Pero dos lo zarandeaban para que se callara

Los recuerdos se agolpan, y se acumulan año con año. Conviven con lo vivido hoy y hacen nudos o figuras nuevas. Hoy me llegan imágenes de mis días en Liverpool, trabajando en un centro comunitario en uno de los barrios más abandonados de ese puerto que alguna vez fue uno de los más importantes del mundo, entre otras cosas por su activa participación en el tráfico de esclavos desde África.
En mi trabajo, conocí varia gente que venía directamente de una vida en las calles, en lo hondo de vecindades y zonas precarizadas, de condominios y viviendas fabriles, además de los muelles que en 1985 estaban prácticamente abandonados, al igual que buena parte de las casas de la ciudad. Con un Consejo municipal socialista, el Merseyside Council, Liverpool fue por un tiempo la ciudad más pobre de Europa, castigada por rebelde ni más ni menos por Margaret Thatcher. En esa ciudad trabajé fugazmente en “The Blackie”, una iglesia que se había incendiado y era un cascarón renegrido donde se alojaba un centro social para la chamacada de Liverpool One, ese barrio del que hablamos.
Por mi trabajo y en mis andanzas, comencé a toparme una y otra vez con una de las chavalas, como por arte de magia, en mis recorridos por la misteriosa trama de calles y cuestas, pendientes y llanos, callejones y canales, pontones y galerones clausurados mostrando su techo de lámina y paredes de madera.
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La había visto varias veces merodeando entre las grúas oxidadas de algunos muelles abandonados.
Un viernes la topé dentro de Sefton Park. Hacía frío. Los niños jugaban cerca de un galeón encallado dentro de un estanque, a unos metros del invernadero.
Caminaba midiendo los pasos desde una banca al lado del sendero, se detenía justo un paso antes de caer al agua y permanecía unos veinte segundos estática, sin pestañear. Algunas crispaciones ligeras le marcaban un muslo, el dorso de la mano, el hundimiento del cuello, un labio temblando por plegarse. Soltaba el cuerpo y regresaba flojita hasta la banca. Daba media vuelta y se enfilaba al estanque, sin verse los pies, sin detenerse, voltear, dudar o parpadear. (Mantiene su imagen interna, pensaba yo).
Invisible para ella, la observé los treinta y cinco minutos que duró su danza precisa y silenciosa. Los gritos de los niños, el oleaje ronco de los automóviles allá en la avenida y una resaca ligera que golpeaba las paredes del espejo líquido, eran los contrapuntos que le daban referencia y pulso a su recorrido. Por fin se desplomó en la banca. Permaneció como diez minutos un tanto ausente pero un hilo de su mirada se extendía hasta más allá de la avenida por un corredor de plantas, árboles y bancas: el flujo transversal de los autos barría de plata el espacio.
Se enfiló por el sendero hasta la orilla del parque. Decidí seguirla. No quería que me viera y no quería incomodarla (pero ella me había adivinado desde el primer momento y más bien me estaba planteando un juego de distancias). Caminó cuatro horas sin detenerse, virando cuando era inminente que se toparía con algún obstáculo. De rodeo en rodeo buscaba los cruces de las calles y esa deriva nos llevó hasta el centro, y de ahí al escampado de la catedral anglicana. Bajamos la cuesta hacia los callejones medievales, y vagamos cerca del Pier Head, la cabecera portuaria, con sus cúpulas rematadas en sendas aves de rapiña.
Entramos al museo de la marina y revisamos los mapas, los croquis del acomodo de los cientos de esclavos wollof y mandinga en el vientre de los cargueros, las historias de los capitanes, los motines, los naufragios y los arreglos mercantiles para el tráfico que le dio vida a Liverpool por más de doscientos años. Revisamos el sistema de velamen de goletas y bergantines, los primeros diseños de las máquinas de vapor. Siendo evidente que sabía que la seguía, me propuso juegos sin romper los ritmos pero todavía sin mirarnos. Un fino azul de invierno invadía el sol de mayo y en la claridad sin nubes nos fuimos internando en la zona portuaria. El vacío de los galerones retumbaba en las baldosas y tenía ecos en las paredes, en una especie de frontón invisible de pasos. Entramos a un laberinto de callejones de descarga y estancos verdosos y tornasoles de aceite. Cruzamos por entre embalajes de madera y restos de cadena, pilas de periódicos, llantas viejas y tambos de diesel.
Salimos a una serie de pendientes y cruzamos dos puentes. Me guiaba ya por el nudo de calles por donde subíamos y bajábamos. Lo tocaba todo: los pasamanos de los estancos, la madera rasposa, rosa y azul de un remo partido, los montones de cuerda y redes podridas, las descarapeladuras de una vigueta de hierro, las ampollas reventadas de las capas de pintura.
En algunos sitios, sin motivo aparente, abría los brazos y caminaba trechos como avioncito surcando bajo, mientras seguía su paso entre planchones podridos y cascarones de barcos enmohecidos. En momentos así, la suponía representando un show para encantarme, que me vendía un personaje. La prefería cuando se olvidaba de mí y se hundía cuerpo a cuerpo con lo que iban hallando.
La pendiente nos alejaba del agua y nos regresaba cuadras después a las bodegas. Bandadas de chorlitos se iban posando sobre los postes y alerones. Las farolas comenzaron a encenderse y nos alejamos de ahí rumbo a las partes altas de la ciudad.
