Semana Santa al borde de una guerra nuclear y mundial
¿Dónde están las sociedades civiles, las clases políticas, los sujetos religiosos, culturales e intelectuales, y los medios de la humanidad?
Escribo este artículo el martes 7 de abril, antes de que venza el plazo final de Trump para exterminar a Irán, un pueblo, una civilización milenarios. No sé cómo estará todo en los días siguientes y menos aún el viernes cuando la reflexión salga. La humanidad, al mismo tiempo que por un lado va la luna, por otro habla de regresar a la edad de piedra a una de las más antiguas civilizaciones de nuestro planeta, a la que debemos infinidad de tesoros culturales, espirituales, morales y materiales.
Se habla mucho de la debacle del modelo de seguridad hegemónica de Estados Unidos y del orden social mundial económico, basado en el petrodólar y el militarismo trasnacional, pero para nuestra especie es más profunda la debacle moral y material que estamos atravesando. ¿Cómo esta frontera moral de la humanidad se ha desplazado hacia límites de inhumanidad, odio, cinismo, crímenes de guerra, ignorancia histórica como nunca se había visto antes, con el peligro sobre todo de la guerra nuclear? En el artículo pasado de Desinformémonos nos preguntábamos si estábamos frente a una tercera guerra mundial o a una guerra nuclear; si era el fin del régimen de Irán o de los gobiernos de Trump y de Netanyahu, pero en un mes esta situación de conflicto mundial en Medio Oriente, que abarca a todo el mundo, ha ido muchísimo más lejos y estamos ante la incertidumbre si es el fin de una civilización, de un pueblo, de una etapa de la especie humana o de toda la especie. O sea, que el nivel de violencia e inhumanidad han crecido hacia límites impredecibles por muchas razones, y esto hace que cada vez más salgan a flote algunas de las peores reflexiones y valores en cada uno, movidos por el odio y la venganza en una dirección o en otra. Aumentando así también la espiral de la guerra y violencia en el campo de lo social y lo militar. Sabemos por la historia que en la guerra -y menos en el genocidio- no existe la neutralidad.
Asimismo en estos días se celebra el martirio de san Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de El Salvador, quien fue asesinado el 24 de marzo de 1980, poco después de una homilía muy famosa donde invitaba a los soldados a “dejar las armas”, o sea a que desobedecieran las órdenes deshumanizantes que recibían. Vemos hoy día además cómo en los ejércitos de Estados Unidos e Israel han estado creciendo formas de resistencia y objeción de conciencia a ir a la guerra. A su vez, otro gran sacerdote promotor pionero de la noviolencia en México, el padre Donald Hessler, nació en abril. También, en la línea del Viacrucis del Viernes Santo, en estos días recordamos el asesinato en 1968 (4 abril) de Martin Luther King, gran promotor y luchador social desde la resistencia civil noviolenta por los derechos civiles y políticos afroamericanos, y el 10 de abril fue el asesinato del general Zapata en la Revolución Mexicana, líder militar y moral del eje de la resistencia armada, como sería el eje de Irán actual, alternado con todo tipo de acciones noviolentas, masivas y solidarias de su población, llegando al extremo heroico de construir voluntariamente acciones de “interposición noviolenta de cuerpos en situación de guerra” o “escudos humanos” alrededor de centrales eléctricas e instalaciones civiles estratégicas.
Por otro lado, estamos recordando en este mes los 96 años de la Marcha de la Sal gandhiana y del pueblo hindú, el mayor ejemplo masivo de desobediencia civil del siglo XX, que es una de las pistas claves para detener a estos gobiernos con tal nivel de impunidad e inhumanidad como son los de Estados Unidos e Israel. Las sociedades civiles y clases políticas con su silencio, miedo, obediencia ciega o afinidad ideológica-religiosa son altamente responsables de todas estas violencias y genocidios. Por más que uno tienda siempre a creer que el que da la orden final es el responsable, en realidad hay una responsabilidad anterior, fundamental y que también es el centro desde donde podrían detenerse estos genocidios si se movilizaran masas en un nivel y magnitud de radicalidad moral y material proporcionales. Hemos sostenido en artículos también de este espacio, en todos estos últimos tres años, que uno de los caminos principales de la resistencia civil noviolenta ante los genocidios es la desobediencia civil de masas dentro de los dos países ejecutores (las protestas masivas increíbles del “No Kings” en EU son sin duda un camino, pero no aún desde la desobediencia civil)partiendo de la “firmeza permanente”, metiendo el cuerpo masas muy grandes de la sociedad civil y de todos los liderazgos de la reserva moral social de las clases políticas, sociales, intelectuales, culturales, artísticas, morales, religiosas de esos países, y no retirando los cuerpos hasta que cambien las órdenes deshumanas de sus gobernantes. Como decía el presidente Petro hace pocos días: “lo único que puede detener al misil y al dólar es la palabra y las multitudes en la calle”.
