La ciudad que no se rinde
Septiembre en Milán arrancó con la resaca del desalojo del Centro Social Leoncavallo, ejecutado el 21 de agosto por orden directa del Ministerio del Interior, hoy en manos de los Hermanos de Italia, quienes aprovecharon la total incapacidad del gobierno municipal para dar una salida política a una situación histórica.
El ayuntamiento no actuó, no protegió, no supo defender uno de los espacios sociales más emblemáticos de la ciudad, y así dejó el camino libre para una operación de fuerza, impuesta desde arriba, que buscó cerrar por la vía del desalojo lo que no habían logrado borrar con el tiempo. La marcha del 6 de septiembre fue la respuesta: miles de personas recorrieron las calles de Milán no sólo para reclamar el espacio arrebatado, sino para denunciar un modelo de ciudad construido sobre la expulsión, la especulación y el silencio cómplice. No fue sólo una marcha por el Leoncavallo, fue contra una ciudad que reprime lo que está vivo y protege lo que genera ganancia.
Pero septiembre también estuvo atravesado por una movilización constante en solidaridad con Palestina: desde antes del día 22, cada sábado hubo acciones y plantones, y en los días previos a la huelga general se multiplicaron las respuestas al ataque contra la Sumud, la flotilla global que llevaba ayuda humanitaria y activistas rumbo a Gaza. La gran manifestación del 22 de septiembre canalizó toda esa energía acumulada: 80 mil personas salieron a las calles durante la huelga general convocada por los sindicatos de base, desafiando la lluvia y las restricciones impuestas por las autoridades. Bajo el aguacero, la multitud rechazó la orden de la policía de no entrar a la Estación Central, rompió el cerco y se enfrentó con la policía para tomar uno de los puntos simbólicos de la ciudad y gritar su solidaridad con el pueblo palestino.
Fue una de las movilizaciones más grandes y combativas de los últimos años, muestra de una solidaridad internacionalista que no se deja intimidar ni por el clima ni por los golpes. Y la del 22 no fue una excepción: desde el 7 de octubre, cada sábado Milán ha sido escenario de marchas a favor de Palestina, en una movilización sostenida que no acepta ni treguas ni silencios. Mientras las calles se llenaban de voces y banderas, el Concejo Municipal aprobaba otra traición: la venta del estadio de San Siro a los clubes Milan e Inter, entregando a manos privadas un bien público con enorme valor simbólico y popular. Otro pedazo de ciudad fue sacrificado en nombre de la “renovación urbana”, que no es más que una forma elegante de llamar a la especulación, mientras se hace polvo el derecho a la ciudad.
El hilo que une el desalojo del Leoncavallo, la movilización por Palestina y la venta de San Siro es claro: la transformación de Milán en una ciudad sin márgenes, sin memoria, sin conflicto, hecha a la medida de quienes compran, no de quienes la habitan. Pero septiembre también dejó ver otra Milán: la que no se rinde, la que se organiza, la que sale a la calle y se niega a ser espectadora. Una Milán que, pese a todo, resiste.
Andrea Cegna
Autor de narrativas heréticas, historias de resistencia y alternativas, visiones asimétricas sobre el capitalismo europeo.