El Cafetal de nuestra memoria

Recuerdo el rostro de mi abuelo Santiago. Mi tata, como le decía con cariño, que amó profundamente a su pueblo, que era un gran líder comunitario, una persona de empuje, que le metía coraje y digna rabia cada vez que se paraba en las oficinas de alguna institución de los gobiernos… De él aprendí mucho. Por ejemplo, a nunca dejarme de nadie, a siempre mirar de frente, hacia arriba. A no agachar la cabeza frente a los funcionarios, porque ahí, en estos espacios, se aprovechan constantemente de nuestro desconocimiento.
Así inicia la historia que les voy a contar esta semana. Estamos justo en tiempos de cosecha de café en la montaña. Y esto empezó a traerme estas memorias, porque es la primera vez después de un largo camino, que por fin tostamos café de manera profesional, es la primera vez que logramos empujar este sueño de muchos años. Y él personaje que me heredó mi cafetalito, precisamente, fue mi abuelito Santiago.
Muchas veces se habla de que se tiene que sacar a los pueblos de la pobreza, la marginación, el olvido, y que necesitan “Progreso”, “Desarrollo” o “Bienestar”. Son palabras que se escriben con mayúsculas en letras grandes, pero no tienen sentido en nuestros pueblos de montaña. Sin embargo, poco se habla de los retos reales, estos que se viven en lo cotidiano y que se escriben con minúsculas. Que no son grandes conceptos sino vivencias cotidianas.
Desde nuestra experiencia como familias y mujeres productoras de café, existen muchos retos en los distintos territorios para romper las barreras de la comercialización directa. Se nos dificulta el acceder a los mercados para colocar los alimentos que producimos.
Enfrentamos distintos desafíos, como por ejemplo el racismo. No solo del tipo institucional del que ya hemos hablado suficientemente en anteriores columnas. Estamos hablando del otro racismo, que permea la sociedad “mexicana”. Nuestra sociedad, al fin de cuentas, se siente mestiza. Y, sí, se vanagloria del pasado indígena, pero no del presente indígena, que es él que a nosotros nos interesa y que vivimos en carne propia.

Se separa lo que nosotros aportamos a la sociedad. Nuestras ritualidades, nuestras artesanías o nuestro arte, mejor dicho. Nuestros alimentos y productos del campo, nuestra sabiduría. Se separan todos estos aspectos de nuestra personas y nuestras vidas. Se aprovecha lo que hacemos, pero se desprecia lo que somos.
A los alimentos, a lo que se produce de la tierra y el campo, por ejemplo, se presume y se disfruta. Pero se desprecia a la persona real, al campesino indígena, a la familia humilde, trabajadora del campo que pone su esfuerzo físico, su historia, su memoria en cada semilla que se siembra, que limpia, que abona y que cosecha. Nuestro presente como pueblos y, nuestras vidas son incómodas para el resto de la sociedad. Porque no responden a las mismas lógicas y porque no nos entienden, claro está. Pero sobre todo porque están plagadas por la marginación y la precarización de la vida. Y esto les da miedo. Como si fuera una enfermedad contagiosa de la que huyen porque no quieren ver la tremenda desigualdad, donde los pueblos seguimos explotados para enriquecer a muchos otros del país.
Ese es el racismo cotidiano, el que se infiltra en el día a día, con acciones excluyentes que te hacen sentir que no vales, que no perteneces, que no mereces que te hablen, o que no puedes estar en ciertos espacios, porque tienes otro color de piel, otra fisonomía, otros acentos al hablar… ¡Ese racismo mata culturalmente! Y quizás no solo habría que hablar del desarrollo económico que necesitamos los pueblos indígenas. Pero también de las clases medias y altas que necesitan desarrollar también y perder este racismo que a nosotros nos limita la vida. En México persiste en la sociedad un subdesarrollo moral.
