La ley del hielo, los ojos del gigante

Tal vez las historias se van contando de muchas maneras y contribuyen a un cinema interior, emotivo, que nos hace nosotros y nos alimenta en alguna de las noches del alma como la que atravesamos.
Rescato este relato de los fuegos del tiempo, y vuelvo a poner en circulación las historias que se me quedaron alojadas cuando estuvimos en Helsinki y en Turkuu, Finlandia, en 2005
Entre castillos medievales, que trasminan la humedad de siglos y el lustre de las duelas y de los arbolajes de los barcos vikingos en el muelle, y las discusiones de obreros y obreras sindicalizados, parroquianos todos en una antigua sala de sauna en Helsinki, estas memorias se vuelven futuro.
Cuenta nuestro amigo Riisto que en la era del hielo todo el Báltico fue un enorme glaciar de dos kilómetros de alto, lo que significaba un peso enorme que fue sumiendo una vasta extensión de tierra. Al momento del deshielo este tracto inmenso quedó, en promedio, unos 57 metros más hundido y hoy lo conocemos como mar Báltico —en realidad un ente intermedio entre un mar y un lago porque su agua es mucho menos salada que la del resto de los mares. Un mar que aloja uno de los archipiélagos más numerosos del mundo. Como en un espejo extraño, la actual Finlandia es tal vez el país con más lagos del mundo.
Y cuando la presencia humana se hizo sentir en ese vasto territorio hoy finés, el pueblo suomi y el pueblo sami estuvieron relacionados, pero con los años los sami del sur y del centro —los samis de los bosques— fueron asimilados al más numeroso pueblo suomi y por supuesto poco a poco se asentaron y convirtieron en pueblos campesinos (que sembraban, recolectaban hongos, bayas, almendras y otros frutos del bosque; cazaban, pastoreaban y pescaban). Con el paso de los siglos, los suomi fueron asumiendo un papel más dominante y arrinconaron a los sami insumisos en la tundra de ese norte más inhóspito y helado. Este arrinconamiento produjo una transformación ideológica muy penetrante que no sólo le ocurrió a los sami sino que le sigue ocurriendo a muchos pueblos del mundo: los suomi se instauraron como la población “nacional” y a la minoría sami se le consideró de ahí en adelante como un pueblo indígena, como una minoría étnica. La institucionalidad suomi, finesa o finlandesa como llegó a conocerse, declaró desde entonces que los sami no tenían raíces comunes con la mayoría de la población. Hoy los sami siguen hostigados y sus derechos no son plenamente reconocidos ni respetados por los “finlandeses”.
Pero los avatares entre agredidos e invasores tienen asegunes y éstos configuran las historias.
Hay quienes después de ser los pueblos dominantes en una región se ven atacados por otros que ambicionan territorios y riquezas naturales o espirituales. Así los suomi y otros muchos pueblos del norte de Europa. Para ellos eran sagrados sus bosques, el corazón de sus territorios. Pero el clero romano católico sintió que esa veneración por los bosques amenazaba la religión impuesta desde el Vaticano. Así, en 1228 el papa Gregorio IX declaró impía la veneración de los bosques y mandó talarlos para poner iglesias en los claros.
Ahí comenzó la prolongada deforestación de Finlandia, una nación que hoy, olvidada totalmente de su historia de agravios, promueve la deforestación de los bosques más importantes del planeta a través de la empresa Indufor —que incluso ambiciona los bosques del pueblo sami del norte.
Riisto cuenta que por las fechas en que el clero decretó el desmonte de los bosques de Carelia, uno de los señores feudales finlandeses llegó a su casa tras un largo viaje y ahí se enteró que el arzobispo había llegado, había violado a su esposa tras maltratarla y someterla con brutalidad, había golpeado a sus sirvientes pese a que le habían obedecido en las arbitrarias órdenes que les dieran y había cortado varios de los árboles sagrados con ayuda de su guardia personal y de los espantados siervos del castillo.
