En Movimiento

Raúl Zibechi

El sin-sentido de votar

Cuando el sistema político se empeña en que vayamos a votar, debemos sospechar. Pero cuando la posibilidad de votar se produce en un país cuya sociedad se está descomponiendo de forma evidente, con resultados tremendos para la población, deberíamos reflexionar sobre la utilidad de colocar una papeleta en la urna.

El tema es el siguiente, y la reflexión que sigue está centrada en Argentina, pero con los matices necesarios puede extenderse a otros países: ¿Cuál es el principal problema de la sociedad argentina? No pregunto por el país, lo que sería indagar necesariamente por el Estado-nación y por el sector empresarial, entre otros. Pregunto por la sociedad civil, por los seres humanos que no forman parte del 10% más rico.

Su principal problema es la descomposición de la sociedad, cuestión que me parece más importante que la desocupación, los bajos ingresos o, incluso, el aumento de la pobreza. Lo que se descompone deja de ser, se pudre, y la pudrición genera contaminación a su alrededor, malos olores que son apenas síntomas de que algo va muy mal. Una sociedad que se descompone supone una guerra de todos contra todos, sin solución.

Pero además, y esto es central, la descomposición societal con su inevitable dosis de corrupción y disgregación, nos enseña la incapacidad de ese cuerpo social de reconstruirse, porque de eso se trata la putrefacción. Un cuerpo que ya no es cuerpo, algo sin vida que por lo tanto no puede hacer nada para evitar la decadencia. Una espiral descendente, sin fin. Por eso en la Argentina cuatro de cada diez no fueron a votar, porque dejaron de creer no sólo en las urnas sino también en la posibilidad de que la decadencia sea reversible.

Así las cosas, y por más que no le guste a los partidos y a los políticos, no ir a votar aunque el voto sea obligatorio, es sinónimo de no creerles, de saber que ninguno va a hacer nada por ellos, aunque los invoquen unos y otros. Algo más: muchos de los que asistieron a las urnas este domingo en Buenos Aires, no lo hicieron porque crean que las cosas pueden mejorar, sino para sacar del medio a un personaje tan nefasto como Milei.

En el caso argentino hay algo más grave aún. La gente deja de ir a votar no porque crea que en su barrio, en su pueblo o en su espacio de vida puede construir algo colectivamente, posibilidad que fue desguazada por el progresismo al corromper con programas sociales a los movimientos que en 2001 fueron capaces de destituir a un gobierno neoliberal. Y este es un punto central, según puedo entender. Porque la descomposición no puede ser frenada, ni siquiera en espacios acotados, por la actividad colectiva organizada como movimientos.

Este es un drama mayor que ahora cobra toda su trágica dimensión. En la historia siempre fueron los movimientos (obreros, feministas, estudiantiles, campesinos, de pueblos originarios y negros) los que con su activismo forzaron a las elites a corregir el rumbo, aunque fuera a regañadientes. El historiador Eric Hobsbawm nos recuerda que la revolución rusa forzó al capitalismo a reformarse creando el Estado de Bienestar, ante la posibilidad de que el fuego rebelde perjudicara sus negocios.

Quiero decir dos cosas: la primera es que la descomposición argentina se arrastra a lo largo de más de medio siglo, se ha instalado casi como un sentido común en la sociedad; dos, que las fuerzas capaces de frenar el desastre han sido neutralizadas con discursos que aseguraban que actuaban en su nombre. Queda el abismo, ante el cuál millones deciden no acudir a votar, sabiendo que los que gobiernan son un desastre y los que pueden llegar al palacio no harán nada diferente, salvo los discursos.

Este doble drama, esta doble dimensión de la descomposición (la larga duración y la falta de “antioxidantes colectivos”) es lo que mucha personas intuyen cuando deciden desentenderse de todo y replegarse en un individualismo inútil, o derrapar hacia la enajenación.

Por supuesto, no celebro que la gente se quede en su casa, sin votar y sin organizarse. Es el camino seguro a la peor situación, tanto individual como colectiva. De modo que estas líneas son un llamado a no dejarse, a juntarse con otros y otras, a organizarse. Existen aún colectivos autónomos en Argentina. No tantos como los miles que hubo, pero existen. Deberían ser un referente para quienes conservan las ganas de resistir, más allá de las urnas.

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