En Movimiento

Raúl Zibechi

Luz y Espejo

Hay frases que dicen mucho, que no pueden ser pasadas por alto, que quedan adheridas al imaginario y resisten el olvido. El zapatismo no sólo ha renovado el imaginario de las resistencias de abajo, lo ha enriquecido aportando, en palabras y en hechos, sentidos duraderos y potentes. Lo más sorprendente es que no se han detenido, siguen aportando nuevas ideas ancladas en su práctica cotidiana, en una suerte de creación permanente muy ligada a los modos de los pueblos de raíz maya.

Durante el semillero “De pirámides, de historias, de amores y, claro, desamores”, el subcomandante Moisés dijo (cito de memoria) que ya no se trataba de analizar el capitalismo, los gobiernos y sus políticas, sino centrar el debate en el tipo de mundo que queremos construir y cómo vamos a hacerlo. En efecto, contamos con multitud de análisis sobre la crisis en curso, sobre el declive del capitalismo y la hegemonía estadounidense, pero casi no tenemos reflexiones sobre la realidad de nuestros movimientos y, menos aún, sobre el mundo nuevo. En algún momento dijo, “para qué queremos saber si no vamos a hacer anda”.

En el mismo semillero, el capitán Marcos hizo referencia al pensamiento crítico, desde una mirada convergente, al titular parte de su intervención: “Marco teórico, la práctica”. Se extendió explicando que en la dirección del movimiento la mayoría dominan las lenguas mayas, lo que no es sólo una cuestión lingüística sino que supone “otra visión del mundo”, alejada del “catecismo laico” de las izquierdas y de la “epidemia de inmediatismo”.

Habló sobre el pensamiento crítico diciendo que se trata de “cuestionar todo, todo el tiempo, incluso su propia orientación”. Pero el pensamiento crítico sin práctica no sirve, es cinismo dijo, colocando el centro de la actividad zapatistasen el hacer, como ya había hecho el subcomandante Marcos en otra oportunidad al señalar que “nuestra meta teoría es nuestra práctica”.

En el acto del último día de 2025, en el caracol Oventik, el subcomandante Moisés dijo: “Luz y espejo, esos somos”. Palabras tan sencillas como profundas. Luz venimos recibiendo desde hace 32 años. Pero, ¿qué entendemos por espejo los que no somos parte del movimiento? ¿Será que nos vemos a nosotros mismos, lo que hacemos y dejamos de hacer, bajo la luz que nos ilumina el movimiento? Creo que aquí estamos ante una cuestión crucial. La práctica es la que manda y por lo tanto todas las demás dimensiones se subordinan a ella. El espejo nos muestra quienes somos, qué hacemos más allá de las palabras, los títulos académicos y los cargos institucionales.

De ese modo interpreto el espejo del que nos habla Moisés. Un espejo que dispersa teorías que, a menudo, justifican el no hacer o el hacer institucional con palabras “revolucionarias” que encubren modos capitalistas. El universo de las izquierdas está plagado de prácticas que reproducen el sistema, cuestión que muy pocos queremos ver y menos aún transformar. Si el primer paso es mirarnos en ese espejo, el segundo será algo así como una cura de humildad, que pasa por reconocer la pobreza de nuestro hacer que no es capaz de ir más allá del sistema.

En los movimientos revolucionarios domina la idea de transformar el mundo, lo que está allá afuera, pero sin cuestionarse lo que cada quien hace, reafirmando de ese modo el lugar jerárquico que ocupamos en esta sociedad. A menudo llamamos a esta actitud como “doble discurso”, pero en realidad se trata de un discurso que encubre las prácticas que reproducen el capitalismo. Seguimos creyendo que las ideas, incluyendo el pensamiento crítico, puede estar separado de lo que hacemos o dejamos de hacer, que nuestra práctica no tiene relación con nuestras ideas que serían extraídas de manuales o de libros en gabinetes rigurosamente separados de las luchas. El espejo nos viene a decir que esto es mentira, que somos lo que hacemos, y punto.

En un breve video de cuarenta segundos, jóvenes wampis vinculan los siglos de resistencia a las invasiones con sus luchas actuales, porque “en la actualidad seguimos luchando por proteger nuestro territorio contra las actividades extractivistas, y para eso nos mantenemos unidos como nación wampis” (https://www.facebook.com/reel/1388089555870046).

Traigo esto para que no se crea que sólo los zapatistas se han enraizado en la historia de dolores y resistencias de los pueblos originarios. Estos jóvenes que viven en la selva peruana, muy lejos de las academias, comprenden cómo la historia de opresiones y de resistencias se extiende hasta el día de hoy, porque a la continuidad del despojo oponen la permanencia en el territorio y una cultura wampis que no han dejado de fortalecer en las resistencias. Estos jóvenes se miran en el espejo de su historia para seguir siendo lo que siempre fueron, como hacen muchos jóvenes mapuche, nasa, misak y guaraníes, entre muchos otros.

El espejo resulta entonces una pieza central que nos puede permitir, si actuamos con honestidad, bajarle al ego para reconocer la pobreza de nuestras vidas y trabajar para intentar que sean más coherentes con el discurso y con los análisis teóricos. Tengo claro que esto no es nada sencillo. El “ego revolucionario”, ya lo dijo Foucalut, es sumamente despiadado y perverso ya que es la coartada casi perfecta para no cambiar, para seguir aferrados al capitalismo en nuestras vidas cotidianas mientras creemos que luchamos por un mundo nuevo.

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