El 30 de agosto es reconocido por la ONU desde diciembre del 2010 como el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, fecha en la que se busca concientizar sobre el significado de este modo de violencia estructural, y se reivindica a quienes han luchado –especialmente familiares de desaparecidos/as- contra estas prácticas siniestras. Queremos abordar algunos aspectos específicos vividos por mujeres y disidencias que sufrieron o sufren desaparición forzada, en dictaduras o en estas restringidas democracias.
“Es una incógnita el desaparecido. Es un desaparecido, no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo, está desaparecido…”. Éstas fueron palabras del dictador Jorge Rafael Videla en diciembre de 1979 que daban testimonio del horror que implica esta forma de violencia extrema.
En el caso de mujeres y disidencias, al conjunto de crímenes se agrega de modo específico la violencia sexual. Señala la feminista Alejandra Ciriza desde su experiencia y memoria: “Se me viene a la cabeza Silvia “Pohebe” Peralta, militante del PRT-ERP, secuestrada en Mendoza en febrero del 76, reintegrada a su familia luego del pago de un rescate, y finalmente secuestrada en Córdoba el 24 de mayo del ’76 junto con su compañero, Diego Ferreyra, también militante de la organización. Tenían una hija, Juana. Durante 40 días en el D2 mendocino Pohebe fue torturada, golpeada, violada sistemáticamente, enterrada viva. Su vida, a manos de sus captores, no valía nada. Y es que cuando la revancha patriarcal se adueña de los espacios sociales y de la vida de todos y todas, cuando la democracia se convierte en un resto asediado por la sombra vociferante del fascismo, las mujeres suelen ser las primeras en la lista del horror y la crueldad. Bajo las actuales condiciones, la crueldad dictatorial a cincuenta años del golpe, extiende su herencia de brutalidad, saña y violencia.”
Silvia “Pohebe” Peralta, como otras mujeres desaparecidas, sufrieron violación sistemática. También constituye un crimen la violencia sufrida por su hija Juana, de 11 meses en el momento de la desaparición de su mamá.

Un tema insuficientemente tratado es el de las niñeces en dictadura. Una de las personas que con claridad y valentía denunció en los juicios de lesa humanidad la violencia sexual contra las mujeres, y la situación de sus hijas e hijos, ha sido Adriana Calvo de Laborde, pionera en la pelea para que la justicia reconociera la figura del genocidio. Denunció en la causa de la Brigada de Pozo de Banfield el funcionamiento en ese centro de detención de una maternidad clandestina donde según sus registros, estuvieron secuestradas al menos 23 mujeres embarazadas o inmediatamente después de parir, y 12 hijos, hijas e hijes que en su mayoría fueron apropiados, entre ellos el hijo de Cristina Navajas, quien estuvo en cautiverio junto a Manuela Santucho y Alicia Raquel D´Ambra, militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores, que previamente habían sido secuestradas y torturadas en Automotores Orletti, centro clandestino de detención de la SIDE en el barrio de Floresta.
Recordó en su testimonio Adriana Calvo en la causa Orletti 2, que ella también fue secuestrada y parió a su hija Teresa en cautiverio, y que cuando llegó al Pozo de Banfield: “venía de parir en el asiento de atrás de un auto, con los ojos vendados y las manos atadas atrás, que al llegar me habían obligado a limpiar la camilla donde me sacaron la placenta y el piso, desnuda frente a 10 o 12 guardias que se burlaban, mientras mi hija Teresa lloraba en una mesada, (…) estábamos en definitiva, en el último de los círculos de un infierno no imaginado siquiera por el Dante.” Valoró a continuación que “… allí mismo y en gran medida gracias a Manuela, a Cristina y a Raquel conocí también lo más excelso, lo más sublime, lo más grandioso, del ser humano. ¿Cuál es la otra respuesta posible al motín organizado por Manuela y Raquel cuando un guardia pretendió arrancarme a Teresa de los brazos para supuestamente protegerla del efecto de la pastilla de Gamexane que iba a prender para eliminar los piojos que estaban contagiándolos a ellos? Aprovechando que habían abierto todos los calabozos para que el Gamexane hiciera su efecto, todas las compañeras formaron una barrera humana infranqueable delante de mí, gritando al mismo tiempo, ‘no, no se la llevan’ en un rugido de leonas defendiendo a sus crías, que jamás olvidaré”.

