¿Sainete institucional? ¿Signo de los tiempos FIFA-capitalistas que corren? ¿Abuso de autoridad? ¿Cuestión de enfoque (todo es del color del cristal…)? ¿Conflicto de intereses? ¿Apertura a la diversidad de las tres raíces (sobre todo las dos morenas) y las minorías sexuales? ¿Oportunísimo y sospechoso negocio en la Zona Cero de la gentrificación y el reventón cosmopolita? ¿Berrinche de poetas comodinos? ¿Municiones para la oposición? ¿Todo lo anterior, nada de lo anterior?
La pretendida transformación ajolotil de la Casa del Poeta Ramón López Velarde en un espacio multiusos al servicio del entretenimiento “cultural”, denominado La Casa de la Palabra, ha dejado perplejo a un gremio peculiar, visible y quizás legible a pequeña escala, disperso y confrontado en ocasiones pero que tiene algo en común: todos y todas asumen la poesía como arte, identidad y oficio, y para muchos como condición existencial. Dije gremio. Bueno, por primera vez en la historia reacciona como tal, en concordancia con su ser poetas. El hecho nos llegó a todos. Con perdón, “la palabra” no es “la poesía”. “La palabra” es cualquier cosa: un discurso político, una sermón en el templo, un anuncio, una telenovela, un burlesque (aunque aspire a brechtiano), una palabra más. Nada de eso, la poesía es lo que es.
Vivimos una suerte de consenso de que López Velarde es el padre de la poesía moderna mexicana. Puede tener matices el aserto, pero no es anecdótico. Remite al inicio de lo que podemos considerar el “Siglo de Plata” de la poesía nacional. El siglo XX será recordado como una edad brillante del arte y la cultura nacionales, quizás irrepetible. Particularmente en la creación poética. Tenemos cinco, tal vez diez de los poetas mayores de nuestra lengua en el periodo. Un premio Nobel. Y podríamos enumerar treinta, tal vez cincuenta, poetas de primer orden. Ni próceres, ni trágicos. Sus personas podemos olvidarlas. Lo que importa son sus vastas o breves obras, que siguen cantándonos al oído. ¿La poesía no merece tener casa propia?
Sus herederos y herederas somos multitud diversa, confusa, inaprehensible casi. Resuena el dictum dariano: “quién que es no es poeta” con un aire democrático. Aunque la poesía sea minoritaria, hoy en día no se hacen antologías sino directorios telefónicos. Se reparten premios por docenas. Por entidad federativa, género, ideología, grupo y cosas por el estilo. Además, a contracorriente de la intelectualidad “liberal” que conserva medios, editoriales y academias, aunque enfrentada por primera vez en su vida al régimen político dominante, han surgido novedades inéditas y trascendentes. Una de gran importancia: la aparición y multiplicación de poesía y literatura escritas en lenguas originarias, con calidad en muchos casos, y siempre bilingüe.
La poesía no es un mercado. No llena estadios ni librerías. No enriquece a nadie. Existen editoriales comerciales (no las grandes trasnacionales) que dan espacio a la poesía. Pero sobre todo, los poemas y libros circulan de mano en mano o en las márgenes “independientes” de festivales y ferias del libro. Por eso tiene relevancia la Casa del Poeta, establecida en un recinto histórico de indiscutible legitimidad y puertas abiertas.
Lo peor del giro impuesto a la Casa por la Secretaría de Cultura capitalina es su tufo a oportunismo comercial y su poco convincente argumentación culturalosa. Qué culpa tenemos de que la titular del ramo haya sido actriz y cabaretera culta en el pasado y quizás esa siga siendo su verdadera vocación. Ana Francis López Bayghen, o Ana Francis Mor, dramaturga y comediante, fue becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Conca) 2003-2004 y 2007-2008, beneficiaria del Programa de Intercambio de Residencias Artísticas en 2010 y becaria del programa de Creadores Escénicos con Trayectoria 2014-2016. En 2014 la asamblea legislativa de la CDMX premió a su grupo teatral, Las Reinas Chulas, con la medalla de las artes. También fue diputada en 2021. O sea, no le ha ido mal. Con su grupo administró varios años el teatro El Vicio, en el espacio creado por Salvador Novo para el teatro y la gastronomía. Empresaria, decidida defensora y promotora de las reivindicaciones LGBT+, forma parte del actual régimen encabezado por mujeres en lo político, y particularmente en lo cultural.
Aunque su abierto sionismo ha causado extrañeza entre muchos militantes de su partido, Morena, no dudó en manifestarse, ya como funcionaria, a favor de Israel frente a su embajada al inicio de la guerra genocida de ese país contra Palestina, y sigue siendo una personalidad muy apreciada por la Tribuna Israelita que justifica la aniquilación del pueblo originario de Palestina. Esto, en contraste con la postura crítica (si bien tibia) del gobierno mexicano contra el desastre humanitario y humanista que representa la Nakba “definitiva”.
En lo que es un abuso de poder, decidió transformar el recinto de los poetas mexicanos en un espacio más rentable que apuesta a casas llenas y gran diversión “de calidad”. Su predecesor en la Secretaria de Cultura, José Alfonso Suárez del Real, se ha empeñado en justificar el hecho como una gran idea, que “abre puertas” a las minorías se supone que marginadas, mismas que ocupan hoy el centro del discurso y la propaganda oficial: expresiones artísticas y artesanales de pueblos originarios y afrodescendientes, mujeres, miembros de la variopinta comunidad LGBT+. Como si no tuvieran a su permanente disposición el Palacio de Bellas Artes, el Centro Cultural Los Pinos y otros espacios. Como si no abundaran premios y becas para los creadores de dichos grupos. Y sobre todo, como si les estuviera vedada la Casa del Poeta. Circula en redes, pero las dos personas que me hicieron llegar por separado la petición de suspender el cambio realizado por López Bayghen en el recinto son, curiosamente, mujeres poetas en lenguas originarias.
Quizás la Casa languideció en tiempos recientes, como otros espacios de la cultura. ¿Hubo acaso la intención de debilitarla para darle un uso más rentable? Como diría Descartes, no lo descartes. Contra disposiciones legales establecidas y un evidente interés personal de la funcionaria, cabe presumir una forma de imposición institucional. En el corazón de la Roma Norte (el boyante Village chilango), el centro performativo con servicio de bar, escudado bajo la bandera arcoíris como chantaje ideológico, puede constituir un acto de corrupción. Es indispensable descartarlo o llevarlo hasta sus últimas consecuencias legales.