Yo soy Montaña

Edith Herrera

Mujeres montaña: guerreras, sabias y guardianas de la vida

Fotos: Oscar Rodriguez Vallotton 

Durante la temporada de lluvia, para los pueblos, llega un tiempo aparte. Es el tiempo de los ciclos rituales, los alimentos de la lluvia, la recolección de los alimentos medicina y las plantas curativas. Es el tiempo de la lluvia, donde las mujeres indígenas de las montañas tienen un papel fundamental como cuidadoras de la vida, guardianas, y defensoras. Con la columna de este mes, quiero compartirles algunos relatos sobre sus historias, sus memorias, sentires y resistencias forjadas por ese territorio de montaña que habitan.

En medio de estos panoramas y escenarios atroces por las violencias que atraviesan nuestros territorios, fue que nos dimos a la tarea de tomarnos una breve pausa. Aprovechamos las lluvias para visitar a la familia, hermanas de pueblos, algunas amigas entrañables, defensoras y compañeras de luchas para irnos pensando en el cuidado colectivo y comunitario.

Durante estas visitas, hubo distintas reflexiones y esperanzas colectivas. Pienso en las historias de estas valientes mujeres… quienes resisten cotidianamente desde que tienen memoria. Son mujeres de pueblos de montañas que sostienen la vida, que sostienen los cuidados de sus familias e incluso de los cuidados comunitarios. Viven allá, en estas montañas escondidas que ahora llaman Oaxaca, que ahora llaman Guerrero. Pero pudiera haber sido en Chihuahua, en Sonora, en Veracruz. O en cualquier otro territorio donde habitan mujeres guerreras que sostienen la vida.

Cuando pienso en sus historias, me pregunto: ¿Quiénes somos las mujeres indígenas? ¿Cuántas somos? ¿Cuántos son nuestros testimonios? ¿Cuántas memorias hemos vivido? ¿Cuántas luchas hemos peleado? ¿Cuántas historias de violencias hemos vivido? ¿Cuántos episodios de traumas nos han atravesado? ¿Cuántos episodios desgarradores de dolor y tristezas? Pero también abundan las historias de nuestros sueños, lo que nos hace sonreír, lo que nos provoca resistir, construir vida en la adversidad. Este sentido de esperanza que continuamente recreamos, estos sueños que nos atraviesan, este equilibrio y sanación que buscamos para que algún día eso que llaman paz, bien vivir, buena vida o autonomía llegue a nuestros hogares, nuestras familias y nuestros territorios.

La abuelita Nieves: una mujer con gran sabiduría

Nieves nació y creció entre montañas de lo que ahora llaman Oaxaca. Allá, cada vez que la visitamos, está rodeada de su familia, que la abraza como el cerro abraza a este pueblito de montaña donde ha pasado la mayor parte de su vida. Antes de ser abuela, ha sido una mujer tejedora, y ahora, como abuela, lo mismo enseña a sus hijas, nietas y bisnietas el arte del telar de cintura.

Tiene muchos años que nos conocimos. 12 años han pasado desde que nos encontramos en la feria de otro pueblo de montaña donde iba a vender los productos de su telar junto con esta familia que siempre la rodea. Aun así, sigue con el rostro y un temple de mujer guerrera al paso de los años.

La recuerdo como una mujer fuerte, la recuerdo como una mujer poderosa, una mujer sabia.

Cada vez que llegas a su casa, está sentada a lado del fogón. Ella es sabia curandera. Le pregunta con frecuencia en su idioma materno al abuelo fuego. Y mientras hablaba con el abuelo fuego, esta última vez que la vimos, también la escuchamos platicarle de sus penas y dolores…

“Lloro, porque duele, aquí duele. Mi hijo, él ya no está. Se fue. Sufrió y se fue. Yo no quería que se fuera, pero ya no está. Murió. Solo regresó de Estados Unidos, estuvo tomando unos días y lo fui a traer para que ya no bebiera mucho. Luego se enfermó y luego se murió…” eso me decía con tanta tristeza, mientras se tocaba el pecho.

