Lo que se da no se pierde
Segunda y última parte

Sus ojos eran verdes en lo cotidiano de los días si no había viscisitudes que los alteraran. Pero podían ponerse de un azul añil muy sorprendente y maravilloso si estaba en uno de esos humores radiantes y arrebatados que de pronto le sobrevenían, y donde era más que mágico verla ser, verla desplegarse por el mundo con su aura casi azul o rosa o casi blanca, esplendente.
Sin duda fue ella quien me enseñó a mirar esa luz que nos resplandece y que nos encierra en un capelo de luz y que, como bien señalan los Evangelios, tiene una especie de cresta que puede asumir diversos tonos que van del azul pálido al color fuego casi tangible, según la situación. Esas crestas o lenguas de fuego tan sonadas son muy visibles, si uno presta atención y deja de enfocar como cuando discurrimos en los días.
Pero estábamos en los ojos, que cambiaban también hacia el azul pálido cuando había alguna cierta tristeza o desazón en su situación cotidiana, o si le asaltaba una de tantas penas que cargó toda su vida como parte de su ser estoica —no sacrificada ni víctima, sólo estoica. Nunca se sintió víctima de nada. Pero sabía de los agravios que le había impuesto la vida y los masticaba en ocasiones, o le afloraban en las conversaciones cuando el humor o los talantes le sobrevenían. Y el azul pálido, casi transparente, era signo de que estaba aproblemada por algo. Cuando el color de sus ojos era gris y estaban opacos, uno sabía que estaba muy triste o enferma y que había que cuidarla y buscar cómo ayudarla a salir de ese pozo profundo donde entraba recurrentemente, pues su condición la hizo enfermar durante años enteros, y cargó ese karma por lo menos mis primeros 16 años de vida.
Habíamos hablado de lo incierto y azaroso de su infancia, que la hizo recorrer el país por los montes y quebradas, y donde aprendió a ser manejándose sola entre las orillas de arroyos y cascadas, o en los campos sembrados de milpa y flores, de caña y yerbas medicinales. Esa etapa la formó totalmente y cuando regresó, como dijimos, ya era.
Cuando su tía Julieta la regresó a la vida familiar durante unos cuantos años, Blanca ya traía una forma de vivir que sería la marca más visible de su paso por el mundo. Vivía en los detalles, en las grietas del día, en lo que de invisible tiene el transcurso de las horas, en lo imperceptible de un gesto que descubre quien entiende y resuena en tantos rincones propios que se iluminan con certezas o nuevas dudas.
Y que no quepa duda de que vivió maravillada, azorada, descubriendo en los instantes lo que había que hacer para salvar el día, para contribuir a equilibrar la condición que transcurría ese miércoles o ese sábado. Su vida fue una de servicio gozoso, porque nunca se sometió a nadie. Ni a su familia de nacimiento ni a su esposo ni a sus hijos. Su entrega no era sumisión sino cariño.
Ese vivir en la maravilla del momento la llevó a resonar con todas las personas con quien se cruzó y seguro eso hizo que su existencia fuera muy agotadora, pero a la vez muy iluminada. Transitó su vida entonces sensible al extremo, propensa a entender de milagros e iluminaciones, con un tumulto de emociones pero con una entereza interior que le permitió conectar situaciones y leer rostros, miradas, gestos intempestivos, pero a la vez situaciones complejas que podía resumir como la gente que hace cálculos mentales casi que sin hacerlos, sólo adivinando las respuestas correctas en operaciones incomprensibles para quienes nos cuesta trabajo leer el presente. Eso la hizo propensa a sentir los peligros por adelantado y cultivó zozobras que no la abandonaban.
Eso le dio un cuerpo de sabiduría que fue acumulando instante tras instante en su enamoramiento con el mundo, lo que se tradujo en una generosidad y un cariño nada impostado ni meloso. Algo muy auténtico y muy contundente.
Como tal, la gente la adoraba, o la odiaba. Podía provocarle mucha envidia a las personas que no aguantan contemplar que alguien puede ser así. No se trataba de perfección, sino de una condición donde buscar y plantarse en la verdad de los momentos la hacía inmune, la ponía en un lugar desde donde nadie podía hacerle daño.
