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Yo soy Montaña

Edith Herrera

¿Qué debemos celebrar los pueblos indígenas? De la asimilación de nuestra cultura a la negación de nuestra existencia

Fotos: Archivo Espacio Tikosó 

En la escuela me enseñaron que ya no existíamos

Recuerdo ese día no tan lejano, cuando estaba sentada en la segunda fila del salón de clases, con mi chaleco verde y falda tableada, mis zapatos negros y calcetas blancas. Estaba todavía en la secundaria. Los estudiantes en México, todavía siguen vistiendo con este “uniforme” hasta el día de hoy.

Hacía un poco de sol ese día y, en los pasillos de la escuela, se escuchaba el alboroto de los demás salones y de los alumnos corriendo para no llegar tarde a su próxima clase. Pero desde la calle, también resonaban los ruidos del mercado de al lado, a donde llegaban campesinos y gente de los pueblos a vender sus productos del campo.

Era un ambiente singular, que me hace pensar que siempre he vivido entre la mezcla de colores, sonidos y olores que reflejan esas diversidades de habitar y de ser que sobreviven en México. Así me acostumbré desde pequeña, al ser desplazados en dos ocasiones a la ciudad desde mi comunidad de montaña, primero por una epidemia de cólera y luego por un conflicto agrario.

Ese día, en la escuela secundaria me iban a dar mis primeras clases de Historia de México. Fue mi primer acercamiento a lo que llaman la “historia de los pueblos precolombinos y de sus grandes civilizaciones”. Pueden imaginarse, fue un conflicto interno muy grande cuando entré al salón por primera vez a que me contaran “la historia oficial” del país, y de los pueblos.

El maestro nos había dicho de llevar recortes de fichas monográficas sobre la historia de las civilizaciones prehispánicas. Eran de descripciones de la civilización mexica, olmeca, tarasca, maya, teotihuacana y claro, la “mixteca” (o sea, la mía).

Internamente no lograba entender la tarea de la clase. Contrastaba con mi realidad, la que había vivido en el pueblo y con mi familia de forma cotidiana. Sin embargo, seguí las indicaciones y clasifiqué estas civilizaciones por etapas y periodos. El profesor nos repetía: “es la historia de los pueblos antiguos, del pasado”, “tiene que ver con las civilizaciones que existieron antes”. Así que, cuando llegué a la parte que trataba de la historia de mi pueblo fue un choque muy fuerte para mí.

Tenía que clasificarlo como un pueblo que existió en el año tres mil antes de Cristo. Lo que para mí, no tenía nimgún sentido. Aprendí mi idioma antes que el español, mis abuelos rezaban en este idioma a nuestras deidades, mis abuelas molían el maíz sobre el metate contando historias en tu’un savi,y conversabamos cada mañana y cada noche alrededor del fogón. Y ahora, el profesor nos hablaba de mi pueblo como de un pueblo del pasado extinguido y “muerto”. Que había existido pero que ya no existía. “¿Qué podría significar esto?”, me preguntaba.

Poco a poco empecé a ver que la historia que nos estaban enseñando no tenía nada que ver con la historia que yo conocía de mi pueblo, de nuestra raíz, de nuestra memoria y de nuestras historias. Nosotros seguíamos viviendo, distintos claro, pero seguíamos viviendo. ”Cómo encajamos en esa historia que nos cuenta la escuela?», me empecé a preguntar.

De ahí surgieron mis primeras reflexiones, mis primeros cuestionamientos. ¿Qué era esta historia en la que nos niegan, a quienes somos los pueblos actualmente? ¿Por qué nos continúan relegándonos al pasado si nosotros seguimos aquí? Ahora, ya vemos que ciertos datos, poco a poco, se van actualizando. Por ejemplo, la misma Wikipedia hace 10 años, seguía hablando de nosotros únicamente como un pueblo del pasado prehispánico. Y negaba nuestra existencia actual. Pero en la actualidad sigue diciendo que “la cultura mixteca fue una cultura arqueológica prehispánica”. Y hace una pirueta para decir que esta cultura es “correspondiente a los antecesores del pueblo mixteco” para no negar nuestra existencia. Aunque añade cosas como: “el pueblo mixteco no constituye una unidad”. Al final no terminar de aceptarnos como los herederos y la continuidad de nuestro pasado ancestral como pueblos originarios.