Otro gran reto que enfrentamos para lograr mercados justos para las mujeres del cafetal es la limitación frente personas usureras, acaparadoras o coyotes, que compran a mayoreo lo que se produce en el campo pagando a bajos costos tanto el café o el maíz o cualquier otro alimento que se cosecha en los territorios de la montaña. Y que después lo revenden a precios jugosos para sus bolsillos.
Para poder deshacernos de estos coyotes intermediarios, nos faltan muchas cosas. A los pueblos se nos ponen tantas barreras administrativas, sin considerar que muchas personas de comunidad a veces no saben leer o escribir en ese lenguaje hegemónico como el español. Y todavía se nos piden registros, medidas y conteos administrativos que no cualquiera realiza. Se necesita cierto conocimiento del idioma español para conocer estas leyes o trámites de la administración pública de este país. También estamos desconectados de los centros del poder y del dinero. Después de la invasión, nuestra red de intercambios económicos fue cooptada por el imperio español. Y nos dejaron fuera de las tierras más productivas y de los negocios más rentables. Nos fuimos a refugiar a las montañas y a los desiertos, a zonas tan alejadas que el acceso es todavía complejo en varios de estos territorios. Y en la actualidad nos faltan los contactos que nos permitan vender nuestro café en estos centros del poder económico. Esas barreras son algunas de las que nos atoran en la actualidad. Y ese camino se vuelve tortuoso para nosotras. Por ello, muchas veces desistimos y terminamos vendiendo a estos acaparadores que conocen cómo se maneja el sistema económico y administrativo.

Otro de los agravios que sufrimos es que como pueblos siempre hemos sido utilizados históricamente como mano de obra para explotación laboral, tanto en las haciendas, en las fincas, y actualmente en los campos jornaleros y agroindustrias del norte de México, y la costa que se extiende desde Colima, Jalisco y Michoacán. O incluso en los Estados Unidos.
Hay personas que se aprovechan de nuestra situación de precarización laboral, y de nuestras necesidades en estos tiempos. Al final, este tipo de mano de obra sirve al capital, y esos cuerpos son utilizados en una explotación laboral en su versión moderna. La historia se ha repetido en distintas épocas de este país. Y quizás el “desarrollo” que verdaderamente necesitamos es la no repetición de esos errores históricos.
Recuerdo bien a mi abuelo aquel día. Ya estaba enfermo. Estaba recostado y en su consciencia, me preguntó si yo quería heredar el cafetalito que había trabajado junto a mi abuelita Marcelina por años. Porque de sus hijos, nadie había querido trabajar la tierra. Me lo dijo en nuestra lengua materna:
“An ndixa kastyuun nuú ñu’ú tan ndoe nda’ún tyi ni xiin va’á ka vina xitoun kastyiñukana nín ndakuina xa’é tan tu nan ndóe nda’un xa ka’án káxin xi’ín na nti nan kundaa i’ni na ya han kándia i’ni na xa’é tan ya nda’á yo’ó nan ndóe tan kaskuentun ña vaxi kiví”
“¿De verdad vas a trabajar la tierra, para que te la deje en tus manos? Porque tus tíos ya no quieren. No están dispuestos a seguir trabajando tus tíos. Ellos ni contestan, no responden. No dan su palabra por la tierra…Pero si la dejaré a tus manos, entonces hablaré con ellos para que su corazón se allane y corten su sentimiento hacia esa tierra…Entonces, ya en manos tuyas la dejaré para que la cuides…”.

A quienes me conocen a mí y a mi historia como mujer ñuu savi en mi querida montaña, saben que este camino me ha costado mucho. La costumbre, muchas veces, nos limita y nos lastima como mujeres de la lluvia. Pero ha habido momentos fugaces donde la costumbre llega a sentirse como una palmadita en el pecho. Pocas veces ocurre esto. Y me pongo a pensar: “tendría que haber más momentos así…” Pero no, lo que tenemos es un movimiento a la inversa. La costumbre se volvió más violenta, más agresiva, más deshumanizada contra nuestras cuerpas como mujeres. Pero no bajamos la guardia para tumbar esas estructuras que nos asesinan física, espiritual y emocionalmente. Está la verdadera costumbre que libera, que da firmeza y un piso sobre el cual caminar. Y está la costumbre colonial, que nos avasalla, que es como una prisión y nos impide seguir nuestro camino como pueblos.
