Desde los fuegos del tiempo

Texto y fotos: Ramón Vera-Herrera

Veredas de la inteligencia colectiva artesanal

Nuestro saber es único nuestro, porque somos nosotros quienes lo vivimos, siendo centro único de nuestra existencia, pero como hemos dicho tantas veces, el saber se construye, o se teje, o se siembra, en colectivo, y es inescapable que así ocurra y entonces las historias nos asoman a ese ser colectivo que se forma y se deshace para volverse a hacer.

Comparto ahora varias rendijas, varios caminos o veredas o hilos del saber que nos van mostrando cómo nuestra inteligencia es siempre colectiva y es artesanal porque implica una labor propia para que sus frutos sean ciertos. La inteligencia artificial es como la lavadora de platos para la familia güevona.

Trayectos por la sierra de San Pablito

En los tiempos que trabajamos con el Consejo Regional Indígena en Defensa de los Territorios de la Sierra de Puebla Hidalgo, había choferes que nos transportan y que eran puros jóvenes de la zona que están claros en que tienen que ayudar a los grandes a defender su territorio. Ellos también cuentan historias del monte, de la ida al Norte y de los avatares de ir y venir que muchos cargan como bendición o como estigma, porque así como muchos ganan dinero para apoyar las economías campesinas y la construcción de infraestructuras locales, que a veces se expresan como mansiones fantasiosas y estrambóticas, otros cuentan del horror y de ya nunca querer retornar a las condiciones de invernaderos con altas temperaturas y plenos de agrotóxicos, más el maltrato y las condiciones de comida, limpieza y vivienda. Unos regresan a entrarle de lleno en la lucha contra el gasoducto porque ya vieron allá los estragos que ocasionan esos complejos de tubos con gas, gasolina o crudo. 

Otros han corrido con mala suerte, como aquel muchacho que se fue a trabajar y estando con otros cuatro en un techo de madera que recién había montado otra cuadrilla, el techo se desplomó con ellos encima porque no estaba fijado todavía. El joven se libró de la muerte entre los escombros donde lo hallaron todo doblado y contrahecho, pero quedó paralizado y le echa ganas a la vida desde su condición. 

Ese otro que cazando en la noche con resortera, vio un búho que volaba así enorme y le disparó un pedrusco que le dio en pleno pecho al ave. El búho se desplomó y el muchacho cuenta que le puso el pie encima para que no se le huyera pero que el animal, aprovechó un descuido y se zafó una vez recuperado y voló raudo hacia arriba.

La ola

Qué harías si te encuentras en una playa desierta y comienzas a ver a lo lejos que se forma, a toda velocidad y fuerza, una gigantesca ola, que con toda seguridad te va aplastar.

Tienes la posibilidad de correr hacia atrás e intentar alejarte, pero para cualquier lado que corras la ola llegará implacable, antes de que te evadas del ángulo de su rompimiento.

Tienes entonces la posibilidad de hincarte y rezar, recordar tu vida toda, llorar por tu destino y por tu existencia a punto de culminarse.

Tienes, claro, siempre, la posibilidad de contemplar de frente la muralla de agua que ya se levanta más de quince metros y que junta volumen y altura conforme se acerca a donde te hallas. Ahí de pie, tienes entonces el tris de clavarte, sumergirte con fuerza directo hacia la base misma de la turbonada. En ese instante, tienes también el frágil y evanescente viraje de no morir sino de salir del otro lado, al lomo de la ola, viendo como ella rompió hacia la playa y ya refluja espuma de nuevo hacia donde te recompones.

La selva en seis disparos

Un papalote verde olivo, barras rojas y blancas, estrellas; la selva en seis disparos.

Alelados los duendes del alba regresan su perfil a los bancos del río, a los móviles de bambú y palo que emergen como cadáveres húmedos y lustrosos —esculturas varadas en el lecho lodoso: un ave de presa gravita las copas, un motor rasga el aire, el helicóptero se mece un momento y se precipita rasante por el centro de la corriente. Lo vemos elevarse, fluir al sur poniente, tabletear hasta ser un eco; las cámaras destellan sus fotografías, máquinas de repetición escupirán tiras de papel o archivos electrónicos con pedazos de cielo, un playón, unos tipos oteando el aire, una familia huye por entre el acahual; quizá después un círculo rojo al sospechoso, al árbol importante, al claro en la hondonada, al rostro impenetrable de un palanquero que impulsa su bote sobre el agua.