Estamos en plena Semana Santa, una época que -al menos desde la fe cristiana en sus distintas tradiciones- recuerda y conmemora la cruz de Jesús y luego la resurrección, que es lo que da sentido final a este tipo de fe. La cruz, el momento de mayor oscuridad, de toda la injusticia e inhumanidad que se concentra sobre un chivo expiatorio (como afirma René Girard), y luego viene la luz, la resurrección, la esperanza, la resistencia.
La cruz que significa guerras, genocidios, explotación, inhumanidades de todo tipo y luego la resurrección que hoy en día tiene el nombre -entre muchos otros- de la resistencia, a la muerte, a la oscuridad, a la inhumanidad. Vemos también cómo en el episodio de la última cena, cuando vienen a apresar a Jesús, Pedro saca la espada y le corta la oreja a uno de los soldados, y enseguida Jesús le quita la espada de la mano, pega la oreja en el rostro del soldado y le dice a Pedro: “el que a hierro mata, a hierro muere”. Es un clarísimo mensaje presente en todas las religiones y tradiciones humanistas de la humanidad, a favor de la “paz justa” y no de la “guerra justa”, que ha sido continuamente silenciado empezando por las mismas iglesias cristianas en todos estos siglos.
El mismo Papa León XIV ha estado muy enfático en estos últimos días declarando cómo “Dios rechaza la guerra y el uso de su nombre para justificar conflictos armados”; el domingo de Ramos dijo que “Dios rechaza las oraciones de los líderes que libran guerras, pues sus manos están llenas de sangre”. Y agregaba que “la guerra no es santa, solo la paz es santa porque es voluntad de Dios…si el mundo se vuelve sordo Dios escuchará el lamento del sufrimiento”; “No se puede invocar a Jesús para justificar la violencia, la dominación militar es totalmente ajena al camino de Jesucristo…Jesús no escucha las oraciones de quienes hacen la guerra, Dios nos ha dado un ejemplo no de cómo dominar sino de cómo liberar”. A su vez el propio arzobispo católico castrense del ejército de Estados Unidos, declaró que esta “no es una guerra justa para Dios” y que las tropas no deberían obedecer “órdenes claramente inmorales y deberían más bien preservar las vidas de los inocentes”. También el patriarca católico de Jerusalén (Pizzaballa) señaló que “manipular el nombre de Dios para justificar a la guerra es el pecado más grave de este tiempo”.
La hipocresía e ignorancia religiosa al servicio del exterminio y el enriquecimiento
Resulta increíble que la guerra para destruir un régimen acusado de fanatismo religioso -llamado también terrorista- como este régimen islámico iraní sea encabezado y motivado desde un sionismo cristiano y judío, a partir de interpretaciones y manipulaciones completamente falsas de exégesis de los textos sagrados, al grado que una de las cabezas sea un secretario de guerra -Pete Hegseth- quien ha aparecido en múltiples ocasiones con playeras con el dibujo de los cruzados medievales de Cristo. O sea, muchísimo más fanáticos estas corrientes religiosas sionistas que las propias del Islam que dicen combatir. El nivel de mesianismo, ignorancia e hipocresía que manejan estos líderes de la guerra no tiene límites. El secretario Hegseth, dirigiéndose a los soldados de Estados Unidos, les mandó un mensaje de ánimo y fortaleza, pidiendo a la población que ore de rodillas por ellos “invocando el nombre a Jesucristo”. Alguien sin el valor mínimo de siquiera estar cerca del campo de batalla -como Trump con su hijo-, manda sin estrategia al descampado y al matadero a soldados extraídos de las clases más pobres del país.
El mesianismo de las dos cabezas genocidas tampoco tiene límites: una asesora espiritual de la Casa Blanca -Paula White- con motivo de la Semana Santa, ante el rostro sonriente y complaciente del presidente, comparó a Trump con Jesucristo, afirmando que igual que Jesús, Trump fue traicionado, arrestado y falsamente acusado. Y luego, como Cristo que venció a la muerte, Trump se levantó y será victorioso frente a los enemigos. Netanyahu por su parte, en igual nivel de mesianismo y manipulación en su discurso de la Pascua judía presumió -como Dios- de “haber asestado 10 plagas a Irán y sus aliados en Oriente”, así como de haber asesinado al Ayatollah. Nos preguntamos en este contexto, por ejemplo, ¿dónde está el Consejo Mundial de Iglesias? ¿Dónde están las fuerzas y los liderazgos religiosos de la humanidad ante este nivel de manipulación religiosa y de la verdad en textos sagrados? ¿Dónde están Rusia, China y la India? Ni hablar de la ONU, UE…
Irán lucha a muerte por su sobrevivencia como Estado-nación-población, pero Trump y Netanyahu también luchan a muerte por sus respectivas sobrevivencias: a la cárcel por corrupción y pederastia, a la pérdida total de poder político y económico, a la peor ignominia pública y social.
¿Una civilización entera morirá?