Nieves vio consumirse a su hijo. Literalmente, como si fuera un pedazo de madera en el fogón. Hasta que solo quedaran cenizas y recuerdos. Primero tibios y luego fríos y dolorosos. Los últimos meses de vida, los meses en que regresó al pueblo, ella lo esperaba con la ilusión de una madre. Pero esta ilusión no fue suficiente. Nada es suficiente frente a esta enfermedad que se apodera de las vidas y se vuelve un fantasma que arrasa con la vida familiar. Ahora ésta abuelita, ésta madre, ésta bisabuela vive con un profundo dolor alojado en el corazón, clavado en su alma. Sabe cómo curar a las demás personas, pero el dolor que la atraviesa es tan crudo que no puede curarse a sí misma. No sabe si logrará sanar a su alma, pero todos los días se levanta, e intenta imaginar que pronto toda esa tristeza pasará.

En este contexto, quiero mencionar que vemos pues un impacto muy fuerte de lo que es el desplazamiento forzado a causa de falta de trabajo en estos territorios. La nana ha visto transitar a sus familiares, a sus hijos y sus hijas, a sus nietos y nietas. Ella misma fue una mujer que migró a Estados Unidos. Sin embargo, tenía muy claro el regresar a su pueblo, el regresar a su montaña.

El éxodo migratorio no solamente separa familias, sino que está generando una ruptura generacional y quiebra relaciones de bien vivir en las comunidades indígenas. Tiene un efecto masivo. Desde Estados Unidos nos mandan tanto problemas como dinero. Vamos a construir su mundo y mantenerlo, mientras el nuestro se deshilvana.

Nieves nos comparte su profundo dolor y su tristeza por la ausencia de este hijo que regresó desde el otro lado con un problema fuerte de alcoholismo. Esta enfermedad de la que poco se habla, se ha ido normalizando para tipificar a las poblaciones indígenas. Incluso se ha culpado a los indígenas de tener costumbres asociadas al consumo de alcohol, pero en sí el alcoholismo no es una costumbre comunitaria. Sino la expresión de un profundo dolor social y de más de 500 años de invasiones, despojos, racismos.

El alcohol tiene que nombrarse como lo que es; una droga “legal”, permitida por el gobierno y la sociedad. Y su consumo actualmente está devastando los cuerpos, enfermando a las familias de nuestras distintas montañas. En contextos de precarización y marginación, los efectos de esta droga son terribles. Se nutre del dolor social y de nuestra desesperación.

La migración, este desplazamiento forzado, desafortunadamente trae consigo mucho dolor entre las familias, genera muchas historias de violencias, abusos y traumas que viven los cuerpos en la frontera. Algunos logran cruzar, otros se quedan en el camino. Otros que logran ir al gabacho, pero regresan con una enfermedad terminal causada por el alcoholismo, como pasó con el hijo de Nieves.

En nuestras montañas se vive dolor, se vive mucha violencia, empobrecimiento y abandono estatal. En nuestras montañas, existe una tradición migratoria fuerte, sobre todo hacia el norte, hacia los Estados Unidos. Las personas son forzadas a buscar una posibilidad de mejorar sus condiciones de vida. Muchas veces se van para pagar una o varias deudas: por salud, por alimentación, para educación, vivienda, para cumplir con estos derechos básicos a los que toda persona debería de tener acceso en este mundo. Pero que, en la realidad que vivimos los pueblos, siguen siendo una ficción que vamos a perseguir hacia el otro lado de la frontera.

La historia de Nieves y de su hijo se repite en muchas familias de muchos otros pueblos, en las distintas montañas. A pesar de ser un desenlace trágico, se ha vuelto muy común en nuestros territorios. Muchas personas que migran se enferman del alcohol o de algún otro tipo de droga. Al final, es un sedante para escapar de este gran dolor que los persigue. De esas memorias de violencias que sufrieron durante su paso para llegar a la frontera y cruzar al otro lado. Es un sedante para escapar de ese desprecio que les hacen pasar en aquellos lugares, y de la incertidumbre de no saber cuándo regresar. Se sedan sin medirse para aguantar este cotidiano, para escapar del profundo dolor de no poder vivir con sus familias. Ausencia, tristeza, impotencia, rabia los empuja a sedarse. Hay un proceso muy fuerte de racismo que se vive en Estados Unidos. Viven un desprecio doble. Primero porque son “indocumentadxs”. Y luego por ser indígenas, indígenas, por no hablar ni siquiera el español. Incluso son tratados mal por sus propios paisanos “mexicanos”.