Teresa Laborde, nacida en esas dolorosas circunstancias, es parte de las mujeres que hoy siguen dando testimonio sobre la violencia contra las mujeres y niñeces, en situaciones de detención forzada: “Estamos a 50 años de la última dictadura cívico-militar. Nos costó medio siglo poder hablar de las infancias en dictadura. De las infancias que estuvieron desaparecidas y luego recuperaron su identidad, de las que estuvieron desaparecidas y fueron llevadas a hogares e internados. De estos hogares, como hay uno en Lomas, que fueron creados para llevar a hijos/as de desaparecidos/as y desaparecidas, y tenerlos ahí mientras toda la familia, materna y paterna los buscaba, y seguían siendo desaparecidos y violentados, maltratados, y torturados. También de las infancias que aún continúan desaparecidas, porque hace 50 años las infancias no eran sujeto de derecho. Hoy lo son y tenemos este año la primera condena”. Teresa se refiere a la causa “Laguna Paiva II”, donde por primera vez en la historia judicial argentina, el Tribunal Oral Federal de Santa Fe dictó un fallo que determina que el abandono de niñas, niños y adolescentres, tras el secuestro de sus padres no fue un “daño colateral”, sino un delito de lesa humanidad, ejecutado de forma deliberada dentro del plan sistemático del terrorismo de estado. Continúa: “Hablar de infancias vulneradas en el terrorismo de estado es algo muy difícil porque son imágenes muy crueles. Como dice Ángela Urondo Raboy (hija de Paco Urondo, escritor y dirigente montoniero asesinado en Mendoza, y de Alicia Raboy, desaparecida cuando Angela tenía 11 meses, hermana de Claudia Urondo, desaparecida en la ESMA) son imágenes que se te quedan atascadas atrás de los párpados y te cuesta sacarlas, y una no quiere dejar esas imágenes pero es necesario poder hablar de esa vulneración en criaturas, porque si no podemos verla, mucho menos vamos a poder ver las infancias vulneradas del presente, que las hay y muchas en diversas circunstancias. No se me ocurre nada más cruel, nada más terrible y nada más tremendo, que una persona adulta torturando y maltratando a una infancia. Y las infancias que hemos sido torturadas, ya sea recién nacidas, como es mi caso, o a los 3, 5, 6, 7 años, que luego pudimos seguir con nuestra vida, crecimos viendo cómo esas personas que habían sido capaces de tanta crueldad, como en mi caso (Jorge Antonio) Bergés, que torturaba embarazadas, que me dejó colgando el cordón en el pozo de Banfield. Nos dejó ahí 2 horas más, en la noche fría del patio del pozo de Banfield, un tipo que le sacaba la placenta a los golpes a las embarazadas. Esa persona siguió ejerciendo durante 20 años en una clínica en Quilmes. Una creció sabiendo eso, que ese ser del mal, sigue teniendo embarazadas en una clínica privada a pocas cuadras de tu casa. Crecer viendo tan de lleno esa impunidad no fue gratis, porque somos una generación que hemos aceptado que tanto nivel de maldad siga en el ejercicio del poder. De alguna forma más consciente o menos consciente, fuimos aceptando mucha impunidad, y la impunidad trae más impunidad. Entonces teníamos la vara muy alta. Si un torturador de criaturas podía no solo seguir en libertad sino ejerciendo, de ahí para abajo fuimos aceptando un montón de cosas. Por eso no es casual que hoy tengamos a la ultraderecha en el poder, con este personaje tan cruel, tan tremendo, y que esté haciendo un Plan Cóndor 2, que no necesita desaparecer a tantas personas. Aunque sí, hay desaparecidos en democracia, hay un montón” agrega Teresa Laborde, mirando al presente, el peligro que significa “tener de vuelta el mismo modelo, el mismo plan de saqueo, la misma crueldad ejercida con otras herramientas y otras tácticas, pero donde el objetivo sigue siendo el mismo, y la crueldad sigue estando. Es necesario que la veamos, por más difícil que sea, que la podamos analizar para poder observar las infancias vulneradas de hoy, las que están desaparecidas a los ojos de la sociedad, de alguna manera. Porque una sociedad que tiene a sus niñas y niños en situación total de vulneración o siendo abusadas, es realmente una sociedad enferma. Poder analizarlo, es muy necesario para lograr revertirlo, subvertirlo”.