Son libres

El maíz en tiempos de guerra, película de Alberto Cortés, 2017.

Asistimos en primera persona a una conversación permanente entre las comunidades y su milpa. Esta conversación es también un reloj que cambia según el tiempo en el año, en un ciclo que gira en torno a los cuidados, que siendo cotidianos y propios de la intimidad de la casa, son profundamente políticos y establecen de inmediato una resistencia que implica una defensa territorial, una reivindicación de su ser en su “nosotros”, desde sumutualidad y su devenir.

Cada una de las personas que en la pantalla nos relatan su relación amorosa con los quehaceres y los seres con quienes establecen vínculos de crianza y futuro cotidianos, parecen decirnos que la reproducción en nuestros términos es lo más importante y que trabajar para otros nos somete de modos insospechados y perniciosos.

Son cuatro familias (una wixárika de Jalisco en frontera con los narco-ganaderos, dos tseltales en el Bachajón cercano al zapatismo y una mixe en Tlahuitoltepec). Descubrimos su vida por sus tareas. Nunca dejan de laborar, y sin embargo no son familias explotadas por patrones. Son libres. Su tiempo es para ellas y sus labores creativas, por más violencia y ataques que quieran emprender contra ellas quienes les cercan.

La libertad no significa que sus vidas estén desprovistas de conflictos, ni que nadie quiera someterles a sus designios. Es su empeño por hacerse responsables de lo que es crucial para ellas y su gente cercana, para las plantas y animales, para todo ser con quien se relacionen en su concreción de mantener la vida.

Su libertad es visible y tangible en la alegría a veces hasta chacotera con que afrontan lo que les toca, sabiendo que de lo que no les toca se van a defender a donde topen porque no se trata de aceptarlo todo sino de ajustar su vida a lo que en justicia es importante: custodiar sus semillas, valorar lo diverso de la convivencia de la milpa, su modo de sembrar, sus labores cotidianas, la relación entre la familia, lo que puede ser nutritivo, las decisiones políticas que promuevan equidad y respeto.

No son perfectas ni lo pretenden. Pero con plena conciencia sí quieren ser mejores, sí quieren el mundo en que nacieron, sí saben cuál es un destino mejor. De cuánta gente podemos decir esto.

Este film es una rendija a un mundo que ha estado aquí de siempre, y que casi no se mira. Desde la ciudad y las academias, desde las militancias y las agencias, es preferibles verles con conmiseración o nostalgia, con asepsia y lejanía porque pueden así entrar en innumberables contabilidades monetarias (o morales y hasta epistemológicas).

Desde la rendija, estas familias reivindican con firmeza que nadie les podrá robar su vida, por más que el poder intente despojarles o devastar sus tierras, y emprenda actos de violencia para someterles. Su aplomo es inmemorial y les viene de su entereza en común, de su cariño y su mirada detallista y abarcadora que va del instante a los milenios, y de regreso al girar de la lluvia, la germinación y el fuego renovado.

El maíz en tiempos de guerra deja que todo nos lo muestren con sencillez y sonrisas desde su milpa y su fogón mientras laboran y se dan un respiro para intuirnos.

Luna

Durante años la luna llena vestida de naranja o de rojo despertaron en mí un miedo atávico, mezcla de misterio y maravilla pero también angustia. Luna de Sangre, le dicen. Y sin embargo no podia sino abandonarme a su presencia silenciosa y fuerte. Era un reconocimiento inconsciente del universo y sus relaciones, pero también una rendija a lo sobrenatural (súper natural, diría ahora), que se escapaba a lo cotidiano; o que es su herida misma.

Era la luna ensangrentada sobre el Parque Hundido, la calle era Boston en la colonia Nochebuena, y los cipreses se tensaban como arcos y recordaban el viento del otoño soñando cascabeles. Unos pasos retumbaban en las bardas.

