La lápida del derecho internacional
El ataque de Estados Unidos contra Venezuela del 3 de enero de éste año demostró y blindó el sepulcro en el que se encuentra el derecho internacional. El ataque a Gaza desde 2023 fue el momento en el que se abrió la fosa para sepultarlo. Afganistán fue su fusilamiento.
Antes existía una diferencia entre el derecho internacional de los derechos humanos y el derecho internacional humanitario, ésta radicaba en que el derecho internacional humanitario estaba dirigido a los actos cometidos en guerras, distinguía entre civiles y combatientes, cosa que cambió radicalmente desde que padecemos los efectos de la guerra a escala global que los y las zapatistas nombraron en su momento IV Guerra Mundial y que ahora se ha extendido, sin que parezca tener fin. Se manifiesta en una secuencia de hechos violentos que aumentan de tono y vuelven casi imposible reconocer el inicio y final de una guerra que coloca a toda la humanidad como objetivo. Las poblaciones que antes podían ser consideradas civiles son tratadas como combatientes por las fuerzas criminales poderosas. Así esa distinción entre derecho internacional humanitario y de los derechos humanos se desdibuja.
En el derecho internacional humanitario existía una distinción fundamental entre civiles y combatientes y entre objetivos militares y bienes civiles. Los combatientes podían ser objeto de ataque y los civiles no, a menos que participaran directamente en las hostilidades y solo durante ese tiempo. En teoría estaban protegidos por los principios de proporcionalidad y de precaución contra los efectos de los ataques. Eso cambió tajantemente porque dejó de distinguirse entre civiles y militares, es algo que quedó exhibido en Afganistán, Gaza y Venezuela y que ahora vemos incluso dentro de los Estados como podemos ver recientemente en Estados Unidos, Irán, el Kurdistán y muchos otros.
El asunto del territorio al que se hace extensiva la guerra también ha cambiado, es decir que se rompió la noción de que un Estado ataca a otro, porque existe un Estado atacando múltiples territorios y tratando como combatientes a nivel global a personas solidarias con los pueblos directamente afectados por la guerra, como sucede con las detenciones de personas que han alzado la voz y puesto el cuerpo en solidaridad con el pueblo palestino desde sus diversas geografías, así ha sucedido en Inglaterra, Alemania, Francia, Italia, solo por decir algunos. Cada vez es más informal, oculta e ilegal la participación de los Estados en los conflictos.
Dejó de aceptarse el acuerdo que hicieron los Estados que adoptaron el Estatuto de Roma, por el que se establecía la Corte Penal Internacional (CPI) y que implicaba aceptar la competencia de un Tribunal Penal Internacional permanente para el enjuiciamiento de los responsables de los crímenes más graves.
En teoría, la CPI podría intervenir en contra de Trump aún cuando éste ha sacado a Estados Unidos del Estatuto de Roma, pues el principal objetivo de la Corte es poner fin a la impunidad de los autores de los crímenes más graves para la comunidad internacional en su conjunto. Más allá de que esto sea viable, la necesidad de presionar para que Trump sea sentenciado ante esta instancia se hace necesario como un paso mínimo de señalamiento y personificación del absurdo que lleva a la intensificación de la pesadilla a nivel global.
Trump cree que con salirse de todos los tratados está libre de culpa. La pregunta es si como humanidad podemos permitirlo. A diferencia de otros momentos en la historia de Estados Unidos, mientras Trump arremete abierta y descaradamente contra el mundo, lo hace también contra su propia población. El intento de invocar la Ley de Insurrección para enviar personal militar en servicio activo a Minnesota para atacar a la población, es una muestra de ésta dinámica de guerra. Al menos 20 personas murieron bajo custodia del ICE (Inmigración y control de aduanas) el año pasado y este año la velocidad con la que aumenta esta lista de la atrocidad es profundamente grave.
Trump está intentando hacer explotar las ruinas del Sistema de Naciones Unidas operando abierta y descaradamente como un criminal empresarial/ahora también criminal de guerra que ofrece países como si fuesen piezas de intercambio, ocupando territorios y obteniendo ganacias absurdamente demostrando que el Derecho Internacional ha sido profundamente dependiente de Estados Unidos.
La presentación del “Board of Peace” de Trump en Davos que se basa en la construcción de infraestructura militar construida por Israel cortando por la mitad a Gaza mediante la destrucción sistemática va a llevar al límite el apartheid pues van a intentar construir ciudades de hiperlujo que parecieran sacadas de una distopía postapocalíptica, al lado de campos de refugiado/as, es un símbolo monstruoso del genocidio como negocio, un ejercicio aberrante de lucro con la muerte masiva. Lo que las y los zapatistas han insistido una y otra vez, la destrucción/despoblamiento/reconstrucción y reordenamiento llevada a dimensiones profundamente delirantes es lo que representa ese “plan de paz”. El apetito criminal de Trump que tiene en sus planes y objetivos de forma simultánea muchos países, materializa no solo la acumulación por desposesión sino por genocidio.
Se “ordena” el mundo y desde arriba se rompen los pocos límites que quedaban al poder, la atrocidad, el crimen contra la humanidad. Pero no podemos llorar en la tumba del derecho internacional, nos queda tomar las herramientas que aún son útiles con mayor fuerza desde abajo, romper las reglas que legalizan la atrocidad global ejercida burdamente desde arriba. Si el gran problema y la falla de estos instrumentos ha sido que la atribución de procesar y denunciar actores estatales criminales radica en los propios Estados, entonces lo que nos queda es arrebatarle esa prerrogativa a éstos para ampliar la presión desde abajo, hacer que respondan por sus actos sin pasar por los Estados.
La amplia respuesta en la ciudad de Mineapolis, Estados Unidos, que desafía las bajas temperaturas y a la Gestapo trumpiana, los mares de personas que están plantando cara y cuerpo contra los regímenes más autoritarios en el Kurdistán y en Irán, los movimientos de solidaridad, que cada vez más pasan de ser solidarios a hacerse parte del daño, no van a parar, son el horizonte para parar las guerras.
La geopolítica afila su carácter criminal potenciado intensamente por el capitalismo, la fortaleza del abajo en el que cada vez aumenta más la rabia indica que los acuerdos para perseguir y detener las atrocidades necesita de instrumentos no estatales que no distingan fronteras. El subcomandante Moisés dijo en el Semillero “De historias, pirámides, amores y desamores” en diciembre pasado que el común salva a la gente/es posible defendernos en común palabras no solo sabias sino profundas que tenemos que caminar y llevar a la práctica en nuestros rincones, con nuestros propios pasos, dolores y esperanzas. Retomando también palabras del Capitán Marcos en el mismo semillero exportar la subversión y perseguir a la Hidra por donde sea, son pistas en un camino que entre grises se guarda debajo de la tierra, las semillas para el día después están sembradas décadas y décadas antes de ese día.
Tamara San Miguel y Eduardo J. Almeida
Tamara San Miguel y Eduardo J. Almeida tratan de acompañar y tejer caminos entre luchas. Son integrantes del Nodo de Derechos Humanos, del proyecto Etćetera Errante y Adherentes a la Sexta Delcaración de la Selva Lacandona.