Pareciera que siempre tenemos que justificar quienes somos. Pisamos esta tierra todos los días, hablamos en nuestros idiomas, practicamos nuestros rituales, realizamos nuestras fiestas, pero se conoce tan poco de los pueblos actuales y de nuestra historia presente que nos siguen reduciendo a estereotipos y folclor. Pasamos a ser patrimonio de un país que en los hechos, sigue negando nuestra capacidad de autogobernarnos y administrar nuestra tierra y territorio.

Hemos sido forzados a explicarles nuestro universo a los otros para poder existir ante ellos

Si mal no recuerdo tenía siete años cuando, en una asamblea en la comunidad, mi abuelo materno Santiago me dice “tú ya sabes leer español, entonces ten. Léenos que es lo que dice este documento”. Así que me puse a leer un oficio que venía del ayuntamiento al cual pertenece mi comunidad. Leí este documento en medio de una asamblea, que era conformada por el consejo de los abuelos principales de la comunidad. Este oficio describía una convocatoria para un programa federal de caminos. Recuerdo que ese documento contenía palabras de las que ignoraba su significado, era yo muy chiquita todavía. Pero los abuelos y las autoridades necesitaban que se las leyera y esto hice desde mis siete años.

Fue una cosa que me marcó: ¿Porqué estas personas que eran mayores que yo, no entendían lo que se estaba leyendo de un escrito? No entendía porqué les mandaban documentos en un idioma que no entendían. Ni porque ellos no hablaban, ni escribían, ni mucho menos leían en ese idioma ajeno, que no era el idioma de la lluvia que ellos hablaban y conocían.

Desde entonces esta función de traductora entre estos dos mundos ha jugado un papel muy importante en mi historia. No solo en un plano lingüístico, sino también cultural. Desde muy niña, me tocó ser el puente entre un idioma y el otro. Desde mi lengua materna el tu’ún savi, la palabra de la lluvia, mal traducida como mixteco, hacia este otro mundo que hablaba el castellano. Sin darme cuenta, empecé a ser una traductora para la gente de mi pueblo, porque esto se necesitaba.

Estos acontecimientos seguro se repiten a lo largo del país. Vivimos en un México con un nacionalismo muy fuerte, que se ha centrado en una sola identidad nacional que es la “mexicana”, en un solo idioma que es el “español”. Y las instituciones hablan este idioma. El acceso a la salud, a la educación, a la justicia, está condicionado en hablar y conocer a este otro mundo que habla el español. Incluso, las convocatorias de los programas federales, estatales o municipales sobre salud, educación, alimentación, agua, etc.

Es decir que, los pueblos indígenas, tenemos que aprender a hablar ese idioma si queremos acceder a todos estos derechos como personas pero también como pueblos.

Se habla de que las lenguas indígenas son lenguas nacionales. Eso es bonito, pero no es suficiente. La traducción tanto cultural como lingüística debe de estar garantizada en todos estos espacios institucionales. Pero este papel de traductora que yo jugué desde la niñez no está reconocido, aunque su necesidad es evidente.

No bastan las leyes y reformas constitucionales si en la vida cotidiana los pueblos seguimos sometidos a un idioma hegemónico que es el castellano.

Vivimos una negación simbólica de quiénes somos. Todos los días nuestra identidad en su totalidad es negada. Repito, en los últimos años, han extraído lo colorido de los pueblos y han folclorizado lo que sirve al mercado, al capital y a la simulación del estado.

Pero la realidad es que en muchos rincones y realidades donde los pueblos somos gente con grandes conflictos y problemáticas de violencia, inseguridad, inacceso a derechos humanos básicos.

Lo que nos queda claro, es que nos siguen empujando rotundamente, como pueblos originarios, hacía la asimilación. Esto también es violencia, y se continúa ejerciendo contra nuestros pueblos originarios e invade nuestras vidas cotidianas para desplazar nuestro idioma para sobrevivir.

La brecha que se tiene que cerrar para poder alcanzar esa justicia social, ese derecho a simplemente continuar siendo pueblos y naciones originarias aún es muy grande.