Al final, cuando regresan enfermos los hijos, los maridos, los nietos, los hermanos, son las mujeres, quienes tienen que cuidarlos, acompañarlos en sus tratamientos. Buscan como “curarlos” desde la costumbre, con las ritualidades, o buscando medicamentos “mágicos” que lamentablemente les ofrecen charlatanes para acabar con este mal que se apoderó de sus familiares y que va destruyendo sus familias poco a poco.

Las mujeres de la casa, en este caso, son Nieves, las hermanas del enfermo y las hijas. Ellas son las responsables de cuidar, sostener a sus familias y asegurar el alimento y costear los gastos de salud, educación, etc. Así lo hemos vivido también en mi montaña. Tantas y tantas vidas hemos visto pasar por este proceso demoledor. Y cuando enferman por el alcoholismo, somos las mujeres que asumimos el rol principal para sostener económica y moralmente el rumbo de la familia, tomando éstos roles en nuestros contextos comunitarios.

En medio de sus problemas, Nieves sigue buscando cómo cuidar a la familia, cómo pedir por ellos y ellas, y cómo hacer que la familia viva bien en medio de las tormentas que azotan cotidianamente su comunidad. Ha vivido como una mujer que sana. Es maestra del telar, pero sobre todo es otra matriarca, una abuela sabia. Sabe leer el tiempo, la lluvia, el fuego, el copal. Y cuenta con esa fuerza que le ha dado la montaña, que a pesar de perder a sus hijos e hijas, en contextos de tanta violencia, sigue sonriendo.

¿Cómo hacemos para unificar estas historias, estas memorias, estas montañas? Desde fuera pareciera que estamos viviendo en mundos paralelos, en lugares tan distintos. La Montaña de Guerrero, la Mixteca Oaxaqueña, la Sierra de Sonora o de Chihuahua, los que vivimos en estos lugares a veces a nosotros mismos nos parece vivir en mundos distintos. Pero cuando visitamos a la abuela Nieves, hablamos rodeadas de toda la familia en un lugar recóndito en la montaña. Ahí también recién acabaron de pasar un proceso de violencia, de asesinatos y ejecuciones en medio de la comunidad, ante la opacidad municipal y estatal. Después solo nos ponemos a pensar en cómo han sobrevivido, en cómo han resistido las mujeres frente a estos acontecimientos de sus vidas, pensando en cómo, a pesar de todo, siguen sosteniendo y cargando la vida, como acuerpan todo esto que viven, quizás este sea nuestro punto en común. En él podemos hermanarnos. Seguimos reproduciendo la vida, haciéndole frente a un mundo cada día más cruento. Seguimos resistiendo frente a un mundo que muchas veces no quiere tomarnos en cuenta. En este grito de resistencia podemos hermanar nuestros pasos, nuestra fuerza y no sentirnos solas ni aisladas.

Es importante que los cuidados comunitarios no sigan recayendo solo en las mujeres. En el siglo XXI, con la explosión de la violencia y la urbanización del campo, es importante reforzar esta idea de que la justicia tiene que ser que entre todos y todas nos cuidemos. Tiene que ser una tarea constante y para que realmente sea colectiva tiene que sostenerse por todos los miembros de las familias.

Domitila: historia de una abuela matriarca

Subiendo por las carreteras de otra montaña, nos tocó visitar a una bella abuela matriarca, aquella mujer que ahora habita su casa con su grande familia. Domitila es una mujer que ha trabajado desde que tiene memoria y que enviudó hace muchos años. Cuando perdió su esposo, con mayor ímpetu, se hizo cargo de sus hijos e hijas, ahora hasta de guiar y procurar la buena vida para nietos.

“Aquí, siempre habrá quelite, siempre habrá tortillas. Aquí, la montaña nos da todo. Solo hay que trabajar y hablar con la tierra. Agradecer y hacer el pagamento, quemar vela. Eso es muy importante, yo les enseño a mis hijas y nietos. Tienen que aprender y respetar esa costumbre”, ella nos platica cada que la visitamos.

Es importante reflexionar en cómo la montaña ha forjado nuestros caracteres. Quienes vivimos en estos territorios tenemos este carácter de ser mujeres de la montaña. Ella forja nuestra manera de pensar, de habitarla para la sobrevivencia. Tenemos que poder domesticar las plantas medicinales, los alimentos tradicionales, conocer nuestro territorio, los espacios que habitamos, aquellos que nos dejan memoria de nuestras infancias. En este entorno es una cuestión de sobrevivencia.