Atravesamos un llano lodoso entre edificios derruidos y llegamos a una plazoleta con piso de cemento. Atravesamos un bosquecito y dimos con el lecho seco de un canal. Badia, porque se llama Badia, hizo un alto. En la hondonada había una rueda que coreaba una pelea: arriba, arriba, tiéndelo, duro, duro, a la boca, búscale la garganta; camino, camino, mírale la mano, dale, con la izquierda, camino, camino, pégale, patada, patada, uno, uno, un-dos, a tu ritmo, súrtelo, carajo, métele la mano, pégatele, pégatele, agárralo del cuello, patada, patada, no lo sueltes, así, es puto, con ése lo sientas, arriba, del cinturón, jálalo, atrás, atrás, escúpelo, carajo, camino, camino, te pela la verga, nomás siéntelo, uno, uno, que se canse, arriba, arriba. Los dos espectros zigzagueaban, se detenían, retrocedían, bailaban un albur, escurrían el cuerpo, las patadas tronaban en las piernas, en el piso. Un diminuto reflejo mostró por un instante la ubicación del cuchillo. El mulato estaba desarmado. El destello pasó rasante de izquierda a derecha. El mulato se palpó la pierna y el pelirrojo se le fue encima, el hombro del mulato crujió, su chamarra se bañó de sangre y el coro ahogó el quejido con mierdas y carajos, vítores y aullidos. El cerco se hizo más pequeño. Unos y otros los empujaban al centro de la rueda. El mulato retrocedió y dos lo aventaron hacia el pelirrojo. El mulato le asestó un revés y en el impulso pescó el brazo del cuchillo. Por unos segundos la rueda los cubrió casi por completo. Un grito partió el murmullo. El pelirrojo se desplomó y varios se hincaron a auxiliarlo. Sangraba por encima del cinturón.
Badia y su sombra corrimos entre los edificios hacia las lomas. Tres comenzaron a perseguirnos, gritándonos, pero la urgencia del herido los detuvo.
Al llegar al parque, el vaho y el jadeo nos hizo sentir juntos y nos miramos por primera vez. Badia me tomó de la mano y apretamos el paso. Cruzamos cerca de dos pubs ruidosos y encendidos antes de meternos silenciosos a otro más discreto donde nos sentamos en un gabinete. La cerveza y el tabaco nos fueron amainando.
En los hilachos de humo de sus frases revivimos el desenlace mirándonos y mirándose: el mulato corría entre su banda con el brazo izquierdo flácido y batido en sangre. El bulto del otro yacía entre cuatro o cinco que le cubrían la herida con una chamarra, hablándole en voz baja mientras le alzaban la cabeza. Uno lloraba, pero dos lo zarandeaban para que se callara.
* * *
Varias semanas después, Badia me escribió una larga carta donde me decía: “Somos un fogonazo de lucidez. Una sonrisa cómplice donde el papel marcaba silencio. Un mirar que nadie pidió, una escultura evanescente. Me roes desde mí por transmutarte en varios de mis sueños. No es que quiera quedarme las pilas de frases que acumulo y hacerlas sonajas y declaraciones fuera de sitio: son hilachos, rebabas, recortes de galleta, murmullos que recorren el alcantarillado, resonancias del cubo del edificio, de esa ventana en el tercer piso donde surge una palabra entreverada con el aleteo de las palomas, con los pasos de la vecina rumbo al baño. Son las voces, las junto, para regalarlas. Se sabe de ellas en las cantinas y en los patios largos de las vecindades, en la penumbra de las cocinas a la madrugada. Y por entre los tejidos del mundo salen a flote siempre, como mariposas mojadas, embarradas entre besos y mordiscos, en el vaho tibio de una boca que amas. Son los milagros. Somos tú y yo. Tan frágiles. Tan cerca de la orilla entusiasmados. Volcados como si quisiéramos bebernos el agua del grifo hasta chorrearnos el pecho. Pero así vamos, floreciendo nuestro personaje de niños grandes, de lelos siempre, aun en la malicia y en el miedo. Así vamos. Vivimos entreverando muertes con guijarros, nuestra iridiscencia de abrazados y esos barcos como fotografías: pareciera que no se mueven, y a las cuatro horas desaparecieron a la distancia por el Mersey, ese nuestro río gris, lodoso y lleno de aceite”.
Ramón Vera
Editor, investigador independiente y acompañante de comunidades para la defensa de sus territorios, su soberanía alimentaria y autonomía. Forma parte de equipo Ojarasca.
Pues me pregunto como citadino, ¿ Y qué andabas haciendo por allá? Puede ser desde tu perspectiva, una pregunta tonta, pues ya la respondiste y fue una idea que debía haber quedado clara ´para el lector, lo dijiste, tanto importa llegar a donde vas como la caminata en sí misma (con otras palabras), me recordaba de un autor que mencionaba que hay cosas de las que uno solo se acuerda cuando camina, pero es una forma pálida para el peso que le das a la caminata en sí misma, la que, según percibo, es lo tal vez más importante, lo demás también, por supuesto, pero apuntas a la importancia de la caminata que va tejiendo y destilando todas las historias de esos parajes. Tu capacidad para narrar es obviamente muy buena, alejada de toda la información a que estamos acostumbrados y tal vez por eso lo de la desinformación. Algunos de los lugares mencionados, pocos, muy pocos, conozco, pero me doy una pequeña idea de lo que quieres decir. Saludos.