Unión Hidalgo, Oaxaca. En esta comunidad zapoteca, de día y de noche hay vida en los mercados. En estos espacios, la lengua diidxazá, las tradiciones y el trueque, que es el intercambio de productos, siguen vivos como una forma de resistir.
El 90 por ciento de las comerciantes en Unión Hidalgo son mujeres. La otra parte son hombres y también muxes, quienes ofrecen productos tradicionales.
En el mercado “7 de noviembre” el bullicio de las voces en diidxazá que ofertan sus productos inicia desde muy temprana hora. A las 7 de la mañana comienzan las ventas de los guisos, la comida tradicional y las bebidas, como el tamal de elote, el queso fresco, las tortillas de maíz, los totopos, los chiles rellenos, el pescado horneado, son parte de la rica gastronomía que se ofrece y que todavía resiste.

La mayor parte de las mujeres son adultas y adultas mayores, que han hecho del comercio su vida. Na Chica Juan, como conocemos a Francisca Velázquez Alonso, es una de las mujeres con más de medio siglo ofreciendo comida tradicional en este lugar.
Elabora guetabinguis, que es una tortilla a base de maíz zapalote chico, camarón molido con manteca, y epazote. También vende tortitas de coco, cubiertos y nuéganos, que son parte de los postres tradicionales que ya muy pocas mujeres realizan.
Alrededor de las 6:00 de la tarde, en el mercado “Rodolfo Brena Torres” nuevamente el bullicio de las voces resurge. Unión Hidalgo es una de las pocas comunidades de Oaxaca donde existe un mercado nocturno.
De 6:00 de la tarde a 11:00 de la noche este mercado funciona. Acá la gastronomía cambia, se ofrecen panes, pescados horneados, tlayudas, pollo garnachero y garnachas, así como carne oreada, tamales de frijol, dulce, empanadas y tostadas.

Antonia es hija de Na Maria Toyo, quien le heredó el conocimiento para elaborar el tradicional pollo garnachero y las garnachas. Para ella, el mercado es un espacio de vida donde se convive, se conoce y se aprende.
“El mercado me ha enseñado que no sólo es un espacio de venta o de ofrecer la comida, también es un espacio de amistad, de familia, donde convivimos, donde hacemos comunidad, donde intercambiamos nuestros productos o alimentos, donde hablamos zapoteco, donde nos reímos”, cuenta.
El trueque también sigue vivo en estos espacios. Las comerciantes intercambian pan por comida, o frutas por algunos guisos. “Por ejemplo yo coseché tomate criollo, y quiero cambiar 100 pesos por un pescado horneado, y voy con la señora y le digo. Ella me da mi pescado y yo los tomates, y así es otra forma de hacer comunidad acá”, dice María, una mujer adulta locataria.
En el mercado hay diversidad y se hace comunidad
En entrevista, la antropóloga binnizá Patricia Matus Alonso explica que los mercados son espacios donde se ofrecen productos de temporada, locales, frescos y a mejores precios. En el caso del Istmo y otros pueblos indígenas, además son espacios donde se habla y se transmite la lengua al mismo tiempo que se cultiva la convivencia y la diversidad.

“Por ejemplo, en las grandes tiendas departamentales donde se ofrece un único tipo de tomate y todo parece estable, no sujeto a la temporada, no da lugar a la variedad ni a la diversidad, pero en los mercados ofrecen variedades nativas. Tenemos diversos tipos de tomates o aguacates, y eso contribuye a la nutrición y a la tierra pues son especies que son conservadas por las y los campesinos”, señala.
En los mercados de Valles Centrales, agrega, “hay muchos vegetales criollos y en los mercados del Istmo hay muchos mariscos, iguanas y animales del monte, nos muestran como es la alimentación de ese lugar antes de incorporarse a procesos de industrialización y colonización”.
Recalca que en los mercados la lengua tiene sentido valioso para la comunicación de quienes compran y venden. Por último, señala que los mercados, más que ser sólo espacios, proveen salud, bienestar y pertenencia, y señaló que ojalá hubiera más apoyo a las y los campesinos, pescadores, vendedoras, “porque su trabajo sostiene la alimentación no sólo de una persona, sino de toda una comunidad”.