Desde los fuegos del tiempo

Ramón Vera-Herrera

Lo que se da no se pierde

Primera parte

Blanca Herrera Tello (a los 17 años)

Tal vez en el vientre materno Blanca sintió por vez primera la muerte. Su padre fue emboscado por francotiradores desde una enramada pendiente de una cañadita por donde Antonio Herrera pasaba en su trajinar de abogado de asuntos agrarios de varias comunidades cercanas a Maltrata, de donde era toda la familia de Rosa, una embarazada que no supo cómo asumir la sorpresiva muerte de Antonio, quien cayó entre los matorrales junto a su caballo, que también fue acribillado.

A casi cien años de la emboscada donde perdió la vida este litigante vasco avecindado en la región, famoso por mujeriego, generoso, guapo y chanceador, las condiciones de su muerte siguen siendo oscuras. Unos dicen que fueron los varios hermanos de Rosa que le cobraron que se la hubiera robado, según algunas versiones, pero otros dicen que fueron los litigios por tierras en los que se involucró por defender campesinos. Lo cierto es que dos hechos concomitantes ligados a esa muerte influyeron profundamente en lo que para Blanca sería toda su vida. El primero de ellos es que nació sin papá, un karma difícil de sortear sobre todo porque esa muerte tenía el tinte indeleble de la violencia. Esa misma violencia, y varias entretelas que desconocemos, configuraron el segundo hecho: Rosa repudió de inmediato a su hija Blanca y ese repudio la acompañó casi que toda su vida, al extremo de ser una de sus tristezas más profundas, de sus llantos más sentidos, de sus secretos más guardados.

Blanca (María de las Nieves Blanca Rosa), Blanquita como todos le dirían de su nacimiento en adelante, fue adoptada de inmediato por sus abuelos, por su abuela literalmente y, por una extraña coincidencia común en las familias de quince hijos o más, resultó hermana de leche de su tía Susana, quien naciera el mayo antes del noviembre donde Blanquita llegó, así que se compartieron los pechos de mamá Julietita que no dudó en amamantarlas a las dos hermanando a su hija y a su nieta.

Hija de sus abuelos, hermana de sus tíos, Blanca pudo haberse amargado y tornarse arisca, respondona, desobediente o altiva. Pero desde infantita comenzó a aflorar en ella una gana de misterio, una sensibilidad que la situó en una frontera difusa entre la vida agolpada y directa que la confrontaba en todos los órdenes, y la percepción casi cotidiana del milagro, de lo invisible, de lo insondable. Y ese don la marcó también, como si la naturaleza humana hubiera querido compensar una pérdida tan total con el regalo más inmediato y más raro que puede recibirse: el don del entendimiento, la soltura para la iluminación, la paciencia y la fuerza para remontarlo todo sonriendo. Así vivió y así habría de morir.

Cuentan que “mamá Julietita” (así se usaban los diminutivos para todo), hija de una mujer yaqui traída desde Sonora a Veracruz, poseía gran sabiduría y es muy probable que eso influyera enormemente en el carácter de Blanca. Julieta era homeópata, partera, curandera y sabedora de secretos relacionados con plantas, guisos y antiguos remedios, maneras de coser y bordar, cuidar de las semillas, organizar juegos con cordel para hacer figuras de animales y objetos y entretener las tardes a niños y niñas, con consejas e infinidad de relatos para entender relámpagos, lluvias a destiempo, apariciones, fuegos fatuos en los caminos, sueños y lenguas indígenas, que en ese momento eran más comunes que ahora, aunque hay un repunte del levantamiento zapatista para acá.

Eleuterio, su abuelo-padre, fue ingeniero y sus tíos-hermanos militares; incluso uno de ellos era pagador del Batallón acantonado en la Sierra Zongolica y la zona de cañadas de Orizaba y hasta Córdoba.

La familia, campesina de varias generaciones, provenía de soldados franceses que habían desertado al considerar innoble venir a México a matar a gente como ellos para que Maximiliano obtuviera el Imperio que nunca habría logrado en Europa. Fueron muchos los que se quedaron a cultivar la tierra entre la población nahua, otomí y mestiza que los recibió como iguales y con quienes se mezclaron y lograron muchas generaciones, incluso hasta ahora que les dicen indios güeros.