No se trata sólo -como reflexionábamos al inicio -del traspaso de una frontera moral, espiritual, religiosa de la humanidad-, sino que estamos también ante la violación de una frontera material del exterminio de una civilización central en el milenario proceso de humanización de nuestra especie. Organizado sobre todo por dos líderes políticos patológicos de narcisismo maligno -como hemos afirmado desde hace tres años-; megalómanos con la prepotencia de intervenir y dictar gobiernos y leyes en todo el mundo; con nula empatía con las víctimas y además gozando del sufrimiento ajeno hasta límites inimaginables; cuya egolatría prefiere arrasar a millones de personas, pueblos, culturas, especies, economías en espirales de odio y genocidio no creíbles antes aceptar un error; ¿el aterrorizamiento por el fracaso de la autoimagen puede llevarnos al abismo de la inhumanidad total?. Este es el nivel de “infantilismo social”, de “egocentrismo crónico” e inhumanidad que tienen estos dos psicópatas
Resulta asimismo difícil de creer -por la etapa en que creíamos estar atravesando en nuestra civilización mundial- el poder casi absoluto que tienen en el mundo y en sus países estos dictadores genocidas. Les ayudan claramente los opositores políticos tremendamente tibios y cómplices en medio de sociedades civiles acomodadas en la ignorancia conveniente que no protestan, que no son capaces de detener en ninguna forma esta ilegalidad nacional e internacional, inhumanidad y violencia sádica y despiadada. Al grado de permitir declarar permanentemente crímenes de guerra frente al silencio y alabanza de toda la prensa mundial: bombardeos a escuelas, hospitales, ambulancias, mercados, empresas agrícolas, farmacéuticas, granjas de alimentos, universidades…y por supuesto detrás de todo está el gran negocio capitalista de la guerra y de la expansión de monopolios económicos en el mundo, quedando transparente el objetivo de adueñarse del dinero y petróleo de ese país, y cercar a China y Rusia. Por otro lado, resulta paradójico que el gobernante mundial más capitalista en todo sentido, sea el causante de la mayor catástrofe contemporánea de la destrucción entrópica de ese orden económico mundial.
Trump afirmó el 6 de abril que “Una civilización entera morirá para no volver jamás” (¿el “dueño de la historia?). ¿Una civilización milenaria, infinitamente más larga y extensa que la del propio Estados Unidos, se quiere destruir “en una noche” y hacer “volver a la edad de piedra”, ante los ojos y la inacción del mundo?. Una declaración abierta de genocidio (Ni Hitler lo hacía así de abierto y público; con dos genocidios paralelos, con el de Gaza). Y todo en medio de su “esquizofrenia moral” o “doble moral”: “No quiero que suceda pero probablemente ocurrirá”; el 4 de abril antes de bombardear una central nuclear en Irán que comparte con Rusia el propio Trump en un tuit puso “Gloria a Dios” y en otro “Alabado sea ALLah”; en su discurso del día antes del ultimátum final acaba diciendo que después de destruir a todo Irán “Dios bendiga al grandioso pueblo de Irán”.
Asimismo ¡en Pascua! declaraba, en un lenguaje de odio y vulgaridad no vistos antes en la política internacional: “Abran el maldito estrecho bastardos locos, o vivirán el infierno” (claro, que sólo se refería a su propia locura, que ya habita el infierno en la tierra). Se transparenta aquí totalmente el final trágico que tendrán él y Netanyahu, pero su demencia insiste en llevarse consigo a su precipicio moral y material a una porción enorme de la humanidad, ante el cínico silencio de la prensa, iglesias y líderes de todo tipo mundiales. Construyendo incluso un relato falso, infantil, heroico y novelesco acerca del rescate en Irán de un piloto o tal vez dos, ante el gozo y despreocupación total por ejemplo por los miles de niños iraníes y palestinos masacrados.
Y, finalmente, en el colmo total de la inmoralidad e inhumanidad: toda esta barbarie e “infantilismo maligno social” tienen su raíz en la nula justificación moral, intelectual y política de que avale en nada este genocidio, porque ya está clarísimo que Irán no tiene armas nucleares, que no es una amenaza para Estados Unidos ni lo atacó, que no va a existir allí un cambio de régimen y que estaba pronto para firmar un acuerdo de cese de expansión nuclear, cuando se generó la traición de Estados Unidos e Israel.
Desde la resistencia -cuyo gran ejemplo nos da primero el pueblo de Irán- nos queda como siempre el mismo desafío, por supuesto para no desanimarse ni ser cómplices -voluntarios o no-: ¿qué más podemos hacer y cómo más podemos movilizarnos y presionar para que esto se detenga? Al menos, como en el caso del lema mundial de la resistencia contra el genocidio en Gaza: ¡No dejemos de hablar y actuar contra estos genocidios!
Pietro Ameglio
Miembro del Servicio Paz y Justicia (SERPAJ), del Colectivo “Pensar en voz alta”, y del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad en 2011.