La memoria mapuche, barricada contra la barbarie capitalista

Entre Villa La Angostura (Neuquén) y Bariloche (Río Negro), la Ruta Nacional 40 transcurre a orillas del lago Nahuel Huapi, flanqueada por bosques de cipreses y cerros que limitan drásticamente el horizonte. Es verano y son muchísimos los automóviles que circulan porque el paisaje funciona como imán turístico y el período enero/febrero constituye la temporada alta. El régimen capitalista de las vacaciones ordena despreocuparse y no parece el mejor momento para la presentación de un libro, pero se organizó una actividad de esa índole en un escenario que tampoco aparenta afinidad con la propuesta: el territorio del lof Melo (lof alude al concepto mapuche de comunidad). El camino de ingreso arranca en un rincón al este del Brazo Huemul, un sitio de gran belleza escénica y playas lacustres tentadoras. Brilla el Sol y ninguna nube interrumpe el celeste del cielo, pero si se tienen en cuenta la sequía y los incendios devastadores de más al sur en Patagonia, no se puede calificar de benigno al clima. De hecho, el auto levanta tierra mientras trepa la montaña en búsqueda de la ruka (casa) comunitaria. Ya de a pie, cada paso hace otro tanto. Antes del espacio común hay una vivienda y caminos que se bifurcan en unas y otras direcciones, pero aquí todavía señorea el lemu (bosque en mapuzungun). No por nada un poco más arriba comienza la Reserva Natural Estricta Cuyín Manzano, un espacio del Parque Nacional Nahuel Huapi donde las actividades económicas no se permiten en aras de la conservación. Pero antes que llegaran las instituciones del Estado de afán conservacionista e incluso ante de su incorporación a la jurisdicción argentina, por aquí ya vivía gente que sabía muy bien cómo llevarse con las legiones de cipreses y coihues que hoy claman por lluvias.
Frente a la ruka llama la atención una extensa aguada. El ojo poco entrenado hasta puede llegar a conmoverse por la presencia de la extensa cavidad y sus aguas casi verdosas, pero si se observa con atención, se verá que su origen es artificial. Noelia Huenumil, inan lonco (la que sigue al longko) de lxs anfitriones nos dirá que no es obra de la comunidad, sino de los usurpadores que todavía hoy intentan quedarse con lugares que, para la lógica del mercado, son apetecibles. Nos explica que no muy lejos corren dos arroyos, de manera que el almacenamiento de agua se antojaría superfluo. “Ahí estaba la casa del abuelo. Hicieron la aguada ahí para borrar todo rastro”, denuncia la lamien (hermana en el sentido de integrante del mismo pueblo). Marcos Melo fue uno de los tantos pobladores que resultó asesinado cuando no hacía falta que la voracidad del capitalismo reparara en sutilezas. Transcurría junio de 1966 y una dictadura militar se preparaba para tomar el poder en la Argentina.

La aguada que esconde un crimen
Resistencia efectiva
El paraje se conoce como Paso Coihue. La presencia en la zona de los Melo y de sus vecinos, los Quintriqueo (Kinxikew), es como mínimo centenaria. En mayo de 2025 el prolongado conflicto vivió otro de sus momentos álgidos, al disponer un juez el desalojo de las dos comunidades del Lote 42, nomenclatura que impuso el Estado una vez que se hizo de territorio ajeno por la fuerza de las armas y genocidio mediante. Pero una vez más, la resistencia se demostró efectiva: integrantes de las comunidades permanecieron en el lugar, dieron a conocer que estaban dispuestos a resistir, convocaron a organizaciones sociales, desplegaron una estrategia jurídica que dio resultados y también accionaron con habilidad ante el gobierno provincial de Neuquén. Pero el libro que se iba a presentar no versa sobre la historia del lof Melo. Todavía no se escribió.
Carlos Hugo Temperini apenas si superaba los 20 años cuando llegó para desempeñarse como maestro rural en la Escuela 197 de El Chaiful, un paraje que inclusive en la actualidad se muestra esquivo ante los buscadores de Internet. Transcurrían los últimos años de esa década, cuando un mayo ardió Francia y en el sudeste asiático, el Vietcong empezaba a madurar la derrota del imperialismo estadounidense. Oriundo de la provincia de San Luis, el docente se extrañó ante cierta conducta de sus alumnos, quienes se demoraban unos momentos en el trayecto hacia el establecimiento antes de llegar y hacían otro tanto al retirarse. Casi 60 años después, pudo reconstruir en qué consistía esa extraña maniobra.