Nos amábamos tanto

y la ciudad era de humo,

el sol rojo amanecía la calle por entre jirones de nube.

dos volcanes ceñían el valle:

una mujer de nieve y bruma

y su cómplice atento;

cielos abiertos a una eterna chispa,

la memoria y el deseo.

la luna navegaba las paredes rayoneadas.


los fantasmas de vagones y trenes dormidos entre las bardas cubrían los pastizales.

calderos de fuego apuñalaban la noche

con naranja y ocre azuloso

y el vaho de algunas voces

era una señal, apenas un destello.

las mujeres murmuraban canciones,

algunos respiraban ese aliento caliente y húmedo

y eran ellas,

por momentos eran ellas:

se las tragaban,

y sus ojos de niebla brillaban,

las manos tejían el vacío en hilos de vapor iluminado.


éramos los seres de la madrugada,

bebíamos canelas en la empinada esquina atraídos por el vórtice del universo dúctil.

nos reconciliábamos con la parvada de instantes

aun si nos mirábamos lavados y ausentes.

el ulular de los tráilers venía de tan lejos

pero marcaba con su reloj lo que sentíamos…

La cacería

Nosotros nos subimos al autobús en Ciudad del Carmen pardeando la tarde. En la laguna de Términos se hundía el sol entre las nubes volviéndolas jirones de lana. El camino sería largo y los vendedores trepaban sin mucho trámite a ofrecer mango con chile, refrescos y jugos. Tardó en salir el camión (después entenderíamos por qué) y para cuando recorrimos las primeras cuadras por la ciudad, las sombras se apoderaban de las esquinas y el horizonte se perdía en las farolas que se fueron encendiendo. Aunque nos extrañó que no tomara de inmediato la avenida por la que se sale del puerto hacia el  larguísimo puente que conecta con tierra firme, de plano nos desconcertó que comenzara a penetrar un barrio de calles angostas y diagonales cercanas al agua de la laguna, algunas de ellas anegadas por el desnivel de la ciudad y por la falta de drenajes.

En una rinconada, el autobús hizo un alto. La oscuridad era total. El chofer abrió la puerta y raudas subieron dos mujeres muy jóvenes. El chofer cerró la puerta justo tras ellas y reculó unos metros para dar una vuelta en U casi de inmediato. El interior del autobús, también a oscuras, las cubrió en un respiro y algo dijeron en voz baja entre ellas y el chofer —que siguió buscando una salida hasta la avenida para de ahí enfilarse al puente. Ellas atravesaron de inmediato el pasillo hasta los últimos asientos y todo el camión se volvió un silencio tibio que anunció la frescura del camino, el viento y la velocidad que comenzaron a colarse junto al ruido del motor más desfogado.

Eran bonitas. Sobre todo una de ellas, con el cabello ensortijado y nada largo, como una melenita de león, dejó al pasar su aura de muchachita delgada y presente siempre.

Me acuerdo que supimos de inmediato que huían. Y que el conductor era su cómplice. No era un instrumento de su huida sino tal vez una mano generosa, o un enamorado dispuesto a todo. 

Nos dijimos que parecían centroamericanas, tal vez atrapadas en alguna de esas estafas de ruindad ramplona donde alguien les exigía, como parte de no denunciarlas y tal vez ayudarlas a subir por el país, su cuota de prostitución y servidumbre envilecida para dejarlas ir. Por qué pensamos eso es difícil decirlo así de primeras. Es tan difícil explicar lo obvio. 

No traían nada de equipaje. Ni siquiera un morral. Tan sólo una bolsita de tela colgada al hombro, una de ellas. La otra era todavía más evanescente.

Pero el calor a pesar del aire acondicionado nos cerró los párpados y  pronto el autobús corría por las carreteras de Tabasco y casi en todos los asientos se soñaba. El autobús paró en Villahermosa un rato que parecieron horas.