Empecé el trabajo en el cafetal a mis 15 años con el abuelo materno precisamente. Éste mismo que me enseñó a conservar la mirada en alto en medio de nuestras circunstancias. Fui aprendiendo sobre la marcha, poco a poco, sin saberlo, cómo transmitimos nuestros saberes y valentías muchas veces como pueblos indígenas. No me daba cuenta de lo duro que era el trabajo del cafetal, me parecía natural. Se suda para cosechar café sin maquinaria, sin herbicidas, sin abonos, solo de lo que la tierra nos daba cada año. Unos años eran mejores que otros, pero siempre había esperanzas. Vender el café por kilo en capulín o cerezo tenía todo un sentido muy fuerte, de ganancias no solo económicas. También ganábamos memorias, conocimientos y sentimientos de equilibrio, apego y cariño a la tierra…al territorio. Los años que veníamos haciéndolo, nos amarraba emocional y espiritualmente a él, como un cordón umbilical que nos une. Así sostuvimos las cosechas por varios años, y eso lo atesoramos en nuestras memorias.
El café representa una posibilidad económica para las mujeres. Y dentro del territorio, son pocas las oportunidades. Requiere trabajo y romper las barreras que nos limitan y precariza la vida de las mujeres, descritas previamente en este texto. Necesitamos retomar las rutas de comercialización del café en nuestras manos. ¡Pero es una gran oportunidad de construir nuestra autonomía propia! Así con ese sueño común fue como decidimos trabajar como colectiva de mujeres del cafetal desde el año 2019. Empezó como un proceso de irnos acompañando. El grupo se conforma de mujeres muy diversas, madres autónomas, viudas, algunas abuelas. Todas ellas tienen a su cargo la crianza y la manutención de sus hogares, incluso muchas veces de sus hijxs.
Así inició nuestra apuesta. No nos interesa solo comprar en cantidades, porque eso ya lo realizan otros compañeros y compañeras que vienen de familias que tienen la posibilidad y los recursos económicos. Lo que queremos es caminar juntas. Acompañarnos, desde el proceso de siembra, de cosecha, de secado, hacia la comercialización del café después de haberlo tostado. Lo vemos como una estructura para el apoyo mutuo. Por esto somos las “Mujeres del Cafetal” y aquí les presento a algunas de ellas.

Nuestra colectiva alberga historias como la de Sonia. Sonia, es una abuela que va por los 90 años y que tiene el cafetal a las afueras de su casa. Ella enviudó hace unos años. Y se quedó sola con su hija (con esquizofrenia) y su nieta, que lastimosamente no pueden ser independientes. Viven solas las 3, y ella se hace cargo de mantener su hogar. Sus hijos no se acercan a apoyarla. Por lo que el café representa una posibilidad para ella. Entonces las vemos cada año, cuidar su cafetal grano a grano, para poder juntar lo de sus gastos. Su cafetal es como su caja de ahorro, le invierte tiempo y cada año le va sacando un poquito. Estaban felices estas 3 mujeres en la última visita que les hicimos, porque este año fue buena la producción, y esto que aún no terminaban de cosechar en febrero.