Desaparecer en Democracia
La memoria crítica, nos permite comprender tanto lo vivido y los traumas que quedaron en la subjetividad, como la capacidad que han tenido las mujeres de resistir aún en condiciones de extrema vulnerabilidad. Adriana Meyer escribió el libro Desaparecer en democracia: cuatro décadas de desapariciones forzadas en Argentina, editado por Marea en 2020. Ella explica: “No son todas las que el colectivo feminista tiene registradas. A la fecha del cierre del libro, eran más de 400 casos. Tomo solamente las historias donde quedó probado en el expediente judicial que hubo participación de agentes del estado, es decir, de policías, tomando el criterio de CORREPI y también el listado de la CORREPI. El caso que figura, por supuesto, es el de Marita Verón, María de los Ángeles Verón, que tenía 22 años cuando desapareció el 2 de abril del año 2000. Fue raptada desde un automóvil en Tucumán, y su madre, Susana Trimarco, se convirtió en un emblema de la lucha contra la trata de personas. Marita Verón nunca apareció. Después también está el caso de Otoño Uriarte, una joven que desapareció en 2006, en General Fernández Oro, Río Negro, también en teoría secuestrada por una red de trata de personas, y una causa muy enrevesada que no llegó nunca a darle la paz que su padre necesita para reconciliarse con la propia vida y con la historia que le quitó a su hija. Después hay casos de violencia de género por fuera de la trata de personas. Por ejemplo, Kathy Moscoso, desaparecida en Monte Hermoso, un caso que tiene que ver con los hijos del poder de esa zona y con la policía que encubrió. Su cuerpo apareció una semana después de su desaparición, semi-enterrado en un médano. Y en otra localidad costera, en Miramar, Natalia Melmann. Un grupo de policías salió a divertirse y utilizó el cuerpo de Natalia para ello. El caso que quedó afuera del libro, porque sucedió después, cuando el libro ya estaba cerrado, es el del chico trans Tehuel De La torre. Sí quedaron dos casos de jóvenes travestis. Mara Navarro, de 17 años, desaparecida en 2004 en Olavarría. 40 días estuvo su cuerpo desaparecido hasta que el cadáver apareció en un descampado. Ella tenía como idea de vida -una vida que quedó truncada-, cortar el pelo a los chicos de comedores comunitarios, y también quería ser modista. Su mamá, Graciela, dijo que nadie cumplió las promesas y que la gente sabe lo que pasó, pero tiene miedo de hablar. Algo típico en todos los casos de desaparición de personas en democracia. Está el caso de Araceli Linares, también travesti, que nació en Comodoro Rivadavia en 1973, y sigue desaparecida. También estuvieron un tiempo desaparecidas, las víctimas del triple crimen de Cipolletti ocurrido en los años 90, Verónica Villar, y Paula y María Emilia González, y también el doble femicidio de la dársena en Santiago del Estero, las víctimas Leyla Bshier Nazar y Patricia Villalba, en una trama intensa, donde está el comisario de la dictadura, Musa Azar, y el enorme poder político de los Juárez.”

Refiriéndose a Tehuel, la activista travesti Quimey Ramos explica: “En el caso de Tehuel de la Torre, pasó que en un momento se mandaron oficios preguntando por un varón, pero luego se cambió el oficio preguntando por una mujer. Más allá de que los cambios que se haya hecho en el cuerpo a la persona importan, porque de eso dependerá cómo va a a entender o a interpretar nuestro género el profesional forense que reciba el oficio, también hay que entender que en el caso de muchas personas trans y travestis que hemos modificado nuestros cuerpos, cuando se manda un oficio preguntando por el cuerpo de un varón o de una mujer, ninguna de esas categorías se encuadra exactamente en cómo puede ser nuestro cuerpo efectivamente. Es necesario construir una normativa, que pueda hacer que el profesional de una guardia forense busque si alguno de los cuerpos que ha recibido es compatible con lo que se está pidiendo saber en el oficio. Pero esta sociedad intenta encasillar a los cuerpos, hacerlos forzadamente encajar en la idea de varón o mujer. Y en esa violencia epistémica se termina erigiendo toda la violencia heteronormativa, cispatriarcal, que deja a la libre interpretación y a la formación o no que tenga un profesional forense. … Así es como se sostiene también el imaginario de que hay vidas que valen menos de ser vividas, o que sí o sí conllevan el riesgo de que te pasen cosas horribles y que nadie vaya a poder ayudarte. Por eso es importante que los mecanismos de búsqueda de personas sean eficientes, tengan una perspectiva antipatriarcal, y que los estándares de cómo buscar personas trans y travestis sean otros en todo el país, para que para que podamos encontrar a nuestras hermanas y hermanos cuando les pasa lo que sea.”