“Yo le busco. Cuando no hay dinero, hacemos comida para vender o nos ponemos a tejer, o vendemos lo que producimos en la montaña. Lo que importa es siempre tener alimento para compartir con la familia. Eso les enseño a mis hijas e hijos, que sepan trabajar, que entre ellos se ayuden, que se respeten y que siempre agradezcan por tener salud…”, nos contó durante nuestra visita.

En ese hogar se respira la autoridad de la abuela. Es ella quien dice lo que se va a hacer, que lidera la mesa, sí, pero también la organización familiar, la organización de la fiesta, la participación en las mayordomías. Es ella quien lidera a las mujeres como bordadoras, quien siempre busca una actividad para sostener a la familia y ha enseñado a compartir valores y sabiduría comunitaria. Juega un poco todos los papeles en esta casa.

Esta montaña nos impregna un carácter fuerte, un carácter duro, un carácter aguerrido porque solo con ese carácter podemos resistir. Porque la montaña también es dura y más duro el contexto de marginación y pobreza que nos envuelve. Las embestidas son múltiples: amenazas y despojos caciquiles, amenazas históricas, historias de opresión colonial pero también los despojos de las violencias criminales actuales.

Lo doloroso es que esa responsabilidad con la que se acuerpó para hacerse cargo de su familia, esta responsabilidad le ha costado la salud a nana Domitila. Por fuera se ve feliz, pero por dentro, cada vez que la visitamos la sentimos un poco decaída físicamente. No se ve en la superficie, pero si rascamos un poco medimos el costo de esta responsabilidad con la que carga. Y para complicar un poco las cosas, hace años, fue diagnosticada con una enfermedad crónico-degenerativa.

Esta situación le genera complicaciones en un lugar como la Montaña de Guerrero, donde no tenemos doctores ni mucho menos especialistas. A duras penas, existe un centro de salud en la cabecera municipal. Allá haces largas filas para poder ver a la enfermera (si es que está presente). Ella te da una receta para que tú mismo compres tus medicamentos, ya que los anaqueles del centro de salud están vacíos. Es el colmo del abandono: ni siquiera cuentan con paracetamol en muchas ocasiones, menos con medicamentos especializados.

La historia de nana Domitila me hace conectar con la historia de mis primas, tías y abuelas que habitan la misma montaña, aunque no hablan el mismo idioma. También son historias atravesadas por la responsabilidad de los cuidados de la familia. Puedo mencionar, como ejemplo, a nana Marcelina. quien, toda la vida cuidó de sus hijos y nietos. Y quien, también, sacrificó su salud al dar todo lo mejor para que sus hijos se alimentaran. Siempre se quedó con poco, con lo mínimo, para poder apoyar a sus hijos en sus gastos. Porque no lograban costear las necesidades de sus familias. Pero Marcelina, al final se quedó sola. Y no fueron los hijos varones quienes la cuidaron en sus últimos días o cada que enfermaba, fueron sus hijas mujeres y sus nietas quienes la cuidaron hasta el final. Porque así es la costumbre colonial.

Me pregunto ¿Cuántas Nieves, Domitilas ó Marcelinas pueblan la Montaña donde yo nací? ¿Y cuántas más habitan las demás montañas de este país? Cuidar debe de ser parte de una costumbre reformada, de una práctica colectiva. Pero ahora que recae principalmente en las mujeres, entonces tendríamos que revisarla detenidamente. En estos tiempos que vivimos, tenemos que esforzarnos en pensar ¿Cómo podemos redistribuir los trabajos para cuidar, curar, sostener a las familias de forma más colectiva? Porque en la montaña, a las mujeres, nos toca cuidar a toda la familia. Nos toca cuidar la alimentación, cuidar la salud cuando la familia se enferma, trabajar en el campo, criar y transmitir la memoria cultural a los hijos e hijas. Nos toca cuidar que la familia tenga un equilibrio, que la armonía la habite. Estas y muchas más responsabilidades forman parte de la costumbre en los pueblos, cuando uno nació mujer.