El señor feudal supo esto de labios de su desconsolada esposa, se indignó al saber que el arzobispo y su séquito habían dispuesto de sus sirvientes sin consultarlo, se enojó al saber que los había maltratado, se puso furioso al punto de la rabia con la noticia de la violación de su esposa y se puso literalmente fuera de sí al enterarse que el arzobispo había talado los árboles sagrados: entonces el guerrero fue por la espada, buscó al arzobispo y lo atravesó sin mediar palabra ni amenaza tiñendo de sangre el hielo aledaño a los estanques de su propiedad. El cuerpo del arzobispo quedó ahí varios días hasta que el rojo se volvió negruzco y luego se escondió por la nieve que seguía cayendo, hasta que el cuerpo del arzobispo quedó congelado en un rictus indigno.
Nadie podría acabar impunemente con los bosques sagrados. Así pasaron los siguientes 500 años, pero el trabajo de deforestación y la proliferación de las iglesias rurales y la construcción de las ciudades a partir de los castillos y casas solariegas, fue de inicio el trabajo de los curas, como parte de sus deberes parroquiales.
Ellos penetraron como el mismo imperio romano nunca pudo. La conquista del norte de Europa la frenó el escorbuto, que diezmó las huestes de los emperadores, ignorantes de los saberes de los bosques con los que los pueblos pudieron combatir la enfermedad consumiendo moras de varias clases, fuente de vitamina c que les permitió sobrevivir siglos de invierno cruel.
La paradoja helada del pueblo finlandés de ahora es que pese a la imposición general de los suomis sobre los sami, Finlandia a su vez haya sufrido el sojuzgamiento sucesivo por ser siempre un territorio disputado por la Rusia zarista y después la Unión Soviética, por un lado, y por la Suecia imperial protestante, por el otro.
Hoy, el pueblo sami sigue buscando alcanzar la justicia: no se trata sólo de ser reconocido en sus derechos sino de que se respeten sus territorios, y su autonomía plena, sin sangre derramada sobre el hielo.
Con contradicciones así, vive el pueblo finlandés, y a la vez su historia les separa de prácticamente el resto de Europa. Recorríamos Helsinki y nos insistieron que visitáramos la sala de sauna Kotiharjun, una de las más renombradas por sus parroquianos obreros, una de las más antiguas de la ciudad, situada en un barrio antiguo. El modo es que se entra al tórrido vapor tras unos minutos se sale al frío de la calle para que sentados en banquetas de madera envueltos en toallas, con un trago de vodka, whisky o brandy se requilibran los humores del cuerpo, se disipa la cabeza entonces se regresa a los vapores depurativos. Esas salidas y entradas promueven convivencia y es la ocasión de que se cuenten historias y la gente discuta, recuerde, proponga, estableciendo comunalidad en toalla y chanclas de baño a una temperatura de 3 grados centígrados en plena calle. A mi compadre Pepe y mí, esos obreros nos pensaron griegos, por parloteadores y más oscuros de piel y cabello. Saber que éramos mexicanos les dio gusto y comenzaron no sólo a contar historias sino a discutir de política y de lucha de clases. Uno de esos parroquianos nos dejó estas reflexiones y este relato que va quedando muy con los tiempos de apocalipsis y sus cuatro jinetes, como está el mundo ahora. El parroquiano, un obrero de algún astillero del Báltico, abrió esta conversación que nos fue colectiva y muy iluminadora entre las y los que participamos.
“La historia de la migración, que hoy nos parece un fenómeno natural, pudo haber tenido uno de tantos comienzos con el secuestro perpetrado por caciques de antaño cuando decretaron: ustedes ya no deben crear para ustedes. Deben trabajar para mí. Los quiero aquí, acasillados. Esta primera dislocación, artificial, contribuyó a apuntalar el despojo de las tierras de los secuestrados, y estableció una desigual relación entre el campo y eso que sería la ciudad. Se exigió que la gente, en vez de dedicarse a sí misma y sus necesidades comunitarias, en vez de resolver con gran enfoque, los menesteres de la subsistencia, de la producción propia de alimentos, de los remedios y curaciones, de los saberes compartidos, trabajara (por la fuerza o con remuneración) para los señores regionales. Secuestrados a los castillos, las personas que además de sembrar eran herreros, carpinteros, hábiles con las cuentas o en la doma de caballos, comenzaron el viaje al servicio de otros, escindidos de lo comunitario. Las relaciones se enajenaron. Tal desmantelamiento comenzó a mover personas de una región a otra e instauró al castillo-ciudad como centro devastador de territorios, recursos, productos y gente reducida a mano de obra.
