Meloni afectada por el genocidio y la decadencia de Trump
La derecha italiana no cambia de piel: cambia de tono. Y cuando cambia de tono hay que preguntarse por qué. El distanciamiento de Giorgia Meloni respecto a Israel —y, con todavía más cautela, respecto a Donald Trump— no nace de una conversión moral repentina. No es el resultado de una reflexión sobre la devastación de Gaza o sobre la escalada regional. Es un movimiento político dictado por la dificultad.
Meloni, desde el día de su elección, jugó una carta muy precisa: el atlantismo como instrumento de aceptación internacional. Para una dirigente proveniente de la tradición posfascista italiana, el problema de la credibilidad frente a las élites occidentales era central. Y ella lo resolvió de la manera más clásica posible: mostrando una fidelidad absoluta a la OTAN, al pacto atlántico y a la línea de Washington.
Lo hizo ya durante la presidencia de Joe Biden. Mientras una parte de su base seguía cultivando retóricas soberanistas y “antisistema”, Meloni consolidaba su papel dentro de la arquitectura occidental: apoyo total a Ucrania, aumento del gasto militar, adhesión disciplinada a las estrategias de la OTAN y relación privilegiada con Estados Unidos. A cambio obtenía lo que buscaba: legitimidad internacional.
El atlantismo, para Meloni, nunca fue un detalle diplomático. Fue el certificado de normalización de la derecha italiana.
Pero el problema es que hoy el escenario cambió. Trump no es simplemente un aliado incómodo: es el punto de referencia de una internacional negra que conecta a las nuevas derechas radicales occidentales, desde los republicanos trumpistas hasta los gobiernos nacional-conservadores europeos. Meloni forma parte de ese espacio político. Forma parte ideológicamente, culturalmente y a través de las redes internacionales construidas en los últimos años. No puede simplemente fingir que eso no existe.
Y es precisamente esa pertenencia la que hoy la pone en dificultades.
Porque las políticas exteriores de Trump —sobre todo después de la escalada contra Irán y del respaldo cada vez más agresivo a la línea israelí— no gozan de un consenso real en Italia. La sociedad italiana, mucho más de lo que cuentan los grandes medios, percibe con inquietud el riesgo de una guerra ampliada y observa con creciente hostilidad la devastación de Gaza.
Entonces Meloni se ve obligada a adaptarse. No puede romper realmente con Estados Unidos, porque Italia sigue estructuralmente subordinada al eje atlántico en el plano militar, económico y geopolítico. Y tampoco puede romper completamente con Trump, porque Trump representa una parte importante del bloque político internacional al que pertenece también su derecha.
Por eso elige una posición intermedia: tomar más distancia de Israel que de Estados Unidos.
Es una distinción táctica. Criticar abiertamente a Trump significaría agrietar la relación con ese universo reaccionario global que también contribuyó a su ascenso político. Pero mostrar cierta frialdad hacia Israel le permite intentar recuperar consenso interno sin cuestionar realmente la alianza atlántica.
Incluso la defensa del Papa frente a los ataques trumpistas debe leerse dentro de esta lógica. Cuando sectores cercanos a la nueva derecha estadounidense comenzaron a atacar frontalmente al Papa León XIV y al Vaticano por sus posiciones sobre la paz, Gaza y las personas migrantes, Meloni eligió colocarse del lado del pontífice. No para romper con Washington, sino porque sabe que en Italia atacar frontalmente al Papa sigue siendo políticamente riesgoso, sobre todo para una dirigente que construyó parte de su imagen alrededor de las “raíces cristianas”.
Hay además otro elemento decisivo: la movilización pro Palestina.
En Italia, durante los últimos meses, se desarrolló una movilización enorme y transversal. Manifestaciones, ocupaciones universitarias, marchas, campañas de boicot, pronunciamientos públicos de artistas, estudiantes y trabajadores. La solidaridad con Gaza atravesó sectores sociales mucho más amplios que los tradicionalmente militantes. Y eso incidió en el clima político del país.
También algunos episodios simbólicos aceleraron este desplazamiento. La agresión ocurrida en Roma el 25 de abril, cuando un joven cercano a la Brigada Judía atacó a dos militantes de la Associazione Nazionale Partigiani d’Italia durante las celebraciones de la Liberación, tuvo un fuerte impacto público y político. No solamente por la violencia del episodio, sino porque mostró de manera brutal una fractura ya evidente: la identificación cada vez más agresiva entre el apoyo a Israel y el intento de deslegitimar o intimidar las voces solidarias con Palestina, incluso dentro de un espacio simbólico como el 25 de abril antifascista.
Ese episodio contribuyó a volver todavía más difícil, incluso para el gobierno, mantener una posición totalmente alineada sin pagar un costo político.
Meloni no encabezó este giro. Llega tarde y llega de manera tenue, ambigua y calculada. Pero intenta aprovecharlo. Después de meses de apoyo casi total a la línea israelí, hoy intenta reposicionarse aprovechando el cambio de la opinión pública. Es una maniobra astuta: tomar una distancia limitada de Israel cuando el costo político del apoyo incondicional comienza a volverse demasiado alto.
Además, las encuestas ya no son las del triunfo inicial. Después del referéndum sobre la justicia y en medio de una situación económica cada vez más frágil, Meloni sabe que la guerra permanente no moviliza consenso. Al contrario: corre el riesgo de arrastrarla hacia abajo junto con Trump.
Por eso hoy baja el tono, corrige el lenguaje e intenta parecer más europea y más prudente. También porque el único nacionalismo todavía viable dentro de las clases dirigentes italianas es ya el europeo: el bloque de los “voluntarios”, la defensa común, la Europa-fortaleza como espacio geopolítico autónomo pero siempre occidental.
Pero sería un error leer esta fase como un giro real. La estructura política del melonismo sigue siendo la misma: atlantismo, rearme, seguridad y fidelidad al orden colonial occidental. Meloni no está rompiendo con Estados Unidos ni con la internacional negra de la que forma parte. Simplemente está tratando de no hundirse junto a Trump mientras una parte cada vez mayor de la sociedad italiana toma distancia de la guerra y de quienes la sostienen.
Andrea Cegna
Autor de narrativas heréticas, historias de resistencia y alternativas, visiones asimétricas sobre el capitalismo europeo.