El racismo cotidiano, la negación de nuestros rostros que no encajan

Ese día, llevaba conmigo 3 bolsas con unos encargos que me había hecho la familia. Me había pasado la mañana realizando compras en mercados mayoristas alrededor del Zócalo de CDMX. Iba vestida con mi huipil, mis huaraches y unos pantalones de mezclilla. Llevaba estas 3 bolsas encima esta tarde porque, para nosotras, es algo común llevar encargos y andarlos llevando en brazos, espalda por la ciudad. En nuestras comunidades, hay muchas cosas que no encontramos. Puede ser ropa, herramientas de ferretería, juguetes, algún antojo como dulces, o qué sé yo.

Pero me llevé una sorpresa muy fuerte, al llegar al lugar ese día. Tenía una cita para ver a mi pareja en un cafecito del Centro Histórica. Íbamos a comer algo juntos después de este día de compras y encargos. Pero resulta que a la mera hora no me dejaron entrar. Entré, dejé mis bolsas junto a una mesa y pregunté por el baño. Lo primero que me contestó una mesera fue “oye, no puedes pasar, los baños son para los clientes”.

En el momento, me quería reír de lo absurdo que estaba pasando. No me preguntaron si iba a consumir algo. No me preguntaron nada de hecho. Solo me juzgaron y asumieron que yo estaba aquí para hacer uso de su baño y que no podía ser una clienta suya. Y ya no me reí. Más bien me indigné. Salí de ahí y nunca más regresé. Era un cafecito que me gustaba. Pero esto era demasiado. Solo por mi aspecto dedujeron que no podría ser su cliente y me rechazaron.

En el momento, pensé “me podía defender fácilmente en castellano”. Pero justo después pensé: ¿Y por qué debería de defenderme cuando solo entré para tomar un café? Y recordé, en las personas de mi comunidad o de otros pueblos, que no hablan este idioma castellano y que no podrían defenderse en castellano? ¿ cómo le harían? ¿Y cuántas historias así, no han de suceder a diario? Y salí sin darles ninguna explicación. No se las merecían.

Cuando hablo de racismo, es porque siguen siendo actos de exclusión, de desprecio, de negación de la otra persona y de su identidad. Y eso ha generado muchísimo dolor en nuestras historias, y luego este dolor se transforma a veces en impotencia y a veces en rabia. Y esta rabia, muchas veces la dirigimos hacia nosotros mismos porque no entendemos ese desprecio. Es importante nombrar el racismo, porque mata a la cultura y a las sociedades en las que vivimos.

Este racismo lo conozco bien desde pequeña. Pero no sabía qué era o que así se llamaba, ni porque se dirigía a nosotros. Era muy pequeña, pero claro que lo recuerdo. Cada vez que viajaba con mis abuelos en el transporte público del municipio, o cuando ellos bajaban a vender frutos y alimentos de la montaña hacia la capital de la región, lo vivía. Veía como nos miraban. Tengo grabadas las caras nos ponían, las expresiones de la gente que nos barría. Veía con qué tono nos hablaban. Veía cómo la gente nos regateaba, como agarraban nuestras cosas y luego las aventaban. Era extraño. Me molestaba. Pero no entendía porque sucedía. O porque mis abuelos no decían nada. Claro, casi no hablaban el castellano, solo mi abuelo decía unas palabras en este idioma para poder vender sus productos.

Cuando mi abuela ofrecía sus piezas, de sus textiles, la gente los miraba de arriba para abajo y le decían cosas como “Te voy a dar 20 pesos. Si quieres, está bien. Sino llévatelos de regreso”. Y a veces mi abuela cedía. Porque estos textiles eran como su cajita de ahorro, y era mejor irse con poco dinero que regresar a la comunidad con las manos vacías. Las necesidades eran muy fuertes. Poco a poco fui aprendiendo que eso tenía nombre y se llamaba regateo, coyotaje, y era parte de un racismo sistémico que se ejerce hacia los pueblos indígenas desde siempre y hasta ahora sigue muy presente.

Hay muchos relatos que duelen y que marcaron mi historia. No me definen. Porque aprendí a convivir con esa gente racista y llena de desprecio. Esa gente que nos decían de lejos o de cerca: “es que huelen mal”, “hazte a un lado”, “es gente sucia”, “ignorantes” etc. No me definen pero no puedo por arte de magia hacerlos a un lado. Me toca vivir con ellos.

