La importancia de reconocer las victorias de los pueblos
Siempre me llamó la atención que cualquier huelga obrera, desde la que se realiza por un aumento de salarios hasta la que busca evitar un cierre patronal o lock out, ocupe los titulares de los medios progresistas y de izquierda, y a veces hasta de los grandes medios, mientras se ignoran los triunfos de los pueblos originarios y negros.
Recientemente sucedió algo de eso en Brasil, con la impresionante movilización de catorce pueblos de las riberas del río Tapajós, que lograron nada menos que impedir la privatización de tres grandes ríos amazónicos (Tocantins, Madera y Tapajós) en los que se preveían obras de dragado y la construcción de puertos y terminales de carga para convertirlos en hidrovías. Fue un triunfo contra una de las multinacionales más importantes del mundo, Cargill, y contra un gobierno progresista como el de Lula da Silva.
Luego de un mes de acampada frente al terminal de la multinacional y cuando se habían convocado movilizaciones en todas las grandes ciudades en apoyo de los pueblos, el gobierno retiró el decreto que habilitaba las obras. En apoyo de los pueblos se movilizaron pequeños grupos solidarios, ambientalistas, libertarios, mujeres y jóvenes anticapitalistas, y un amplio conjunto de colectivos locales dispersos en todo el país, escasamente articulados y por fuera de las grandes burocracias sindicales, partidarias y de los grandes movimientos.
Quiero adelantar algunas reflexiones para explicar tanto la ausencia de la central sindical y del movimiento sin tierra, como de la escasa trascendencia que le dieron los medios de izquierda a esta notable lucha.
La primera es que se trató de un combate contra el capitalismo, en la línea de frente donde el sistema avanza con mayor ímpetu. Luchar contra el capitalismo no cuenta con grandes apoyos en estos momentos, quizá porque la izquierda y los movimientos que le son afines buscan solamente un lugar cómodo dentro del sistema, habiendo abandonado la menor voluntad de trascenderlo.Dicho de otro modo, la tensión anticapitalista se ha refugiado en los pueblos del color de la tierra, en campesinos y periferias urbanas, los que Fanon definió como “los condenados de la tierra”. No son ambientalistas, en sentido restringido, sino que luchan nada menos que por la vida contra la muerte, por no desaparecer como pueblos tragados por el progreso.
La segunda es que se trata de pueblos no blancos, no urbanos, no institucionalizados no amparados por grandes burocracias. Esto enseña el cariz colonial y racista de la casi totalidad de las izquierdas y de los “grandes” movimientos. Algunos se limitaron a una simple nota de apoyo, cuando alimentar y sostener a 600 personas durante 33 días, hubiera requerido un amplio movimiento de solidaridad. Fueron los pueblos los que se sostuvieron durante ese tiempo, con todos los recursos que implica una acampada masiva lejos de sus comunidades.
No debería sorprender que las izquierdas sean racistas, pero da mucha rabia que hablen bonito contra las derechas y luego no muevan sus enromes recursos en apoyo de las luchas que verdaderamente buscan frenar al capitalismo.
Una tercera cuestión aparece ligada a la acción directa, protagonizada por jóvenes y jóvenas, con especial participación de las mujeres. Por más que lo nieguen, las izquierdas se han vuelto profundamente patriarcales e institucionales. Endiosan a líderes como Lula y no encuentran referentes entre los pueblos, porque ellos se mueven comunitariamente y son reacios al individualismo, aunque en ocasiones algunos se mimetizan con los liderazgos del sistema e intentan reproducirlos.
El capitalismo es eso, articula racismo y patriarcado desde hace cinco siglos. Lo que duele es que tanta gente se deje engañar por esas izquierdas, esos movimientos y esos intelectuales que se han integrado al sistema pero mantienen un discurso “crítico”, se dicen feministas y defensores de las disidencias, pero lo hacen para fortalecer la dominación.
Habría que concluir con alguna referencia al pensamiento crítico. Está tan domesticado, que no puede ver más allá del Estado, colocando por delante los intereses de las naciones por encima de las clases, los colores de piel y las opresiones de género. Ya son parte del sistema, que los utiliza para domesticar las luchas y apaciguar las resistencias.
Raúl Zibechi
Periodista y educador popular; acompañante de las luchas de los pueblos de Amércia Latina.
«Todos somos agua»
Todos somos vida, no es sólo defender los recursos vitales; nosotros mismos somos parte de esos recursos: defendamos nuestra vida y la de nuestros hijos.
Gracias por resistir y denunciar