¿Vivimos en una guerra espiritual?

Un vehículo policial. Hombres armados. Un terreiro. Un espacio sagrado donde, en ese momento, la presencia de la policía no llega únicamente como presencia del Estado, sino como una fuerza que atraviesa los límites de una comunidad religiosa.
La denuncia de una intervención de la Policía Militar en el Ilê Axé Opô Aganju, en Bahía, vuelve a plantear una pregunta que quizá resulte demasiado incómoda para un país al que le gusta presentarse como diverso y tolerante: ¿vivimos una guerra espiritual?
No estamos hablando de una guerra declarada, con ejércitos de un lado y del otro. La guerra, aquí, aparece de una manera más silenciosa. Está en la destrucción de símbolos, en las amenazas, en las agresiones, en la demonización de las religiones de matriz africana y también en la forma en que el Estado llega a determinados territorios y cuerpos.
Por eso, hablar únicamente de “intolerancia religiosa” puede resultar insuficiente. El término racismo religioso ayuda a visibilizar una dimensión que no puede ignorarse: las religiones de matriz africana son atacadas no solo por aquello que profesan, sino también por estar vinculadas a historias, culturas, territorios y comunidades negras que han sido perseguidas desde la formación de Brasil.
Y esto no quedó en el pasado. Una investigación nacional realizada en 2025 con terreiros de diferentes regiones del país mostró la dimensión de esta violencia: el 76 % de los terreiros participantes afirmó haber sufrido algún tipo de racismo religioso, mientras que el 80 % señaló que integrantes de sus comunidades habían sido víctimas directas. Entre los episodios denunciados aparecen amenazas, actos de vandalismo, agresiones verbales y abordajes policiales discriminatorios.
En Bahía, las cifras también ayudan a desmontar la idea de que estamos ante casos aislados. Datos presentados por el Gobierno del Estado señalaron 350 registros de intolerancia religiosa en 2024, además de 500 casos de racismo. Estas cifras representaron un aumento con respecto al año anterior.
Cuando alguien invade o ataca un terreiro, ya existe una violación. Cuando esta violencia involucra a una institución que debería garantizar derechos, la cuestión adquiere otra dimensión. El Estado no puede ser neutral frente al racismo religioso —y mucho menos reproducirlo.
Una investigación desarrollada en la Universidad Federal de Bahía sobre las operaciones de la Policía Militar en espacios sagrados del candomblé en Salvador, entre 2005 y 2023, investiga precisamente la relación entre estas operaciones y el racismo religioso institucional. El estudio parte de la comprensión de que el racismo también puede ser reproducido por las propias instituciones. Y es ahí donde la pregunta sobre la “guerra espiritual” comienza a adquirir otro sentido.
Porque no se trata de poner unas religiones contra otras, como si estuviéramos ante una disputa entre creencias. El problema surge cuando una tradición religiosa es tratada como una amenaza, mientras que otra es reconocida como referente de normalidad.
La libertad religiosa está garantizada por la Constitución. Brasil es un Estado laico. Esto significa que ninguna religión debe ocupar una posición privilegiada frente al poder público. Un terreiro, una iglesia, una mezquita, una sinagoga o cualquier otro espacio de fe debe poder existir sin que su existencia sea convertida en motivo de sospecha.
Y, sin embargo, los datos muestran que esta igualdad todavía está lejos de existir. La propia Bahía creó, en 2025, su primera Delegación Especializada en la Lucha contra el Racismo y la Intolerancia Religiosa (Decrin). La creación de esta unidad es un logro importante, pero también revela la dimensión de un problema que los pueblos de terreiro llevan mucho tiempo denunciando.
Hay, además, una cuestión que no puede olvidarse: el terreiro también es territorio.
Allí se conservan conocimientos, memorias, plantas, objetos, historias familiares, relaciones comunitarias y formas de comprender la vida que atraviesan generaciones. Atacar un terreiro no significa únicamente afectar un edificio. Significa afectar un espacio donde una comunidad preserva parte de su existencia.
Tal vez por eso la pregunta más importante no sea simplemente si estamos viviendo una guerra espiritual.
Tal vez sea preguntarnos quién tiene derecho a practicar su fe sin ser tratado como una amenaza. Mientras los terreiros tengan que alzar la voz para afirmar que sus espacios son sagrados, mientras los símbolos de las religiones de matriz africana sigan siendo asociados con el crimen y mientras la fuerza del Estado pueda llegar a estos territorios sin el mismo cuidado que se espera frente a otros espacios religiosos, todavía tendremos mucho por enfrentar.
No es una guerra entre religiones. Es una lucha contra una estructura que todavía insiste en decir qué creencias merecen respeto y cuáles deben seguir resistiendo para poder existir.
REFERENCIAS
Cruz, Thiago Garcez da. Racismo religioso: as operações policiais militares nos espaços sagrados do candomblé, na cidade de Salvador, entre 2005 e 2023. Tesis de maestría, Universidad Federal de Bahía. (https://repositorio.ufba.br/handle/ri/40776)
Ministerio de Derechos Humanos y Ciudadanía / investigación “Respeite Meu Terreiro” — datos nacionales sobre racismo religioso contra los pueblos de terreiro. (https://agenciabrasil.ebc.com.br/direitos-humanos/noticia/2025-12/racismo-religioso-76-dos-terreiros-no-brasil-sofreram-violencias?utm_source)
Policía Civil de Bahía / ISPE — estudio Cuando el color de la piel define el objetivo – Racismo, territorio y desafíos para la sociedad bahiana (2022–2024).
Gobierno de Bahía / Sepromi — datos sobre racismo e intolerancia religiosa en el estado y creación de la Decrin. (https://www.ba.gov.br/serin/noticias/2025-01/1154/bahia-inaugura-primeira-delegacia-de-combate-ao-racismo-e-intolerancia?utm_source)
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