiza en la necesidad de asistencia psicológica que tiene una parte no menor de la población.

Resistir y construir en las ciudades

Más de una década después de conocer a Rosita y a Richard, es evidente que los procesos organizativos en Boca Sur se han consolidado y sus miembros han madurado tanto su visión del barrio como de la política desde abajo.

Sostienen, como ejemplo, que la revuelta de 2019 fue posible porque la izquierda estaba descolocada, “pero en cuanto se reposicionó y se rearmaron los partidos, se acabó la revuelta”. Palabras similares escuché en barrios de Cali y de Bogotá: “Con los acuerdos de paz, las organizaciones pro-FARC desaparecieron y entonces pudimos tomar las calles”.

El Festival de Todas las Artes Víctor Jara, que se repite desde hace 22 años, es la fiesta emblemática de Boca Sur, que la hacen coincidir con el aniversario del golpe militar y el asesinato del cantante. Se inicia con una peña, luego una romería por memoria, verdad y justicia y, este año, contó con el estreno del documental “La Marea: Mujeres Pobladoras”, una creación colectiva del centro cultural “que aborda la historia de cuatro mujeres que construyen población al sur del Biobío”, como señala la página Boca Sur Informa (https://bit.ly/3UE5Zu3).

El mes de actividades se cierra con un carnaval popular, en el que participaron este año siete comparsas del barrio, algunas con nombres mapuche y sólo de mujeres. Se completa con ferias de autogestión, exposiciones y actos que recuerdan a los caídos en la resistencia.

Se trata de un verdadero “carnaval comunitario y popular”, como ellos mismos lo definen. Las personas organizadas en Boca Sur van elaborando sus propias ideas, sus propios conceptos que reflejan una mirada otra de la realidad. Por ejemplo, nombran el comedor popular como “autodefensa alimentaria”, lo que supone una mirada zapatista, digamos, en el sentido de que desarrollan una economía en resistencia.

Finalmente les pregunto, con bastantes dudas, cómo influye la lucha mapuche en sus resistencias. Richard se extiende: “Estamos en un territorio muy cercano a las comunidades mapuche, nuestra comuna es el inicio de Wall Mapu y nuestra lucha territorial siempre ha sido solidaria con las comunidades. Además compartimos con las comunidades el mismo abandono del Estado y ambos estamos bajo el control de la narco-cultura en los territorios”.

Se trata de un tema que requiere un tratamiento extenso: el papel de los aparatos armados como Carabineros, su confluencia territorial con el narcotráfico y con las iglesias evangélicas. Como hipótesis, puedo decir que es la forma como se presenta la dominación de arriba allí donde los pueblos, en todas las geografías de nuestro continente.

“En Boca Sur sentimos mucha sintonía, y vemos que hay una búsqueda en ambos sectores –mapuche y periferias urbanas- de nuevas formas de lucha. Los vínculos directos son muchos, en verano vamos a trabajar a las comunidades y ellos hacen actividades en el territorio a las que acudimos”, sigue Richard.

En la comuna donde se asienta Boca Sur, más del 80% de la superficie es monocultivo forestal. Remata: “Cuando el movimiento mapuche empieza con las recuperaciones a fines de la década de 1990, es un impulso a que el movimiento de pobladores comience a hacer acciones de recuperación o de ocupación de lugares que se vio muy claramente en las grandes ciudades desde 2019. Sólo en Boca sur hay ocho ocupaciones de pobladores en terrenos fiscales y privadas exigiendo viviendas. Por eso decimos que son procesos similares con características culturales distintas”.

No es casualidad que durante la revuelta de 2019 la bandera que más se ondeaba en las grandes alamedas fuera la mapuche. Amplios sectores del pueblo chileno perciben que sufren el mismo problema del pueblo mapuche: la opresión del modelo forestal neoliberal, que no sólo va de la mano de la militarización, sino que margina y empobrece a las mayorías.

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