“El crecimiento del castillo y el diseño de sus escaleras, aposentos, drenajes, chimeneas y fogones, letrinas, espacios para dormir y áreas de aire libre, prefiguran con gran precisión las megaurbes de hoy: no es sólo la aglomeración de personas que trabajan para los de mayor poder, es la matriz misma de los enormes edificios de apartamentos y la textura de los barrios. (Hay un castillo en Turkuu, en la costa de Finlandia, donde es diáfana esta lógica de condominio de la construcción. Al recorrer las salas y aposentos uno imagina los planos detallados con lógica industrial de la unidad habitacional moderna.)
Los habitantes de los territorios fuera de los límites de la muralla comenzaron a ser vistos como exóticos, ajenos, ignorantes, diferentes e incapaces. El término pagano que alguna vez denotó únicamente al campesino (el habitante del pagus, el espacio rústico comunitario) hoy es sinónimo de otredad e intolerancia y objeto de desprecio, sobre todo religioso.
En suma, lo que comenzó como un trabajo forzado para los señores devino con los siglos en la remachona idea de que la gente no puede subsanar sus propias necesidades sin trabajar para otros en la economía del dinero que la ciudad expande, cual verdadero límite. Que la gente aceptara más fácilmente la idea de que vender trabajo en el ámbito urbano representaba progreso, confort, abundancia y sabiduría, y que aceptara el orden divino, monárquico, militar o civil de una “superioridad”, comenzó a ser posible al instituir la escuela como única manera de ascender en la escala social (aparte del robo, las incursiones de pillaje, la corrupción y las traiciones palaciegas)”.
Alguno de los parroquianos viejos dijo después de dos salidas al frío: “Como lo entendemos ahora, todo poder es la apropiación, brutal, desmedida, de las relaciones existentes, trastocadas de inmediato en servidumbre, dislocación y secuestro de voluntades y saberes. El poder no es sino acumulación. Acumular procesos o instrumentos monetarios deviene lo mismo. Esto implica un extrañamiento con los verdaderos fundamentos de la vida y las relaciones. La ciudad es un virus que fagocita los campos aledaños y en su guerra de conquista devasta los antiguos y “ajenos” territorios haciendo que enormes cantidades de campesinos la inunden, precarizados, lo que de nuevo expande la ciudad en un círculo vicioso que no habrá de parar con ningún modelo mientras no minemos los cimientos de la lógica del progreso, en su acumulación-devastación. Esto abrió la siguiente conversación, que colectivamente nos enriqueció dos veces: por lo conversado, y por ejercer la comunalidad y la memoria.
Al campo lo vacían. Se insiste en que los campesinos dejen de estorbar, dicen, la expansión de la ciudad, industrializada, al ámbito rural. Las agro-empresas, extensión de lo urbano, intentan sustituir la labor campesina de producción de alimentos, aunque unos 3 800 millones de personas en el mundo sigan reivindicando que la autonomía más primera es producir su propia comida, en mayor o menor medida con una lógica comunitaria, y produzcan alimentos para sí mismas y para las ciudades o estén implicadas en los sistemas agroalimentarios. Según cifras de la FAO, Cerca de 1230 millones de personas trabajaban en los sistemas agroalimentarios de todo el mundo en 2019, y más del triple de esa cifra, o casi la mitad de la población mundial, vive en hogares vinculados a los sistemas agroalimentarios, según una nueva investigación de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).