Esta responsabilidad está costando mucho a los cuerpos de las mujeres, que hoy en día además tienen encima a la violencia como principal enemigo. Lo que requiere más trabajos de autodefensa comunitaria para poder sostener y cuidar a la familia. Durante la última década, en el marco de nuestro trabajo de promoción de salud comunitaria en la Montaña de Guerrero hemos denunciado los procesos violentos sobre cuerpos de mujeres. Desde el Centro de Acompañamiento y Orientación Médica “Marcelina Ramírez” hemos evidenciado procesos que van desde la experimentación con anticoncepción forzada, hasta prácticas de discriminación en los centros de atención médica porque no hablar el castellano, o la nula atención en los casos de urgencias, sobre todo cuando son ginecológicas. Y los múltiples casos de negligencia hacia cuerpos de personas indígenas como un racismo institucionalizado.

Es paradójico que las mujeres, quienes son las que más cuidan, son también las que más se enferman. No nos cansamos de denunciarlo. Es el mayor efecto de las violencias estructurales de las que padecen. Los cuerpos de las mujeres indígenas son los que más se enferman. Sus cuerpos quedan al margen. Nadie se preocupa cuando son violentados por la violencia estructural, por la violencia intrafamiliar generado por un contexto de marginación y pobreza. Nadie se preocupa cuando son ignoradas por estas instituciones de salud o para acceder a la justicia. Actualmente, en la Montaña de Guerrero, los cuerpos de las mujeres indígenas se han vuelto un botín de guerra para los actores criminales, que las secuestran, las desaparecen, las violentan y asesinan.

Aún así, y en medio de las responsabilidades que se les asignan dentro de la comunidad, las mujeres indígenas son unas guerreras. Luchan cotidianamente por sus familias. Resguardan los saberes como tesoros. Siguen sosteniendo la vida y tejen la memoria cultural de las generaciones que vienen.

Mujeres que reconstruyen y sostienen la vida

Esa tarde del mes de agosto, después de un tremendo aguacero, fuimos a visitar a unas queridas amigas y compañeras, que de tiempo fueron desplazadas del territorio de su comunidad por la violencia. Fuimos a visitarlas en el espacio improvisado que encontraron hace 4 años para poder protegerse de la intemperie y recrear un semblante de comunidad. Cuando recién llegaron, era un espacio completamente ajeno. Pero ahora, años después, ya forma parte de su hábitat para sobre llevar la vida y las familias, poco a poco van reconstruyendo comunidad en un lugar muy distinto de donde fueron desplazadas: su territorio.

En las distintas charlas que logramos compartir e intercambiar, escuchamos testimonios de valientes y aguerridas mujeres de montaña, que fueron desplazadas de sus montañas hacia la ciudad:

“Nos fuimos del pueblo porque empezaron problemas muy fuertes”, nos cuenta una de ellas en su casa.

“Mataron gente por eso nos venimos aquí”, nos dice otra compañera.

“Aquí vivimos, corrimos muchos, y pues ora aquí hicimos la casita para cocinar”, nos comparte una tercera con orgullo desde la cocina común.

“Pos ya mejor sembramos, tenemos nuestros animalitos, aquí trabajamos”, nos dice la primera de ellas, mirando el lugar de siembra.

“Ya estamos haciendo bordado, tejido y así nos apoyamos para irla pasando”, nos comenta una cuarta mujer desde un espacio donde se reúnen.

Y es así como entre las conversaciones van hilando la historia que vivieron, la memoria de aquellos hechos tan lamentables que les arrebataron su tierra, su hogar, sus montes y sus ríos. Lucharon para defender más de 2000 hectáreas de bosque frente a autoridades locales corruptas, grupos caciquiles y armados. La tala ilegal de árboles es un negocio sumamente lucrativo, que desplaza comunidades enteras en todo el país. De esto fueron víctimas. Por el momento, no han tenido justicia ni reparación del daño para los asesinados, las asesinadas, los desaparecidos, las desaparecidas y las familias desplazadas.

En las memorias que ellas mismas comparten, nuevamente encontraremos esa historia de valientes mujeres que han puesto el cuerpo para defender a sus familias, para sobrevivir y salir salvas de esos enfrentamientos. Parte de ese espíritu como guerreras y sabedores de la cultura, y en esa capacidad de adaptarse llevando consigo la memoria cultural, las prácticas de resistencia comunitaria. Así es como reconstruyen la vida, a pesar de tantas adversidades.