También está la historia de Amelia, una tía abuela con una historia difícil de desplazamiento forzado. Su esposo fue asesinado en la comunidad hace un poco más de una década. Hasta la fecha, este crimen quedó impune, y tuvo que irse por temor a que ella fuera la siguiente. Fue intimidada un par de veces y decidió irse con sus hijos a la ciudad. Pero cada tiempo regresa a ver su casa y el cafetal, a pesar de la situación y como si fuera un ritual imprescindible. El año pasado regresó como es costumbre, con la diferencia de que dejó pasar casi un mes antes de poder llegar al pueblo para la cosecha, porque se enfermó en la ciudad. Cosecha sola, porque sus hijos en la ciudad le dicen que ya no vaya, que no necesita de la venta de café para vivir. Pero ella no les hace caso y regresa cada año. Al final, con el cafetal no solo se trata de dinero. Le trae memorias de su trabajo, de su pueblo y de su infancia. Entonces, esta vez que volvió (ya cuando se sentía mejor) se percató que una persona perversa se había aprovechado y había robado toda su cosecha de café. Historias como estas pasan, en particular con las mujeres solas. Porque el mismo sistema comunitario deja de apoyarlas cuando no pueden cooperar, y terminan aisladas, marginadas.
La historia de Eloisa es importante también. Ella enviudó siendo muy joven todavía, con 4 hijas a su cuidado. Y después de trabajar varios como jornalera junto a su pareja, al enviudar pues tuvo que dejar de migrar y dedicarse a recuperar su pequeño cafetal que le heredó su padre. De ahí, le puso empeño, cariño y mucho trabajo, para ver años después el fruto de su trabajo… pero que no ha sido un tema sencillo, al final enfermó y le duele un brazo, lo que hace que no pueda trabajar como quisiera. Era un trabajo complicado, y ahora trabaja con una sola mano, lo que complica todo. Pero ese cafetal le ayudó a sobrevivir, dice, a ella y a sus hijas las sacó adelante. Por esto le tiene tanto cariño.
También está la historia de Hilaria, que también es una de las mujeres del cafetal, como nombramos a nuestra colectiva. Es una historia donde la memoria y el amor a la tierra se entrelazan y hace que no se abandone el cafetal, por más trabajo que sea el campo. Porque ahí tenemos la raíz, ahí nos conectamos con nuestras abuelas y madres, que ahí caminaron. Nos conectamos con nuestro pasado al recordar también los momentos de juegos y alegrías de nuestra infancia. Y lo relacionamos con nuestro presente al trabajar la tierra.

También trae a nuestra memoria, la presencia de los que ya no están. Como es el caso del papá de Hilaria, que falleció súbitamente durante la pandemia de COVID-19. Hilaria se lleva casi 2 meses en cosechar su cafetal cada año, porque es un cafetal muy grande y su papá le puso mucho empeño y cariño a esa tierra. Entonces, dadas las condiciones, actualmente a Hilaria le toma mucho mayor tiempo la cosecha porque realiza la cosecha ella sola con su mamá. Decidió no contratar apoyo, porque ya no es redituable y porque han cambiado tanto las dinámicas dentro de la comunidad, en particular en cuanto al trabajo y la relación con el dinero. Ya nadie quiere trabajar por menos de 350 pesos por medio día, con sus 2 refrescos y sus comidas. Con un horario de 7A.M. al mediodía. Eso es imposible de sostener. Siendo pequeñas productoras y mujeres autónomas, y aunque no son una finca, estas mujeres mantienen una tradición y los sabores de su infancia/memoria.
Es trágico ver cómo se debilitan ciertos valores comunitarios, ahora ha permeado el papel moneda y el dinero para intercambiar trabajo, mucho se cuantifica y nuestros modos de dar y recibir, mano vuelta o reciprocidad, poco a poco se fueron debilitando al ser desplazadas por una lógica comercial del trabajo. Es contradictorio, porque en el pueblo muchas personas no quieren hacer trabajo de la tierra, o del campo, o de lavar, cocinar, pero si lo hacen cuando migran a Estados Unidos, sería importante una buena reflexión, de lo que realmente está encubierto en estas lógicas de opresión.
Al final ese trabajo tiene un valor monetario que se vuelve imposible cubrir para las mujeres autónomas del cafetal, si no tienen algún familiar en los Estados unidos, o algún hijo, hijas profesionista que les ayude a cubrir esos gastos de la producción del café.