La dupla de actores y el lonko Lucas
“Nosotros, cuando éramos alumnos, íbamos de tamango de cuero de potro. Los dejábamos en los montes y nos poníamos las alpargatas para llegar a la escuela. Para hacer los tamangos los sacábamos de cualquier parte del cuero del potro y lo cortábamos medio alargado, de modo que cubriera todo el pie. Después le hacíamos agujeros por donde pasábamos tientos que sacábamos del mismo cuero”. Brindó la explicación Fidel Guarda, uno de los pibes que el maestro Carlos tuvo de alumno en aquel rincón poco apacible de la Patagonia profunda, antiguo territorio mapuche y tehuelche. A mediados de los 80, Fidel participó del Consejo Asesor Indígena (CAI), la primera experiencia organizativa del pueblo mapuche en la provincia de Río Negro que, aunque con el tema identitario en ciernes, se anticipó en casi una década a la reemergencia del pueblo originario y sus organizaciones en la Argentina.
Cuero seco
“Lo que pasa es que Carlos no los veía, porque nosotros lo usábamos en la casa y hasta los montes. Nos los sacábamos antes de llegar a la escuela”, completa el relato que llegó al libro. “No siempre lo usábamos, pero cuando no teníamos nada para ponernos usábamos esto, porque en verano, por ejemplo, se seca mucho el cuero”. Para cuidar las alpargatas o zapatillas era que aquel puñado de incansables caminadores se detenía antes de llegar a la escuela o después de dejarla. Para la travesía que arrancaba a la madrugada, para sortear heladas y para el cansador retorno después de dos turnos, tamangos nomás.
El docente que quiso saber qué fue de la vida de sus exalumnos tituló “Fidel Guarda. El hombre, la leyenda” (El Tabaquillo, 2023) al libro que tuvo intención de presentar, aunque más no fuera en las proximidades del paraje donde tuvieron lugar sus vivencias educativas. En compañía de su compañera, Judith Bocco, estuvo aquella tarde en el lof Melo, porque como explicó su lonco Lucas, “siempre que podemos acompañamos las luchas que se dan en el territorio, aunque queden lejos”. La que involucra a la memoria es una de ellas. Desde ya, Fidel estuvo presente, aunque tuviera que recorrer más de 300 kilómetros desde Küla Mawiza (Tres Montañas), el paraje cuya recuperación protagonizó hace más de 20 años.
Para sorpresa del que firma, una crónica de su autoría se extiende por 10 páginas en el libro de la dupla Temperini – Bocco. Data de 2017 y se detiene precisamente en la reivindicación finalmente exitosa que había acometido el lof Casiano Epugner a comienzos del milenio. Fue durante sus primeros episodios que conocí a Fidel, en primera instancia a través de entrevista meramente radiales. Posteriormente, durante algún trawün (asamblea o encuentro) en Ingeniero Jacobacci, la localidad cercana a Quetrequile, el espacio del que lxs mapuche movilizados se consideraban despojados.
Escribí entonces: “El dueño de casa se remonta a pasados remotos, pero él mismo es historia que vive. En su memoria y en su piel atesora más de 30 años de demandas mapuches. De movilizaciones y sinsabores, de crecimientos y retrocesos. Pero la que protagonizó es una recuperación exitosa cuya justicia incluso convalidó la Corte Suprema de la Nación, después de dos fallos adversos del Poder Judicial de Río Negro. Cuando no…” Casi 10 años más tarde, la historia continúa. Fidel me contó en la ruka del lof Melo que como Casiano era el apellido de un apropiador, la comunidad resolvió simplemente llamarse Epugner, en homenaje y como descendientes del legendario longko de los rankülche, voz mapuche que significa gente de los carrizales.
Lucas Melo invitó a hacer una pausa y nosotrxs decidimos emprender el regreso a Bariloche. Los atardeceres de los domingos son momentos propicios para el embotellamiento del tránsito o el taco, como dicen en Chile. Buena parte de la asistencia se disponía a churrasquear el asado que había quedado del mediodía y más allá de nuestras previsiones, en efecto las rutas estaban atestadas de vehículos. Si bien hay algunos carteles en mapuzungun en el espacio de la vecina comunidad Quintriqueo, me pregunto cuántos de lxs turistas supieron que atraviesan territorio mapuche y que detrás de esas tranqueras hay decenas de leyendas vivientes que pelean contra olvidos varios, entre otras luchas que sostienen.
Par de días antes de acometer estas líneas para Desinformémonos di con una sentencia que me conmueve. Está en el prólogo de un libro que no tiene nada que ver con el pueblo mapuche, pero parece muy a propósito: “jamás hubiera podido cimentarse un universo capitalista sobre la base de la memoria”. Quizá tuvieran otro propósito, pero el trabajo del maestro sanluiseño echó leña a recuerdos que sustentan derechos y apuntalan demandas. No queda duda alguna: como dicen los oceti sakowin (llamados sioux) y el peñi Nick Estes, nuestra historia es el futuro. Al olvido, ni un palmo de ventaja.

El paraje Kûla Mawiza.
Adrián Moyano
Adrián Moyano vive en Bariloche (Patagonia argentina). Es periodista, licenciado en Ciencias Políticas y escritor. Es autor de seis libros de historia mapuche. Integra una organización mapuche y un espacio antiextractivista.