Esas marcas de desprecio me molestaban, me daban mucha impotencia. Porque yo olía a mis abuelos. Y, entre nosotros, a mi me gustaba este olor. Para mi era un olor a casa, a montaña, a trabajo, a fogón. Era el olor a casa. Claro que olemos a tierra, a sudor del campo, al trabajo, olemos a humo. Olemos a la vida que nos tocó vivir. Olemos a eso que para nosotros es el olor de la Montaña. Y ese olor todavía lo llevo a donde quiera que voy. Hasta el día de hoy.

Mi forma de vestir no era suficiente para la Universidad. O la historia de mi foto de titulo

Cuando era niña no entendía porqué había un trato distinto cuando la gente mestiza nos veía llegar a la ciudad. Ahora sé que eso es racismo no solo discriminación como se pretende minimizar su impacto. Es racismo porque cruza y parte con nuestros cuerpos y nuestro color, y nuestros rasgos. Y no dudo en nombrarlo así. Es parte del desprecio cotidiano que vivimos quienes tenemos estos rasgos físicos, quienes tenemos estos rostros, quienes tenemos este modo distinto de vestir, de hablar, de habitar México.

Lo que si me desconcertó fue la actitud de mi universidad. Estudié antropología. Recuerdo que llegué aquel día a la CDMX desde la montaña, para ese entonces estaba esperando mi constancia de aprobación de tesis. Estaba muy contenta por haber finalizado la universidad. Ese sueño que tenía de estudiar para luego regresar a trabajar a mi pueblo y mi región por fin se estaba concretando. ¡Tenía tanta ilusión! Por ejemplo de poder mostrar ese documento a mi familia y a mis conocidos. Era un logro, iba a ser la primera mujer en lograr estudiar en la universidad de varias generaciones en la familia y de las primeras en la comunidad.

Sólo requería ir a entregar mis documentos para tramitar el título. Así que cumplí con todos los requisitos, y me presenté en la ventanilla de servicios escolares… Pero había un requisito que no había contemplado. Al llegar al lugar, me atendió una mujer de mediana edad, con camisa y traje formal. Todavía recuerdo cuando dijo “siguiente turno”. Ahí estaba yo, lista para entregar lo que pensaba que eran todos mis requisitos.

”Qué trámite vas a realizar?”, me preguntó. Y yo le respondí “Voy a tramitar mi título. “¿Traes todos los requisitos?”. Y yo respondí que sí. Saqué todos mis papeles y mis fotografías a blanco y negro para presentárselos. Mientras esperaba el documento de recepción de trámite, me dí cuenta que estaba pasando algo raro. Poco a poco, se le fue cambiando la expresión a la mujer. Leía el documento y me veía de reojo de forma repetida. Primero, no entendí qué era lo que pasaba. Hasta después de revisar una y otra vez mi documento, me dijo de forma contundente: “¿No tienes otras fotografías? ¿Algunas que sean más formalitas?” Yo le respondí: ¿Cómo? No le entiendo.” Porque realmente no le entendía. Ni se me hubiera pasado por la cabeza. Así que me volvió a decir: “Sí, una fotografía con saco y camisa formal de cuello. Es que así no te las puedo recibir. No estás formal con eso que traes en la foto”.

Unos días antes había ido con el fotógrafo para sacarme las fotos. Me puse la ropa más formal que existe para mi y para mi pueblo. Esto es lo que traía en las fotos: un huipil de fiestas. Y resulta que esta persona de la administración no estaba de acuerdo conmigo o con lo que era formal y de gala para mi pueblo originario.

Al escuchar sus palabras, reaccioné: “Pero esa ropa para mí cultura, es la más formal. Es algo muy digno salir con mi huipil”. Entonces respondió que no las recibiría y que regresara con fotos de acuerdo al protocolo. Me dio mucha indignación en este momento, volví a sentir este dolor muy específico que provoca el racismo. Decidí no titularme hasta que se me permitiera salir con mi huipil, con mi traje formal y que no se me discriminara por mi modo de vestir. A lo largo de mi experiencia seguí viviendo estas pequeñas prácticas sutiles de desprecio que en país minimizamos el daño que causan y hemos normalizado por completo.