Como ahora la tecnología, los políticos y militares, el mercado y la fusión corporativa intentan desmantelar todo el legado de saberes y relaciones de la humanidad, mientras no le demos peso a la historia remota de cómo se expandió el capitalismo no podremos entender cómo realizar un trabajo de resistencia que nos incluya a urbanos y rurales desde una perspectiva de hermanamiento, y no meramente de solidaridad con “los excluidos”.
La ciudad no podrá desarmarse así nomás. Tal vez deba corroerse desde dentro cambiando su lógica, de una de consumo enajenado de alimentos, alojamiento y servicios, a partir de vender trabajo, a la producción de alimentos propios y la recuperación de los ámbitos comunes de la humanidad que la ciudad-capitalismo fragmenta y desperdicia. Como bien señala Jean Robert, la ciudad no siempre fue ajena a la agricultura, ni tuvo su lógica un extrañamiento con lo rural.
No podremos revertir la tendencia actual de las urbes si no asumimos un horizonte de larguísimo plazo para atrás y hacia adelante, agregando que, sin embargo, “son estos quinientos años de cultura los que nos permiten ver el panorama completo”, como bien señala John Berger.
Se hace necesario detallar y armar (con piezas que aparentemente no embonan) una figura, hoy incompleta, de la devastación capitalista. Mientras asumamos una historia deslavada y lineal, estamos condenados a creer que un cambio de gobierno o una revolución que lo posponga todo hasta tomar el poder por cualquier medio, son la medicina que “cura” un problema para el que no hemos pensado soluciones realmente radicales. Hoy con la guerra cubriendo con su manto de violencia y vileza todas las relaciones, imaginar salidas se vuelve todavía más urgente
Inquieta entonces la siguiente historia de Simbad el marino, que el mismo parroquiano nos relató. “Cuentan que tras una tormenta devastadora, Simbad se vio arrastrado en una balsa, solo, y llegó a una costa remota. Adormilado todavía, lo despertó la fuerza aplastante de un gigante que ya estaba apostado sobre sus hombros y una atronadora voz que le decía: levántate, camina, miserable, trabajarás para mí y para ti y me llevarás a donde yo quiera.
“Así lo hizo Simbad tras luchar un rato con el gigante, que desde su posición, le restaba movilidad y fuerza.
“Pasaron los días. A veces Simbad se esforzaba por tirar al gigante, sin lograrlo. En otras ocasiones lloraba y se lamentaba de su suerte, recibiendo en respuesta las risotadas de su torturador. Simbad trabajó y transportó a su dueño y éste, ni por un instante fugaz, se bajaba de sus hombros. Con el tiempo trabaron relación (qué otra, pensaba Simbad). Ante los sollozos, la ira, o ante el reconocimiento de que se le menguaban las fuerzas, el gigante se conmovía por momentos, incluso por días. Y comenzó a preguntarle: qué necesitas, Simbad, dime y te lo daré con tal de que me sirvas. Y Simbad le alegaba y cansado le pedía más comida, agua, reposo, diálogo. Pero el gigante, ni por un instante fugaz, se bajaba de los hombros de Simbad. Vamos, ni para dormir. Eso sí, cada vez parecía entender más a Simbad, y lo consentía con aguas deliciosas, con frutas fortificantes, con guisos exquisitos. Comenzó a preguntarle por sus preocupaciones y hasta comenzó a consultarlo en muchas cuestiones que el gigante desconocía. Simbad, paciente, y a veces esperanzado, supuso que el gigante se ablandaba y hasta llegó a agradecerle que hablara con él y que hubiera una relación más humana entre ambos. Llegaron a reír juntos, sí, pero ni por un instante fugaz se bajó de los hombros de Simbad.
“Pasaron los años, algunos dicen que siglos. Llegaron a conocerse muy bien, y el gigante comenzó a prever los intentos de fuga de Simbad. A veces lo fustigaba salvajemente y otras le hablaba con dulzura. Le proveyó de placeres, mujeres y vino, le prometió riquezas —pero ni por un instante se bajó de sus hombros.