Sus tíos militares, con nombres de arcángeles como Gabriel, Miguel, Rafael, se hicieron famosos por hacerle a la mecánica con las primeras Harley Davidson. Uno de ellos había logrado armar una motocicleta de partes de muchas otras y muy ufano le llamaba a su moto “La Frankenstein”. Él mismo fue motociclista personal del general Calles y lo llevó y lo trajo entre México y Cuernavaca todo su periodo presidencial.

Mamá Rosa seguía rechazando a Blanca y más bien comenzó a hacer su vida con un sargento (luego se supo que de origen od’am) del que se apasionó hasta lo hondo. Un día urdieron el modo de robarle una suma importante a la pagaduría del batallón, del que era encargado Gabriel, y eso implicó ponerse en contra a toda su familia, por lo que se les ocurrió llevarse a la niña, que tendría unos cuatro años, suponiendo tal vez que con eso no los perseguirían, o que podrían negociar alguna salida que realmente no imaginaban aún.

No se fueron en tren ni en camión, ni siquiera a caballo, sino que la emprendieron caminando rumbo al noroeste por entre cerros, lomeríos y quebradas, sumergiéndose en cañadas umbrías y caminos de herradura que poca gente, salvo los cabreros, conocían.

Obvio la familia los comenzó a perseguir y los rastrearon sin descanso casi un año en que Rosa, el sargento y Blanquita caminaron por el monte acampando aquí o allá por entre comunidades, poblados y rancherías del centro del país, siempre empujando al oeste y al norte.1

Blanquita contaba estos episodios anegada en lágrimas y sollozos, y luego le entraba una calma muy inquietante, que denotaba que todo lo que decía le era muy difícil decirlo y a la vez le era muy necesario vomitarlo.

En alguno de los tantos senderos entre los montes llegaron a una lumbrada donde estaba un arriero con un hato de mulas y le pidieron permiso al arriero para compartir el fuego y víveres que pusieron parte y parte.

Pero a mamá Rosa y al sargento ya les urgía poder moverse más aprisa pues sabían que los soldados venían cerca. Ya en una o dos noches antes los habían avistado entre un refilón de árboles o allá bajo una cascadita que daba a uno de varios ríos que se unían más adelante en un torrente más grande.

Es muy sorprendente que Blanquita guardara todos esos momentos como chispazos imborrables.

Total que le propusieron al arriero que le vendían a Blanquita esperando arreglarse en el precio sin mediar nada.

El arriero se sorprendió, así lo recuerda ella, pero dijo que sí y temprano en la mañana se fue con Blanquita que parecía no entender nada [aunque lo entendió todo y enfrentó el rechazo, el desprecio, la violencia, la indiferencia abismal. Ese momento se volvió el acto fundacional de su vida. En un sentido muy vasto y muy fundamental entendió la figura entera de la complejidad a la que le tocaba responder, y pienso que desde ahí toda su vida la dedicó a deshacer esa vileza, a entender las causas (no las personales de Rosa con ella), que llevaban a una persona a deshacerse de otra, en este caso ofreciéndola a quien pudiera pagar el quedarse con la niña y desaparecerla de la vida de Rosa y Tonauac.

Se fueron y la pareja se quedó en el vivac que armaron Rosa y su compañero, pero comenzaron a discutir. Y le dieron vueltas a lo que habían hecho. Rosa se veía muy segura. O eso parecía, mientras Tona comenzó a dudar de la atrocidad que estaban cometiendo. Nunca consideramos que en esas acciones ocurre algo más que la compra-venta de un ser humano, de una niña en este caso. Ese acto innombrable implica la escisión total de lo que significan los lazos de cariño y confianza, de seguridad para una persona. La idea de lo que nos hace personas. Es la ruptura de la vida y aun de su futura muerte.

En un instante se destruyó el imaginario que Blanquita pudiera tener a los cuatro años ya plenos de memorias y cariños y anhelos y visiones interiores de lo que el mundo iba figurando ante sus ojos y en su piel, en su cuerpo todo. Para la pareja, significaba atropellar su propia humanidad, al abandonarla, rechazarla y fingir que eso no tendría repercusiones en su integridad, en su ternura, en su gentileza, en su sentido de la confianza.

La más reacia a recapacitar era mamá Rosa. Ni sabemos que tanta pena cargaba por la muerte de su amor, Antonio Herrera, abogado agrarista, que la aventaba a ser despiadada con su hija al punto de negarla y entregarla para siempre.