En el lugar que llegaron a habitar, construyeron sus cocinas, para poder quemar leña, echar lumbre, cocinar. Han ampliado los pequeños cuartos donde llegaron al principio. Y ahí viven arrinconados porque el estado ha tenido nula respuesta a la exigencia de justicia, frente al desplazamiento forzado que vivieron. Entonces, es la propia comunidad conformada por las familias desplazadas, y de las mujeres que, con su fuerza propia, han sostenido la vida de manera colectiva. Quizás hace falta mucho todavía, como el acceso a la salud, la vivienda digna, la educación, por mencionar algunos aspectos. Pero en el tema alimentario, lo supieron autogestionar. Y en el centro de este esfuerzo colectivo encontramos al frente, a estas valientes mujeres.

Han buscado cómo encontrar espacios para cobijar sus prácticas culturales, para resguardar su sabiduría y su memoria. Algunas familias han abierto tlacololes para sembrar milpa, para tener su calabaza, su frijol y su maíz. Y ahí también las mujeres jugaron un papel fundamental. El trabajo de la tierra es el primer elemento que sostiene a las familias.

Es fundamental como parte de su conexión con el territorio. Existe una memoria colectiva que se refuerza así, que se vuelve más fuerte, más conectada. En ese pedacito de tierra, hay unos árboles donde las mujeres se ponen a tejer, a bordar, a elaborar estos tejidos y bordados que provienen del territorio que habitaron en las montañas y del cual fueron arrancadas.

Estas violencias que actualmente padecen nuestros cuerpos y nuestros territorios, es algo que debemos de pensar seriamente. Y el impacto que cae sobre las mujeres, lo tenemos que entender y medir a profundidad. Nos arrancan de la montaña, nos quitan los espacios sagrados, nos arrebatan el territorio. Las fuentes mismas de nuestra identidad están siendo atacadas. Actualmente, nuestras montañas, nuestro territorio ancestral está siendo amenazado, está enfermando.

Por esta razón, es urgente contar estas historias de la esperanza situada, esta esperanza que nos generan estas experiencias concretas y actuales. Necesitamos construir nuestra memoria, volver a darle raíz para no perder la esperanza. Necesitamos volver a estas historias de re-existencia, como las que nos acaban de contar las compañeras que viven lejos de sus montañas en ese campamento. Escuchémoslas con atención cuando nos hablan y nombran ese “espacio”, y de cómo, poco a poco, lo fueron haciendo suyo porque quieren habitar en paz. Quieren volver a reconectarse con un territorio. Quieren hacerlo para arraigarse, para sembrar vida nueva. Quieren y sueñan con algún día poder tener justicia por el desplazamiento que sufrieron, justicia de parte del estado. Pero también quieren obtener una justicia más terrenal, más cotidiana: quieren “volver a vivir en paz” dentro de un lugar, de un territorio que puedan llamar “suyo y comunitario” de nuevo.

El lugar a donde llegaron es un territorio donde quieren construir la esperanza que es posible habitar de otro modo, que se puede construir justicia y comunidad de forma concreta. Sembrar en otros espacios aquellos valores y aquellos principios comunitarios que ellas y ellos aprendieron en su infancia. Quizás pueden servir para construir esta nueva sociedad esta nueva humanidad. No podemos quedarnos simplemente con todas las historias de violencia y perder nuestra pequeña Esperanza. Esa esperanza tiene que ser una esperanza activa, una esperanza arraigada en el presente, de que las cosas tienen que cambiar, de que no podemos seguir siendo sordos y ciegos ante estas violencias.

La montaña ha forjado el carácter de las mujeres montañeras

Las mujeres que habitan estas montañas tienen una historia similar de resistencia y de re-existencia que las une. Son mujeres guerreras que reconstruyen la vida en medio del alcoholismo, del desplazamiento forzado, en medio de la cruda realidad que atraviesa sus comunidades. Actualmente las mujeres de estas historias y otras mujeres en otros territorios tienen que mantener y sacar el temple. Son las responsables por costumbre, por cultura o por tradición, de sostener los cuidados y el bien vivir de sus familias.