Quimey Ramos subraya también la dificultad adicional de la búsqueda, nombrando el concepto de travesticidio social dado que existe: “un entramado vincular familiar, amoroso, de amistades que por lo general está debilitado, por las numerosas razones que componen lo que el activismo ha dado en nombrar travesticidio social, para hablar de aquellas muertes tempranas, injustas y evitables que conllevan a una expectativa de vida mucho menor que la del resto de la población, porque en el caso de travestis y trans, que son expulsadas de sus familias, de sus hogares, que no se pueden insertar en la economía desde otro lugar que no sea el de la prostitución o el trabajo sexual, porque todavía el día de hoy es muy difícil para las travestis y trans poder tener otro ingreso que no sea principalmente ese, sigue impuesto ese destino social sobre nuestras vidas. Además si una le suma, por ejemplo, el caso de las travestis de otras provincias que se vienen a la capital a buscar otras oportunidades de vida, hay un entramado vincular que se acostumbra a la distancia. Y si a eso una le suma la fragilidad económica, por la dificultad de insertarse dentro de la economía formal en otro empleo o trabajo, se empieza a ver una radiografía de factores que llevan a tener un entorno que está acostumbrado, por ejemplo, a que las personas trans estén ausentes por largos períodos. El hecho por ejemplo de trabajar durante la noche, hace que nuestros afectos se acostumbren a que respondemos el teléfono en horarios en donde la mayor parte de los demás trabajadores ya están preparándose para dormir, o saben que no nos van a poder contactar durante el día. Entonces hay un montón de cosas pequeñas que empiezan a normalizar la distancia. Esa fragilización del entramado vincular lo que hace es que cuando nos ausentamos porque algo grave ha pasado en nuestras vidas, que puede ser una desaparición forzada o un problema de salud y quedamos internadas y no había nadie cercano en ese momento para saber a qué hospital fuimos a parar, o incluso tuvimos un accidente en la calle, o fuimos atacadas por un cliente de la prostitución. Son todos escenarios que más de una vez se repiten, y nuestro entramado vincular tarda en identificar. Yo creo que hay que poner el ojo en por qué es tan terrible que las personas trans y travesti no puedan mantener un arraigo más apegado a sus afectos, a su círculo de querencias. Porque quienes primero activan y accionan la búsqueda cuando desaparece una persona, es tu entorno más cercano. Alguien tiene que notar tu falta”.
Los sectores sociales más vulnerables sufren de manera especial la desaparición forzada. Alerta Adriana Meyer sobre la situación de personas originarias: “En mi libro hay un capítulo aparte para los desaparecidos originarios. Algunas historias que conocemos muy bien, como la de Iván Torres o la de Daniel Solano, que los puse ahí porque tenían un origen de pueblos indígenas. Un caso muy poco conocido, es el de Honoria Aguilera, desaparecida en 2003 en Chubut, que tenía 80 años y era una papay, una referente espiritual que vivía sola, y era asistida por la comunidad de Vuelta del Río. Los restos parciales de ella aparecieron muy lejos de la vivienda, lo cual es muy sospechoso porque ella, por un problema de motricidad, se movía solamente a caballo. El caso nunca fue investigado y esto cabe marcarlo. Todos los desaparecidos originarios tienen más dificultad de que sus casos sean investigados, por lo tanto hay una mayor impunidad en la resolución de los mismos. Tenemos que nombrar en este grupo a Magdalena Curaqueo desaparecida en 2019 en General Roca, Río Negro. También tenemos ahora a Delicia Mamani, una joven de 26 años que desapareció en Córdoba en 20 25, de origen aymara y quechua, integrante de la comunidad boliviana. Su mamá sufrió mucha discriminación y tuvo enormes dificultades por la barrera idiomática. Delicia cursaba el 2º año del profesorado de educación física. Su causa dio un vuelco recientemente, pasó de ser investigada como un retiro voluntario a trata de personas con fines de explotación sexual o laboral y reducción a servidumbre.