Tonauac se espantó de lo que habían hecho. Blanquita dice que lo imaginó cuando estaba con el arriero y que supo que iban a venir por ella. Y eso pasó. Ya entrada la una de la mañana pasado un día completo, Tona y Rosa llegaron hasta el campamento del mulero al que estuvieron rastreando, y le exigieron que regresara a la niña, pero el arriero neció un rato diciendo que el trato ya estaba hecho. El sargento sacó la pistola y con la fuerza de su mirada (que nunca se le borraría a Blanca), el hombre les aceptó el dinero y la desamarró para que se la llevaran.

Dice Blanca que nunca más hablaron del asunto y mientras siguieron el camino por las veredas pa’ arriba y pa’ abajo de Puebla, Tlaxcala, el estado de México, Querétaro, Guanajuato, en las rancherías hacían pequeñas tareas en los ranchos y fincas mediante las cuales fueron subiendo al norte sin causar sospechas.

Finamente llegaron a una comunidad od’am muy cerca del cruce de Jalisco, Durango y Zacatecas.

Ahí lograron refugio de los hermanos de Rosa y la familia les perdió la pista por lo menos dos años en los que Blanca alcanzó los siete años tras un año en el monte y dos que pasó en la comunidad. Ahí, siendo blanca de piel, con cabello castaño y ojos verdes, azules o grises dependiendo el humor, sus emociones o el cansancio o enfermedad, la gente, dice Blanquita, más bien la ignoró los dos años que pasó ahí. Nunca quiso decir el nombre del poblado.

Y entonces esos dos años ella la pasó sola, caminando, corriendo, brincando, jugando en el arroyo, lavando ropa, subiendo lomas, cerros, montes; iba y venía o se quedaba horas oteando las nubes, mirando lo profundo de los valles, lo misterioso de las milpas con su vaivén suave de mazorcas, frijol, quelite y calabaza.

Ese tiempo ni a la escuela fue, pero se sabe que fueron dos años en que maduró y se aplomó y se hizo intensa y mágica.

De ahí en adelante Blanca fue creciendo como una mujer de sabiduría y comenzó a ver en sueños, y a proferir situaciones que pasarían sin siquiera imaginarlas antes de decirlas. Comenzó a entender cómo curar cuestiones sencillas, porque nunca quiso entrar más allá de lo cotidiano. “No le aunque”, como se decía entonces, “en ese ámbito ganó con los años la autoridad de que sanaba”. Además, nunca quiso cobrar ni un centavo, aunque de cuando en cuando aceptaba los regalos que las señoras le ofrecían por haber inyectado a alguien, por supervisar la receta para personas que nos sabían leer ni entendían cómo usar los medicamentos.

Pasados los dos años, un día llegó mamá Julie, la segunda de las hermanas después de Rosa, al poblado donde estaban viviendo Tona y su familia. Cómo se las arregló para hallarles, nadie supo nunca, pero llegó con un recado contundente y una encomienda irrenunciable: si dejaban que Blanquita regresara a Orizaba con mamá Julie, los hermanos perdonarían el robo y no se hablaría más del asunto.

Blanquita regresó a la casa familiar y se crio con su abuela (mamá Julietita), la sanadora y homeópata, y con su tía-hermana grande mamá Julie, médica también, además de Susana y todos los hermanos de una familia enorme. Fue muy poco a la escuela y al uso de entonces, la gente se deshacía de hijas e hijos de modos extraños. Así, la enviaron con su hermana-tía Susana a un orfanatorio en la ciudad de México y ella dijo muchos años después que esos tres años fueron los mejores años de su infancia. Le enseñaban historias y cuentos, bordado y costura, pero sobre todo a cocinar.

Ya para cuando tuvo los doce años, Blanquis comenzó a trabajar y después se fue a vivir sola a Cuernavaca, medio protegida de una amiga de la familia que era la jefa de la sucursal de Teléfonos de México.

A los 13 años Blanquita se hizo telefonista, en un momento de la ciudad en que se vivía un auge de turismo de estrellas de Hollywood y el ambiente mismo era como de película por la guerra en Europa (1939-1944) y un entorno de suspenso y espionajes reales en los hoteles, restaurantes, bares y “clubes nocturnos”, como se les decía entonces.

Ya para ese momento ella era más que independiente e iba sorprendiendo a todo mundo con su delicadeza y fuerza, su contundencia y profundidad, con su generosa manera de abordar las relaciones personales.

