Venezuela, el ensayo general
Las “fallas” y las “disfunciones” del sistema no lo son: forman parte esencial de un entramado bélico que avanza conquistando mediante la destrucción y el aniquilamiento, para luego reconstruir y reordenar las relaciones sociales. Los programas sociales como Sembrando Vida y sus equivalentes del “bienestar” no fracasan ni están incompletos: cumplen su función y su papel en la guerra de conquista. Con mitos históricos, recomendaciones y consejos a la juventud, los viejos los exhortan a enfrentar la tormenta con un palillo y pretenden que estén agradecidos de por vida. En realidad es un bastón, pero creo que usted lo entiende como un palillo.
Comandante Marcos – 30 de diciembre de 2025.
El ataque estadounidense contra Venezuela —bombardeos, secuestro del presidente Nicolás Maduro, muertos, destrucción de infraestructuras— no es un “exceso” ni un paréntesis. Es un umbral. Un salto de fase de la guerra como gramática del presente. Y debe leerse por lo que es: el ensayo general de un orden que ya ni siquiera intenta fingir. La misma trayectoria que vemos en el genocidio en Gaza y en la ocupación de Ucrania: tres escenarios distintos, una sola verdad que se aclara con brutalidad creciente. El derecho internacional, ya reducido a retórica selectiva, es tratado definitivamente como un opcional; una decoración útil para los comunicados, inútil cuando estorba a la conquista.
No se trata solo del “fin de las reglas”: es el fin de su sentido histórico. Porque esas reglas no caían del cielo; eran la cobertura político-jurídica de un equilibrio imperfecto, nacido de guerras anteriores y funcional para contener —o al menos administrar— la violencia entre potencias y dentro de los bloques. Hoy esa cobertura se desgarra: cuando conviene se invoca la legalidad (que desde siempre ha sido un elemento de poder y no de justicia social), cuando no conviene se deroga, se bombardea, se ocupa, se secuestra. La “comunidad internacional” se convierte en un teatrillo de geometría variable: quien tiene fuerza intenta imponer qué es legítimo, quien no la tiene sufre prácticas de disciplinamiento a través de la ley y de su excepción. Y esto no es un accidente del camino: es la forma misma que adopta un capitalismo en crisis, que ya no logra reproducirse sin conquistar, sin militarizar, sin transformar territorios y cuerpos en materia prima.
Para entenderlo de verdad hay que desplazar la mirada del nivel moral y de la dicotomía social pro/contra, al nivel estructural: la crisis irreversible de los Estados-nación y de las democracias liberales occidentales. No porque “desaparezcan” mañana por la mañana, sino porque están vaciados desde dentro. Ya no son la casa política de un pacto social nacional; son cada vez más un envoltorio administrativo, un dispositivo logístico y represivo que gestiona flujos, deuda, fronteras, rentas. La soberanía ya no es la capacidad de decidir colectivamente el propio destino: es la capacidad de garantizar condiciones favorables a los intereses transnacionales y a las grandes empresas que operan a escala mundial. Quien gobierna —de derecha o de “centro-izquierda”, en repúblicas parlamentarias o en presidencialismos musculares— se parece cada vez más a un administrador local de intereses globales: ejecuta, facilita, negocia, firma. En este marco, la democracia liberal no es “traicionada”: se usa hasta el hueso y luego se desecha cuando ya no sirve. Exactamente como la política kleenex: de usar y tirar.
La guerra, entonces, no regresa: nunca se había ido. Cambia de forma, se normaliza, se vuelve constante. Porque en un mundo de competencia entre potencias y de ganancias en contracción, controlar territorios no es una obsesión ideológica: es una necesidad económica. Controlar territorios significa controlar recursos naturales (petróleo, gas, tierras raras, litio, coltán, agua, tierra fértil), rutas e infraestructuras (puertos, canales, corredores logísticos), y significa sobre todo controlar la vida de las personas. La guerra no sirve solo para “apoderarse” de un yacimiento: sirve para reorganizar sociedades enteras en función de la extracción y de la renta. Sirve para volver gobernable lo que resiste, para producir obediencia donde existen conflictos, para romper vínculos sociales y recomponerlos en formas más útiles para el mando.
Aquí la frase de Marcos se vuelve una lente precisa: la destrucción no es una falla, es el método. Primero se estrangula económicamente, se bloquea, se aísla, se sabotea. Luego se fragmenta, se dividen territorio e historias. Después se señala el colapso como prueba de un fracaso interno. Finalmente se interviene para “poner orden”, reconstruir, reformar, normalizar. Es una secuencia: asedio–colapso–salvamento, donde el “salvamento” es la entrega, pero sin ninguna veleidad, por más igualmente reprobable, de liberación o de democracia. El velo del pasado cae y el interés se exhibe sin pudor.
La tormenta ya está aquí. Y no se atraviesa agradeciendo. Se atraviesa construyendo herramientas adecuadas: contrainformación, solidaridad concreta, organización, conflicto, internacionalismo material. Porque lo que hoy se experimenta en Caracas —como lo que se consume en Gaza, como lo que devasta Ucrania— es el anuncio de un mundo en el que, si no resistimos, la única ley será la del más fuerte y la única política la de la conquista.
Andrea Cegna
Autor de narrativas heréticas, historias de resistencia y alternativas, visiones asimétricas sobre el capitalismo europeo.