En distintas ocasiones me estuve preguntando: “¿qué más teníamos que hacer para ser considerados con los mismos derechos? ¿Por qué no tenía derecho a ser parte de esta sociedad mestiza o mexicana? Primero nos dicen que se necesita hablar español, luego que tenemos que oler bien, luego te dicen que tienes que vestirte “bien”, luego hay que estudiar y a “verte civilizado”. Solo así te irán aceptando. Cuántos millones de personas vivimos en este país con una cultura que no tiene nada que ver con lo que nos enseñan. Recuerdo una y otra vez comentarios de este tipo. En las calles del municipio, incluso en ámbitos festivos o mercados se volvieron naturales, la norma y la costumbre para borrar quienes somos los pueblos originarios.

A este episodio le siguieron muchos más. Incluso, siendo ya una profesionista, me siguieron pasando. Y esto me hizo pensar muchas veces, porque me quedaba con una sensación fea, de impotencia, de coraje, pero de tristeza por el mundo que no quiere tolerarnos. Para los ojos de los que no son como nosotros los pueblos, parece que “nunca seremos suficientes”.

Vivimos en una sociedad que siempre nos exigirá todo a nosotros. Porque somos distintos, porque tenemos otra manera de sentir, porque tenemos otros rasgos que ellos, porque nos gustan otras cosas, porque practicamos y pensamos atados a la tierra, porque hablamos con el fuego y con los espíritus de la montaña. Porque simplemente no somos los mismos. Y yo me pregunto todavía ahora: “Porque les cuesta tanto entender esto?” .

Desde que nacimos nos toca traducir nuestro ser al mundo

En una ocasión, me tocó acompañar a mi abuela María a presentarse al ministerio público. Ella era una abuela de 75 años. Monolingüe, sólo hablaba el tu’un savi, nuestro idioma. Había recibido un citatorio para declarar, pero no le entendía nada. Al llegar al lugar, íbamos nerviosas. Yo si mal no recuerdo iba en primer año de preparatoria y tenía alrededor de 16 años. Desde niña había acompañado a mis familiares cercanos y a mi pueblo a traducir a los hospitales, a comprar o vender, a buscar trabajo o casa, pero no me había enfrentado al sistema de justicia. Y esa escena fue espeluznante para mí.

Primero, a mi abuelita le daba miedo de que la encarcelaran. Porque no entendía ni una sola letra de ese citatorio y tenía entendido, por lo que le dijeron, que llegaba del ministerio público. Esto en sí mismo era una experiencia traumatizante, Luego, cuando llegamos a las oficinas, todas las personas que ahí laboraban nos miraron de arriba hasta abajo, como si fueran a escanearnos. Tenían los ojos muy abiertos, como si fueran unas impresoras, pero ignoraron nuestro saludo.

Mi abuela no hablaba castellano así que la acompañé hacia una de las personas que se encontraban en su escritorio. Me dijeron que me acercara al escritorio del responsable, y que ahí tomara asiento y esperara. Mi abuela, que seguía a mi lado, me preguntaba que pasaba. “Porque tardan tanto? ¿Y porque me han llamado?”. Estaba preocupada, tenía miedo de que se fuera a quedar aquí. O porque es que se tardaban tanto. Desde mis 16 años, intenté no paniquear. Y luego explicarle lo poco que sabía yo.

En cuanto llegó el agente del ministerio público, mi abuela me tomó de la mano fuertemente. En ese momento, el señor leyó el citatorio y se lo traduje para que le quedarán claros los motivos del citatorio. Estaba espantada. Le entregué los documentos de identidad de mi abuela María al agente del ministerio público. Y procedí a decirle: Mi abuela no habla español. No sabe leer, ni mucho menos escribir. Entonces le pregunte al agente ¿quién le va a traducir? La vine a acompañar yo.

El agente me contestó; si quieres quédate con ella, y le vas traduciendo, está bien. Porque aquí no hay quien hable ese idioma. Y tú ¿eres mayor de edad? Le respondí que no. Pero el agente me contestó: “pues como tú quieras, ya te dije, aquí no hay quien hable ese idioma. Y si solicitamos un traductor puede tardar días. Esto si es que quieren venir”. Ante ello, mientras el señor seguía hablándome en tono de regaño, mi abuela empezó a temblar. No entendía lo que pasaba. Era una sensación de mucha impotencia para mi. Mi abuelita era una mujer mayor, no entendía ni una palabra de ese interrogatorio. Y yo era responsable de hacer que no le sucediera nada malo.