Varias de las personas que me rodean saben que, cuando decidí salir a estudiar antropología, uno de los principales motivos que me empujaron fue mi sueño de conformar cooperativas de mujeres tejedoras del telar de cintura de mi pueblo y organizar a los cafeticultores en una gran organización cooperativa.
Hoy, hago una revisión de mi camino y pienso que me llevó 15 años para empezar a lograr ese sueño y verlo nacer en la realidad. Hoy en día tostamos nuestro propio café. En una máquina profesional, además, cosa que no hubiera sido posible sin las redes solidarias y de apoyo que encontramos en el camino. Lo que hace que nuestra colectiva también sea un soñar colectivamente. Es el fruto de muchas historias, memorias, y de luchas a lo largo de los años, y de hacer frente al sistema de acceso a la tierra en este país. La gran mayoría de las mujeres indígenas no tenemos la titularidad de la tierra, aunque nuestra vida la entreguemos en el trabajo de la tierra. Las mujeres del campo trabajamos ahí, ahí crecemos, ahí sembramos, cosechamos, cuidamos y defendemos la tierra. Pero no quieren reconocer nuestra capacidad para ser titulares de nuestra propia tierra si así lo decidimos. Esa sigue siendo una lucha permanente y la tenemos que apuntalar, eso es parte de la justicia que necesitamos en la montaña.
Hoy cumplo 15 años de haber regresado a la montaña, después de haber salido a estudiar. Y no me arrepiento de mi decisión. Me fui con la clara idea de regresar a apoyar los procesos comunitarios en la región y sobre todo en el trabajo con mujeres. Y esto hice. Y de verdad que no me arrepiento. Me esforcé, desde que regresé, a emplear estos 15 años para construir alianzas, tejidos y redes solidarias, que nos permitan seguir soñando con una cooperativa en la montaña, conformada por mujeres del cafetal. Porque es un acto de justicia, pero también porque necesitamos escribir nuestro futuro con nuestras propias manos.
Por el momento dimos nuestros primeros pasos conformando esta colectiva, que fuimos tejiendo con cuidado todas juntas. Nos queremos enfocar en las madres, abuelas, tías, hermanas, hijas, que intentan sostener la autonomía de la vida, que empieza desde el cafetal que tienen al lado de la casa. En particular en estas mujeres que se quedaron solas y les toca por lo tanto hacer todo el trabajo campesino, de limpia, cosecha, abono natural y de compostas por sí mismas.
Es por eso que las historias de Sonia, Amelía, Eloisa y Hilaria son tan importantes. Con ellas y muchas mujeres con historias similares, seguimos tejiendo nuestro futuro de acompañamiento, sanación y cuidados comunitarios. Estás historias son como semillas. De ellas hay que partir para construir otro mundo donde todas podemos caber en el aqui y ahora.

Nos hemos escuchado, nos hemos tejido en la resonancia, la solidaridad y apoyo mutuo de mujeres. Hemos comenzado a sanar juntas, y esa sanación no solo es individual, sino que también sanamos de manera colectiva. Esa es nuestra principal fuerza que nos une como mujeres del cafetal…soñar juntas.
Y cada año, cuando cosechamos, no solo lo hacemos para la venta de un producto, sino para disfrutar los sabores de nuestro café y también para cosechar y mantener vivo el cafetal de nuestra memoria.
Edith Herrera
Mujer ñuu savi (gente lluvia) originaria de la Montaña alta de Guerrero. En los últimos 15
años ha trabajado en diversos procesos organizativos locales así como en colectivos de
mujeres y juventudes para la promoción de los derechos de los pueblos indígenas y la
construcción de la autonomía de la vida, a partir de saberes y conocimientos milenarios en
torno a la salud, al territorio y alimentación tradicional. Actualmente es coordinadora del Espacio Cultural Educativo “TIKOSÓ”.