Sus compañeras de escuela denunciaron que “el caso de Delicia Mamani Mamani debe ser analizado desde una perspectiva de género, derechos humanos y acceso efectivo a la Justicia… Delicia reunía múltiples condiciones de vulnerabilidad: es mujer, joven, migrante boliviana y proveniente de un contexto socioeconómico vulnerable. Desde nuestra mirada, estas condiciones atravesaron las primeras actuaciones frente a su desaparición. Durante meses, la hipótesis de una posible “desaparición voluntaria” contribuyó a desdibujar otras líneas que debían investigarse con urgencia, entre ellas la posible existencia de trata de personas con fines de explotación sexual o laboral. Frente a esta situación la escuela decidió no permanecer indiferente. Docentes, delegadas gremiales, estudiantes, familiares y distintas organizaciones de Argentina y Bolivia comenzamos a articular acciones para visibilizar el caso, acompañar a su familia y reclamar una investigación profunda. Después de nueve meses, la causa se encuentra bajo investigación de la Justicia Federal en relación con una posible trata de personas.”
Más allá de las fronteras
La desaparición forzada de personas, es un crimen que se viene realizando en distintas regiones del continente. En Chile, nos relata la feminista Francisca “Pancha” Fernández, este 30 de agosto distintas colectividades se movilizaron, haciendo un ejercicio de memoria histórica: “Rememoramos el trabajo histórico que ha hecho la agrupación de ex detenidas y detenidos desaparecidos, las madres y las abuelas, por la memoria viva de quienes fueron desaparecidas durante la dictadura. Insistimos que no son víctimas, sino que fueron luchadoras y luchadores, que producto de un sueño, de un proyecto colectivo, se les hizo desaparecer. Se exigió específicamente la aparición con vida de Julia Chuñil, mujer mapuche de 73 años, que por la defensa de un bosque nativo fue hecha desaparecer junto a su perro Cholito hace más de un año y medio, y que hoy se ha criminalizado a la familia, siendo que Juan Carlos Morstadt, el empresario que ha estado vinculado a una serie de amenazas previas respecto a ella y a su comunidad, ha sido intocable. Por ello, nos parece fundamental seguir persistiendo con la memoria, la memoria larga de los pueblos originarios, afrodescendientes, que fueron y han sido históricamente desaparecidos, tanto por la colonia como por los estados actuales, así como las personas, las corporalidades que fueron desaparecidas en el marco de las dictaduras, y en este macabro plan cóndor en el cono sur de Abya Yala, así como también las mujeres, las niñas y las disidencias que hoy siguen siendo desaparecidas en todo el continente bajo una lógica violencia política sexual, y también de quienes defienden la naturaleza. Hoy reivindicamos más que nunca la lucha y la resistencia que hacen los pueblos en el día a día”.
En Paraguay, después del crimen de las niñas Lilian Mariana y María del Carmen Villalba, desaparecieron en noviembre del 2020 a Lichita, Carmen Elizabeth Oviedo Villalba. Su mamá Carmen Villalba, le escribía en los primeros días de su desaparición: “Lichita, mi indiecita irreverente ¿dónde estás? Silencios, indiferencias y claudicación no toquen a mi puerta, hoy la contienda nos necesita con la palabra, la pluma y el hacer certero de la lucha, con la mente sobria aunque el corazón esté sangrando. ¿Lichita dónde estas? Que no te trague el silencio abrumador de las bestias que te hieren, buscando el tiro certero contra la niña insumisa que nació en cautiverio con los ojitos abiertos dando sus primeros pasos en prisión a los 10 meses. ¿Lichita dónde estás? Desde donde estés sacúdete de tus amarres, no te des por vencida, no olvides que para vos nunca fue opción dejarse morir. Indiecita guaraní no habrá montañas ni cerros que te traguen, el pueblo en lucha te arrancará desde donde estés”.
Con esas mismas palabras decimos a todas las mujeres, jóvenes, niñas, que hoy son víctimas de desapariciones forzadas y a sus familiares: “No están solas. Las estamos buscando. Las arrancaremos de sus prisiones, donde estén”.
Publicado originalmente en Página 12