Como a las cinco de la mañana cruzamos un puesto de revisión de la migra en la carretera costera que recorre de sur a norte Veracruz. Ahí nos hicieron alto unos oficiales. El conductor tenía que detenerse y lo hizo. Subieron dos agentes y ni preguntaron. Fueron derechito hasta el fondo del autobús por las dos muchachas. Ni las interrogaron. Solamente dijeron, acompáñennos. Ni se resistan. No fueron las únicas personas a las que bajaron, pero no interrogaron a nadie sino hasta bajar a las dos muchachas y ponerlas en custodia en una caseta que estaba al fondo de un terraplén donde se estacionaban varias patrullas y una ambulancia. Una caseta de radiocomunicación con una enorme antena le daba el aire de oficialidad al caserío improvisado que era la garita de control migratorio. Bajaron a otros tres y a una pareja. Pero a ésos los dejaron sentados en unas bancas cerca del autobús. esperando su turno.

Y claro, al conductor también lo habían detenido. Su uniforme asomaba por una de las ventanas de la caseta del fondo. 

La gente comenzó a bajar para estirar las piernas. Los agentes nos informaron que nos iban a cambiar de autobús pues éste se quedaba detenido junto con el conductor. No daban ninguna otra explicación, y ni la mirada concedían.

La pareja contó que una de las muchachas les había medio contado su historia en la madrugada. Que angustiada confirmó que venían de Honduras y que, después de cruzar, en Tapachula una mujer las había apartado y les anunció que si no querían ser deportadas, encarceladas y torturadas (de plano así les dijo), tenían que irse con ella (y dos hombres) a Ciudad del Carmen, a trabajar unos días, y que si se portaban bien les conseguiríanpapeles de mexicanas como para quedarse en el país o para moverse a donde se les diera la gana.

Pero cuando llegaron a Ciudad del Carmen, la casa resultó ser un burdel ni siquiera muy fino, donde recalaban los petroleros y los camioneros de la vuelta del Golfo y sin más las pusieron a trabajar con amenazas y maltratos. Que no las golpearon mucho, porque debían estar presentables, pero sí les sabían pegar sin dejar marca, como le pasó a una de ellas un día que de plano se negó a atender a un hombre que le dio mucho miedo nomás de lo que le dijo que tenía que hacer. También les daban baños de agua fría, y las amarraban o las encerraban o las dejaban sin comer si algo no les gustaba a las matronas, de su “comportamiento”. 

La muchacha del cabello ensortijado les dijo que el conductor no era su novio pero que se había ofrecido a sacarlas de ahí, porque no tenían madre los que las habían encerrado en esa casa.

Entre la gente del camión se hicieron dos bandos. Uno que decía que el chofer las había puesto, pa’ denunciarlas y cobrar una lana que los agentes de migración le dan a quien les entrega a algún indocumentado. Que lo habían bajado para hacer la faramalla nomás.

El otro bando, al que pertenecíamos, insistió en que el conductor simplemente no midió las fuerzas tan tendidas contra las que se enfrentó. Que no supo con quienes se metía.

Llegó otro autobús y a todo el pasaje nos trasvasaron. Dejamos atrás el sitio donde los perros ensalivados se envilecían con el recuento de su cacería.

Llegó otro autobús y a todo el pasaje nos trasvasaron. Dejamos atrás el sitio donde los perros ensalivados se envilecían con el recuento de su cacería.

Una Respuesta a “Lo que se da no se pierde”

  1. Marco Antonio González

    Pues me pregunto como citadino, ¿ Y qué andabas haciendo por allá? Puede ser desde tu perspectiva, una pregunta tonta, pues ya la respondiste y fue una idea que debía haber quedado clara ´para el lector, lo dijiste, tanto importa llegar a donde vas como la caminata en sí misma (con otras palabras), me recordaba de un autor que mencionaba que hay cosas de las que uno solo se acuerda cuando camina, pero es una forma pálida para el peso que le das a la caminata en sí misma, la que, según percibo, es lo tal vez más importante, lo demás también, por supuesto, pero apuntas a la importancia de la caminata que va tejiendo y destilando todas las historias de esos parajes. Tu capacidad para narrar es obviamente muy buena, alejada de toda la información a que estamos acostumbrados y tal vez por eso lo de la desinformación. Algunos de los lugares mencionados, pocos, muy pocos, conozco, pero me doy una pequeña idea de lo que quieres decir. Saludos.

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