Una noche, con la luz de las estrellas alumbrando el firmamento, mientras caminaban hacia un risco, Simbad sacó de entre sus ropas una cimitarra que había ocultado por semanas y de un certero tajo le cortó ambas piernas al gigante que, sorprendido, cayó al abismo.
Simbad respiró aliviado y lloró y lloró, sin saber bien por qué.
Tal vez tendremos que entender que ya no basta un arreglo parlamentario, una conferencia de las partes, una revuelta local o regional, una revolución nacional o un cambio de gobierno, sea pacífico o armado, para quitarnos de las espaldas ese gigante planetario que produce aceleradamente miseria y desperdicio, devastación y muerte. Ocupamos un cambio radical que habrá de venir, no de las ideologías en boga, no de las ideologías olvidadas, sino del paciente y urgente trabajo de derrumbamiento del sistema que quiso desmantelarlo todo para erigirse en los hombros del mundo.
Esta tarea requiere estudio, detalle, y verle los ojos al gigante. Ocupamos herramientas para cortarle los pies. Cómo pensamos esto ante la trabazón violenta de los poderosos que no tienen conmiseración alguna por las infancias y por cualquier persona, por la comunidad y la historia milenaria, pensemos en Palestina, Irán, Líbano.
Tan sólo en Palestina según Wikipedia, cifras oficiales del Ministerio de Salud de Gaza y de las autoridades israelíes, hasta diciembre de 2025, señalan más de 72 000 personas habían muerto este genocidio[1][2][3], en su gran mayoría en la Franja de Gaza. Entre los muertos se cuentan unos 1600 trabajadores sanitarios,[4] 390 trabajadores de la UNRWA —el mayor número de muertos en la historia de la ONU—,[5]120 académicos[6] y más de 259 periodistas.[7] Se cree que hay miles de cadáveres más bajo los escombros de los edificios destruidos.[8] Una serie de estudios académicos han estimado que el 80% de los palestinos muertos son civiles.[9][10][11] Un estudio de la OACDH, que verificó las muertes de tres fuentes independientes, encontró que el 70% de los palestinos muertos en edificios residenciales o viviendas similares eran mujeres y niños.[12]
La gran mayoría de las víctimas de la guerra han tenido lugar en la Franja de Gaza, donde los bombardeos que Israel ha lanzado han provocado la muerte de al menos 71 660 personas,[13] en su gran mayoría civiles (el 83 % según datos de inteligencia de las FDI[14]), entre ellos al menos 20 179 niños y más de 10 000 mujeres (en torno al 72 %), a los que se suman más de 171 419 heridos (incluidos al menos 40 500 niños y 19 000 mujeres)[15] —de los que se estima que un cuarto sufren secuelas de por vida, como amputaciones, quemaduras y lesiones craneales—[16] y más de 14 400 desaparecidos, lo que elevaría la cifra de fallecidos aún más,[15][17] entre ellos 4400 mujeres y niños,[18]
Ramón Vera
Editor, investigador independiente y acompañante de comunidades para la defensa de sus territorios, su soberanía alimentaria y autonomía. Forma parte de equipo Ojarasca.
Pues me pregunto como citadino, ¿ Y qué andabas haciendo por allá? Puede ser desde tu perspectiva, una pregunta tonta, pues ya la respondiste y fue una idea que debía haber quedado clara ´para el lector, lo dijiste, tanto importa llegar a donde vas como la caminata en sí misma (con otras palabras), me recordaba de un autor que mencionaba que hay cosas de las que uno solo se acuerda cuando camina, pero es una forma pálida para el peso que le das a la caminata en sí misma, la que, según percibo, es lo tal vez más importante, lo demás también, por supuesto, pero apuntas a la importancia de la caminata que va tejiendo y destilando todas las historias de esos parajes. Tu capacidad para narrar es obviamente muy buena, alejada de toda la información a que estamos acostumbrados y tal vez por eso lo de la desinformación. Algunos de los lugares mencionados, pocos, muy pocos, conozco, pero me doy una pequeña idea de lo que quieres decir. Saludos.