Y claro, aunque mucha gente le hizo daños reales, se las arregló para darles la vuelta sin rencores y sin recelos. Ella siguió confiando en el momento siguiente, en la persona siguiente, en que todos tenemos una capacidad de entrega si abrimos, si nos implicamos, si abrimos.
La gente la conoció como generosa irrenunciable. Por eso su frase de lo que se da no se pierde adquiere tanto peso en su vida, ya de adolescente y adulta.
Pese a todos los agravios que su mamá Rosa había cometido contra ella directamente, la dejó vivir con ella unos dos años, cuando se comenzaba a instalar en Cuernavaca trabajando de telefonista donde conoció a su compañero de la vida, Francisco.
Un día que regresó del trabajo, descubrió que Rosa se habia llevado todo, ropa, dinero, trastes de cocina, incluso algún mueble. Y le había dejado un escueto recado de que se iba porque necesitaba vivir en otra parte. Decía que en Guadalajara, que ahí tenía trabajo de homeópata y que se iba. Al igual que mamá Julietita, Rosa sabía curar y se fue, y dejó a Blanca sola, sin piedad, sin explicación real, sin horizonte.
Confiando en los momentos, Blanca pudo salir a flote y encontró a un hombre un poco mayor que ella que la cuidó y la veneró toda la vida, y que le propició ser todo lo que la interioridad de ella le iba creciendo.
La familia se transplantó a la ciudad de México y sus años de casada le dieron dos hijos con seis años de diferencia, más un hija fruto del primer matrimonio de su esposo, quien cargaba el fallecimiento de la mamá de Luz María, su niña.
Como familia, la suya le dio una vida promedio sin muchos sobresaltos ni penas, y los trabajos de Francisco y de ella misma les permitieron remontar las olas por encima de las circunstancias.
En cierta forma, encontrarse con Pancho, como la gente lo conocía, la rescató de las tristezas de su mamá y del abandono que había sentido hasta lo hondo del alma cuando anduvieron a pie por las rutas de Veracruz hacia el noroeste.
A partir de esa familia, Blanquita cultivó un cuidado de todo —y de toda la gente que la conoció.
Tenía sus rachas y no se puede decir que era todo bondad porque nadie lo es. Ella aceptaba sus arrebatos e incluso sus profundos enojos, pero eso no borró nunca su generosidad y su entendimiento natural e instantáneo del presente e incluso del futuro, una intuición vasta que la visitaba en sueños y apariciones.
Ella nunca quiso darle una importancia especial a eso e insistió siempre en que todos podíamos tener esa condición de experimentar las puertas de ida y vuelta a otros planos de la existencia si nos abríamos a que esos tránsitos ocurrieran. Para ella eso fue siempre natural. No eran fruto de la devoción, mucho menos de una mochería que nunca tuvo, ni de la ideología, new age o alternativa, ni de izquierda o de derecha, que ni estaban de moda entre la clase media de entonces. Eran su manto de experiencia y cuidado propio, de su sensibilidad al servicio de la convivencia. Ella le creyó a la convivencia y entendió que ésta era el dispositivo de la claridad, de la comprensión. Y así vivió y protegió a sus familia toda su vida.
Un momento muy contundente de estos episodios ocurrió una tarde en que me dijo: “oye, mijito, yo creo que tu abuela ya se murió, o ya se va a morir. Fíjate que ayer vino a visitarme en la noche. Vino con su cabello suelto y un camisón de noche, blanco y largo, y la vi parada a los pies de la cama. Todo era oscuro pero ella traía una luz en la frente, una especie de llama que la hacía muy bella. Me llamó con sus modos que tenía y me dijo que la abrazara, que quería que la perdonara de todo lo que me habia hecho, que sabía muy bien que era algo horrible y que quería saber que yo la perdonaba. Yo me puse a llorar y a llorar, y claro que la abracé, y abrazadas nos quedamos largo rato, ya no dijimos nada más”, me contó muy emocionada y llore y llore me abrazó y yo la arrullé un rato, sin entender bien qué ocurría.