A esto se dedican las mujeres que protagonizan las historias de mi columna de este mes. Estas mujeres que viven en diferentes montañas, que sacan fuerzas, que ponen el cuerpo para trabajar doble o triple, que tienen que salir a buscar apoyo, ayuda comunitaria para solventar las deudas de sus hijos e hijas, nietos, nietas, etc. Estas mujeres que van a visitar a los rezanderos y curanderos, para ir a ofrecer ritualidad y ofrendas para poder sanar con sus familiares, hasta con los que se enferman en los Estados Unidos.

Quizás no se conocen estas mujeres que nombré en la columna de hoy. Quisiera que un día lo hicieran. Pero hoy en día todas comparten un espíritu en común. Tienen este carácter que nos forja la montaña misma. El lugar donde nacemos. Este lugar que nos vio crecer. Y así hemos aprendido a sobrevivir.

Hay muchos pueblos que seguramente tienen esa sintonía con su hábitat, con el mar, con el viento, con la selva, con los distintos territorios en donde nacen, crecen y habitan. Hoy, quise contar un cachito de sus historias. Estas historias de las mujeres indígenas, mujeres trabajadoras, mujeres campesinas, mujeres sabias, mujeres parteras, mujeres tejedoras, mujeres curanderas, mujeres cocineras tradicionales, mujeres que usan la palabra del fuego, la palabra de la lluvia para sanar, mujeres que siembran la milpa, que harán los surcos, que suben las montañas, que reproducen la vida, que transmiten, que resguardan la memoria del telar de cintura, que resguardan la palabra y nuestro pensamiento, que en cada alimento ponen la esencia para sobrevivir como pueblo.

A días de haberse conmemorado el Día Internacional de los Cuidados, en México, tanto instituciones y gobernantes se auto-felicitan por sus “avances en materia de leyes” y se entregan premios para enaltecer los cuidados a cargo de mujeres como actos “heroicos”. Es importante pararnos en medio de tantos elogios y señalar que hace falta mucho por trabajar todavía. Aún no se denuncia ni se cuestionan las opresiones patriarcales, racistas y desigualdades estructurales que padecemos las mujeres para construir una justicia social para el tema de cuidados.

Es preciso recalcar la falta de cuidados del que padecemos las mujeres indígenas en los muchos territorios y contextos donde vivimos. Y esta carencia lejos de retroceder en los últimos años sigue incrementando. No se puede hablar de un derecho humano al cuidado, si sigue recayendo solamente en las mujeres esta responsabilidad. Tiene que asumirse el cuidado como una responsabilidad colectiva y comunitaria de toda la familia. E incluso de las propias instituciones que permitan construir una agenda real para poder acceder a este derecho como mujeres rurales, indígenas, profesionistas, emprendedoras, activistas, luchadoras, defensoras, etc.

Las historias de Nieves, de Domitila y de estas mujeres desplazadas por la tala de árboles, no son aisladas, ni deben de aislarnos. Tampoco nos deben de desesperanzar ó espantar. Son historias duras y bellas a la vez. Que deben de inspirarnos para cambiar nuestro entorno nuestras sociedades. Estas historias lejos de separarnos, nos unen como el hilo de los tejidos. Habitamos tantas montañas en este país, vivimos a tantos kilómetros unas de otras, que a veces nos sentimos solas y lejanas, a veces se nos olvida que somos hermanas sin conocernos. Compartimos esta gran Historia, de lucha y de opresión. Y ¡créanme, a pesar de la adversidad y contra las predicciones, no vamos a dejar de luchar!

Seguiremos resistiendo como mujeres de montaña frente a los diversos tipos de violencias. Porque esto somos: mujeres guerreras y aguerridas. Con un carácter forjado por estas montañas que habitamos. Pero nosotras también requerimos cuidados colectivos y reales, precisamente porque cuidamos de todxs. Y, frente a esta falta de cuidados, no es el momento de echarnos flores sino de una profunda reflexión/acción.

Edith Herrera

Mujer ñuu savi (gente lluvia) originaria de la Montaña alta de Guerrero. En los últimos 15
años ha trabajado en diversos procesos organizativos locales así como en colectivos de
mujeres y juventudes para la promoción de los derechos de los pueblos indígenas y la
construcción de la autonomía de la vida, a partir de saberes y conocimientos milenarios en
torno a la salud, al territorio y alimentación tradicional. Actualmente es coordinadora del Espacio Cultural Educativo “TIKOSÓ”.

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