Número 115    octubre2013
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Derecho a la vivienda en Brasil

Pinheirinho, un año sin justicia para las familias que lo perdieron todo

Un operativo policiaco despojó a las familias que por años habían construido sus vidas y sus hogares en este terreno, ahora entregado a la especulación inmobiliaria. Un año después, estos brasileños aún esperan una solución.

Texto: Inácio Dias de Andrade
Testimonio recogido por Joana Moncau
Fotos: Inácio Dias de Andrade
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Sao Paulo, Brasil. A un año del brutal desalojo de mil 700 familias del barrio de Pinheirinho, aún no hay justicia ni alternativas de techo y trabajo para quienes perdieron todo.

Ex habitantes de Pinheirinho, São José dos Campos (Sao Paulo), realizaron un acto, el 22 de enero de 2013, para conmemorar el primer año de la violenta acción policiaca que les despojó de sus casas. En aquella fatídica madrugada, casi 2 mil policías expulsaron a las 8 mil personas que ahí vivían.

Un año después, cerca de 500 personas llegaron al lugar para manifestar su solidaridad y exigir del poder público medidas para las familias, que siguen sin casa. La manifestación se realizó en el Centro Polideportivo do Campos dos Alemães, frente a sus antiguas casas y donde hoy apenas se ve maleza. El área, de 1.3 millones de hectáreas y entregada a la quebrada empresa Selecta, del inversionista Naji Nahas, sirve ahora únicamente para la especulación inmobiliaria.

El acto de conmemoración también contó con el apoyo de distintas organizaciones; entre ellas, militantes de movimientos de vivienda que todavía hoy, después de 12 meses de la desastrosa acción del gobierno paulista, sufren un eminente riesgo de despojo; es el caso del Asentamiento Milton Santos (del Movimiento de los Sin Tierra), en Americana (Sao Paulo). En los discursos del acto resaltó la crítica a la inacción del gobierno en la construcción de las viviendas, así como en la investigación minuciosa de las responsabilidades criminales.

Actualmente los ex habitantes esperan que se concrete un acuerdo entre los gobiernos federal, estatal y municipal y el movimiento de moradores para la compra de dos terrenos que albergarían 2 mil casas para las familias despojadas. El movimiento todavía espera conseguir una parte del terreno original del Pinheirinho para la construcción de otras mil casas, toda vez que aún hoy el terreno se encuentra abandonado y vigilado por guardias privados.

Esa indefinición ha causado daño a muchos moradores. El aporte para renta ofrecido por el gobierno, de 500 reales (cerca de 250 dólares), es insuficiente, todavía más tras la inflación de los precios en la zona a causa de la gran demanda de vivienda tras la orden de despojo.

Muchos moradores siguen sin trabajo porque los empleadores se rehúsan a contratar a los ex habitantes del Pinheirinho. La situación también es muy grave para aquellos que perdieron su medio de vida en la acción; los comerciantes del lugar perdieron tanto a su clientela como a su mercancía.

Además, casi 200 familias no han recibido auxilio alguno del gobierno, pues la burocracia y las exigencias desproporcionadas del gobierno imposibilitan que comprueben que fueron desalojadas por las fuerzas policiacas. La principal exigencia de la alcaldía para el registro era un número de identificación pegado en la puerta de cada casa por los policías el día del desalojo. A muchas familias se les impidió regresar a sus casas, que fueron demolidas muy pronto, por lo que no tuvieron acceso al registro.

Grande parte de las familias viven hoy “de favor” en casa de amigos y parientes. Aquellos que perdieron sus posesiones de toda una vida toda consiguen mantenerse mínimamente por medio de donaciones del movimiento y de ayuda de los vecinos, ahora distantes.

“¿Por qué hicieron eso con nosotros?”

Testimonio de Aldenora Pereira da Silva, 39 años.

Ese día yo estaba dormida y, cerca de las cinco de la mañana, me desperté con el sonido del helicóptero. Me paré, agarré a los chamacos, abrí la puerta y vi humo. Los ojos ardían. Desperté a todos en la casa y nos fuimos.

Hasta el último instante creí que algo iba a pasar. Todo que tenía estaba ahí. Me puse de rodillas y dije: “ese juego va cambiar”. Pero los policías abusaron de nosotros.

Miré cómo demolían mi casa. Apenas logré salvar las ropas que traía puestas, ni siquiera logré sacar los documentos.  Ese dolor no se puede explicar.  Construí la casa con tanta dificultad; cada bote para reciclaje que juntaba, cada real, era un ladrillo para la casa.

Después me quedé un mes y 15 días en el albergue. Comencé con depresión e intenté suicidarme. Todo se me fue, no tenía nada que dar a mis hijos. Nada, y antes tenía todo.

Después de que demolieran todo, entré con periodistas al lugar donde estaba mi casa. Lo único que encontré fue una imagen de Nuestra Señora Aparecida. Todo está lleno de maleza y caballos. Incluso las calles que habíamos construido están allá. Si me preguntan “¿Sabes ir para su casa?”, sí, lo sé. Pero no hay nada más.

Hasta hoy no he recuperado mis muebles porque hay que enseñar unos papeles para lograrlo. Mi casa en Pinheirinho tenía cinco recámaras y dos baños; vivíamos seis personas. Hoy rento una vivienda con un cuarto y vivimos siete, porque mi mamá perdió su casa en Pinheirinho y ahora vive con nosotros.

Vivo a tres cuadras de Pinheirinho. Sólo me consuelo cuando me paro ahí enfrente y me pregunto “¿Por qué hicieron eso con nosotros?”. No encuentro respuesta. Todos los días mi hija pasa al lado de Pinheirinho para ir a la escuela, y es difícil. Está todo derrumbado, lleno de arbustos. Éramos una gran familia allá adentro.

Donde vivimos la gente sólo critica a la comunidad de Pinheirinho; dice que todos allí deberían haber sido demolidos junto con las viviendas. Sufrimos mucha discriminación y aquí afuera empiezan a acusarnos.

Siento un gran enojo. En Brasil la ley sólo existe para los pobres, para los ricos no hay ley. Hay días que no duermo. Ayer, 22 de enero, a la una de la madrugada, me fui a sentar enfrente de Pinheirinho. Entré en desesperación: ¿Dónde están mis cosas? ¿Dónde está mi casa?

Lo único que he recibido fue un apoyo del gobierno para la renta, por 500 reales, que no cubre mis gastos. Pago 650 reales de renta, más 90 en cada caja de medicina para la depresión -que el puesto de salud no ofrece.

Mi esposo es ayudante de camionero y fue despedido en la época de Pinheirinho porque tuvo que faltar dos días al trabajo. Hace cinco meses logró un nuevo empleo. Justo ahora terminé de pagar el préstamo de los materiales de construcción de nuestra casa en Pinheirinho, y también del refrigerador.

No me olvido jamás de aquél domingo. Tiene que hacerse justicia. Lo que nos hicieron no tiene excusa. Para mí, la justicia será recuperar la vivienda y la dignidad, que ya no tengo. Antes de que me muera quiero dejar un terreno para mis hijos.

 Publicado el 28 de enero de 2013


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