Ella ya me habia demostrado en varias ocasiones que adivinaba lo que estaba pasando y que nadie sabía, o estaba oculto y ella lo descubría por pura “intuición”, por puro “instinto”. A veces de maneras sorprendentes o “mágicas”. En el episodio de la visita de su mamá Rosa, mi sorpresa más grande es que como a los cuatro días de la visita, hablaron de su familia de Guadalaljara para avisarle a Blanca que Rosa habia muerto, y que había preguntado por ella repetidas veces.
Ésta puede ser una historia interminable, donde volvemos a vivir con cada detalle de la persona que invocamos.
Baste relatar que hacia el final de sus días, se le descubrieron piedras en la vesícula y que de ahí se le desencadenó un cáncer que finalmente terminó con ella.
Tras la última operación que le practicaron en Nutrición, el doctor me buscó para comunicarme que tenía una metastasis terminal y que me dejaba la horrible tarea de hacerle saber que se iba a morir.
Yo me quedaba a cuidarla por las noches y me amarré el alma para animarme a decirle la terrible noticia. Hay quien dice que ésa es una crueldad y que deberíamos no decirles para que sus últimos días la gente la pase bien y en paz. En nuestra casa siempre fue lo contrario. Decir la verdad es siempre el primer talismán que nos regalamos.
El caso es que por la noche y a punto de que se durmiera, lo más dulcemente que pude le dije lo que me había informado el médico.
Blanquis, mi bonita, me dijo el médico que tengo que decirte muy crudamete que ya te vas, que no hay vuelta atrás, que la metastasis es final.
”Y cuánto tiempo tengo”, dijo suavecito. Como dos meses máximo. Se quedó callada.

Nos dormimos, ella en su cama de hospital y yo sentado pero con el torso recostado en su cama.
En la madrugada, despertamos casi al mismo tiempo y ella tuvo un gesto inolvidable para mí. Me dijo: “oye mi’jito”, “fíjate que soñé toda la noche. Soñé que venías y me decias que ya me iba yo a morir. Y yo creí y no, pero en todo caso si es o no sueño aquí estamos para estar juntos lo más que podamos”.
Tan generosa que me sacaba de la culpa que pudiera yo sentir por haberle dicho algo tan directo.
Decidimos que no se quedara en el hospital y la llevamos a que pasara sus últimos días con nosotros. Y lo único que puedo agregar a lo dicho es que con todo lo que nos contó en esos últimos días, con su generosidad con los cariños y las equivocaciones se fue en paz, sin cuentas que pagar y nada que cobrar.
Todavía un día antes de morir se quedó dormida y todos corrimos a verla y cuando nos sintió despertó de golpe y se sorprendió. “¿Qué, ya me toca?, y no estoy preparada. No tengo últimas palabras, yo que fui tan habliche no sé que voy a decir… ” y todos nos reímos y la tranquilizamos.
En la madrugada, finalmente, se fue diciendo “gracias, gracias, gracias gracias” y cerró los ojos muy en paz.
Ramón Vera
Editor, investigador independiente y acompañante de comunidades para la defensa de sus territorios, su soberanía alimentaria y autonomía. Forma parte de equipo Ojarasca.
Pues me pregunto como citadino, ¿ Y qué andabas haciendo por allá? Puede ser desde tu perspectiva, una pregunta tonta, pues ya la respondiste y fue una idea que debía haber quedado clara ´para el lector, lo dijiste, tanto importa llegar a donde vas como la caminata en sí misma (con otras palabras), me recordaba de un autor que mencionaba que hay cosas de las que uno solo se acuerda cuando camina, pero es una forma pálida para el peso que le das a la caminata en sí misma, la que, según percibo, es lo tal vez más importante, lo demás también, por supuesto, pero apuntas a la importancia de la caminata que va tejiendo y destilando todas las historias de esos parajes. Tu capacidad para narrar es obviamente muy buena, alejada de toda la información a que estamos acostumbrados y tal vez por eso lo de la desinformación. Algunos de los lugares mencionados, pocos, muy pocos, conozco, pero me doy una pequeña idea de lo que quieres decir. Saludos.