Yo no he conocido nunca a nadie nadie que converse con las personas desconocidas como Blanca. Abordando a la gente sin prurito alguno, interviniendo en las conversaciones que escuchaba sin parecer metiche o mandona. Y eso le ganó muchas amistades. Ya siendo una señora mayor, con nietas, se le podía ver que le aceptaba “rides” a los señores de la basura que la acercaban a su casa montándola a la cabina con todas sus bolsas cuando venía del súper.

Hablaba con plantas, perros , gatos, gallinas, conejos, gansos, caballos, árboles sin que le pareciera algo fuera de lo común o extraño. Alguna vez alguien que la escuchó mascullar le preguntó, “doña Blanquis, ¿a poco está hablando sola?”, y ella dijo, no’mbre cómo creen, estaré loca o qué, yo hablo con todo, con las moscas, las tarántulas, el polvo, la masa de las tortillas, el jitomate, mis flores, sobre todo si son gardenias”…

Tenía una mirada crítica y hasta burlona con la gente que se quejaba de todo, en particular cuando la gente tenía facilidades y mejores condiciones que tanta gente en México, entonces cuando no le parecía algún tono altanero o menospreciativo de las penas ajenas, ella se burlaba. “No, sí, yo también prefiero sufrir en Cadillac”.

Cuando las muchachas abusaban, según ella, de inventarse ropajes, perfumes, alhajas y atuendos enfrentantes, ella decía: “no sí, a la moda y aunque espanten”.

Todas sus compañeras de trabajo, las chicas del cable, la conocían como amorosa, generosa, divertida, burlona pero afable, aunque a veces pudiera apuntar sus dardos a quienes ella consideraba mezquinas o entrometidas y “habliches”.

Le molestaba mucho que las compañeras del trabajo fueran “codinches”, que no fueran capaces de compartir, y por eso decía, “lo que se da no se pierde”.

Alguna vez una señora muy sabia o “muy entendida”, como les dicen, nos dijo a su familia cuando supo que Blanquita estaba muy enferma. “Tal vez lo que pasa con gente como Blanquita es que ya son, desde antes de venir al mundo. Por eso ya saben qué hacer para volverse responsables. Ya tienen alma. Cuando niños nuestra alma vaga por ahí, es difusa. Por eso los niños juegan y pueden darse el lujo de no saber qué hacer que sirva. Pero llega el momento en que tiene que poder plantar y crecer semillas, es decir, poder alimentar a su familia, poderse hacer responsable por otros. Pero gente como doña Blanquita que es maestra de la vida, siembran en todas partes, porque por otras vías ya son lo que son. Ya son, de por sí. Ya tienen el alma que todo mundo andamos buscando”.

1 Hace unos años, Antonio García de León publicó Misericordia, la historia de una partida de prisioneros apache que iban llevados a San Juan de Ulúa rumbo a las plantaciones de Cuba, y a la altura de Xalapa lograron escapar. Todas sus rutas de escape me imagino que fueron por caminos semejantes o paralelos a las rutas que tomaron los fugitivos de los que hablo: Tonauac, Rosa y su rehén Blanca. Leer Misericordia me sumergió en todas las conversaciones que Blanquita tuvo conmigo al respecto. Ver Misericordia, Fondo de Cultura Económica, 2017

Una Respuesta a “Lo que se da no se pierde”

  1. Marco Antonio González

    Pues me pregunto como citadino, ¿ Y qué andabas haciendo por allá? Puede ser desde tu perspectiva, una pregunta tonta, pues ya la respondiste y fue una idea que debía haber quedado clara ´para el lector, lo dijiste, tanto importa llegar a donde vas como la caminata en sí misma (con otras palabras), me recordaba de un autor que mencionaba que hay cosas de las que uno solo se acuerda cuando camina, pero es una forma pálida para el peso que le das a la caminata en sí misma, la que, según percibo, es lo tal vez más importante, lo demás también, por supuesto, pero apuntas a la importancia de la caminata que va tejiendo y destilando todas las historias de esos parajes. Tu capacidad para narrar es obviamente muy buena, alejada de toda la información a que estamos acostumbrados y tal vez por eso lo de la desinformación. Algunos de los lugares mencionados, pocos, muy pocos, conozco, pero me doy una pequeña idea de lo que quieres decir. Saludos.

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