Era como un teatro y una sala de tortura a la vez. La intimidaron con un documento que no podía leer, le hablaban en un idioma de otro universo cultural y lingüístico, la acorralaron. Así fue mi sensación. Quien sabe cómo habrá sido la de ella. Pero yo me quedé a su lado. Sentía mucha impotencia, pero sabía que era mi papel. Tenía que ser este puente. Aunque dolía. Porque si no hubiera estado, no quiero pensar en que hubiese sucedido.

Recuerdo que desde niña he estado haciendo estos acompañamientos. A mis familiares directos y luego a la gente de mi pueblo o simplemente a los que hablan mi idioma. A veces era para ir a las consultas médicas o en los hospitales, otras se trataban de ir a resolver trámites administrativos o acudir a instituciones de justicia. Es una locura que, en nuestros territorios indígenas, no se tenga garantizado traductores y traductoras lingüísticas o culturales. O sea que no existen estos puentes que deberían ser un derecho humano, y que nunca debería de recaer sobre nosotras.

Las personas que aprendemos el castellano, nos toca hacer esa traducción constantemente. Es decir que acabamos realizando un trabajo institucional, que le corresponde y es responsabilidad del Estado. Garantizar este derecho a ser interpretado y hablar en su propio idioma, no es negociable. Tampoco las y los intérpretes que se necesitan. Pero muchas veces a los profesionistas que se forman en este ámbito de interpretación no se les quiere pagar un salario, porque es un trabajo. Entonces no lo pueden hacer siempre. El derecho a la identidad cultural y a tener un intérprete, son derechos reconocidos en la propia constitución política del país. ¡Qué bonito y qué estético es esto! Pero esto no es real todavía en este país.

Aún vivimos en un sistema de gobierno, de salud, de educación, de justicia que no logran garantizar una atención básica para nosotras respetando y considerando nuestros universos culturales, lingüísticos y cosmogónicos.

Yo ya no soy una niña. Mi abuela ha muerto. Y su generación se está apagando poco a poco. Pero yo ya soy una adulta. Y aquí camino. Con mis derechos y mis propios pensamientos. Y hoy me pregunto: “¿Qué nos queda por celebrar para este 9 de agosto carajo?” Nos están amenazando, exterminando, desplazando o asimilando. La violencia actual en los territorios de los pueblos indígenas no miente. Desapariciones forzadas y feminicidios de mis amigas, vecinas o asesinatos de mis familiares, desplazamiento de pueblos que he conocido y ahora viven en medio de la guerra, intentando sobrevivir.

De nada sirve que tengamos legislación a nivel nacional o internacional, de nada sirve, si los pueblos en este país no se respetan. Si todavía hay prácticas vigentes para legitimar el discurso paternalista o maternalista el día de hoy sobre los bellos pueblos indígenas, mediante una consulta simulada en materia indígena. Una consulta de una propuesta de Ley para pueblos indígenas y afromexicanos, al final hecha al vapor, así como se han diseñado muchas políticas dirigidas a los pueblos indígenas en este país. No nos toman en serio y eso lo conocemos bien.

No requerimos que los gobiernos nos expliquen quiénes somos, ni clasifiquen nuestro patrimonio o herencia ancestral. Exigimos que se respete nuestra autonomía y autodeterminación para decidir cómo queremos vivir como pueblos el día de hoy.

Pero primero, que las autoridades paren la violencia en los territorios indígenas, porque siguen simulando pacificación en las montañas de Guerrero, y en el monte la gente sigue librando guerras. Decimos que mientras no haya paz en nuestros territorios, no podemos avanzar para hablar de “bienestar” ni hablar de leyes y más derechos que siguen huecos. Porque tan grande es la diversidad cultural en México, como tan grandes son sus problemas que atravesamos como país. No simulemos, no neguemos la dolorosa realidad.

Edith Herrera

Mujer ñuu savi (gente lluvia) originaria de la Montaña alta de Guerrero. En los últimos 15
años ha trabajado en diversos procesos organizativos locales así como en colectivos de
mujeres y juventudes para la promoción de los derechos de los pueblos indígenas y la
construcción de la autonomía de la vida, a partir de saberes y conocimientos milenarios en
torno a la salud, al territorio y alimentación tradicional. Actualmente es coordinadora del Espacio Cultural Educativo “TIKOSÓ”.

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