Doctrina Monroe recargada y el corolario Trump
En noviembre de 2025 se dio a conocer el documento oficial titulado “National Security Strategy of the United States of America”. El texto, de poco más de 30 páginas con el prefacio firmado por Donald Trump, afirma que la nueva estrategia llevará a que Estados Unidos “sea más seguro, más rico, más fuerte, más grande y más poderoso que nunca”.
A inicios de 2026, la escalada de violencia impulsada por el gobierno estadounidense contra Sudamérica ya no es una hipótesis futura, sino una realidad acuciante. En este contexto, resulta necesario detenerse, aunque sea brevemente, en el contenido de este documento y en las implicancias políticas, militares y geoestratégicas que se desprenden de él.
Una de las preguntas centrales que atraviesa el texto es: ¿qué quiere Estados Unidos en general? La respuesta que ofrece el propio documento es clara y sin ambigüedades: consolidar una hegemonía estadounidense indiscutible mediante la modernización de su capacidad de defensa, el liderazgo industrial y tecnológico, y una revitalización de los valores tradicionales junto al orgullo nacional. No se trata, por tanto, de una estrategia defensiva, sino de una reafirmación explícita del poder imperial en clave del siglo XXI.
Referido a lo militar, el documento señala que actuarán de manera letal con su poder militar: “Queremos reclutar, entrenar, equipar y desplegar las fuerzas armadas más poderosas, letales y tecnológicamente avanzadas del mundo para proteger nuestros intereses, disuadir guerras y, de ser necesario, ganarlas con rapidez y contundencia, con el menor número posible de bajas…”. Esta formulación confirma que la noción de “defensa” está subordinada a la protección de intereses definidos unilateralmente, y que la guerra sigue siendo concebida como una herramienta legítima de política exterior, siempre que sea eficaz y funcional a dichos intereses.
La pregunta siguiente amplía el alcance del análisis: ¿qué quiere Estados Unidos en y del mundo? En este punto, el documento asume sin disimulo la reactivación de la Doctrina Monroe, ahora reforzada mediante la extensión del llamado “corolario Trump”. El objetivo es reafirmar el dominio total de Estados Unidos sobre el hemisferio occidental y asegurar, al mismo tiempo, puntos estratégicos a escala global para proteger su economía, su seguridad y su liderazgo tecnológico frente a otras potencias.
El propio texto lo expresa de manera explícita: “…queremos asegurar nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave. En otras palabras, haremos valer y aplicaremos un ‘Corolario Trump’ a la Doctrina Monroe”.
Así, para Trump y su documento: América Latina y el Caribe vuelven a ser definidos como un espacio de control exclusivo, no como una región soberana con proyectos políticos propios.
En cuanto a la definición general de la estrategia, esta se articula en torno a un principio rector: “Estados Unidos primero”. A ello se suma uno de los ejes tradicionales de su política exterior, formulado como “Paz a través de la fuerza”, bajo la premisa de que la superioridad militar constituye el mejor elemento disuasorio. La paz, en esta lógica, no es el resultado del diálogo o del respeto al derecho internacional, sino de la imposición del poder.
Otro de los principios incluidos es la llamada “Predisposición al no intervencionismo”. Sin embargo, el propio documento se encarga de vaciar de contenido esta idea cuando afirma: “Para un país con intereses tan numerosos y diversos como los nuestros, la adhesión rígida a la no intervención es imposible”.
De este modo, Estados Unidos se arroga el derecho de intervenir en cualquier país del mundo, estableciendo que la acción internacional no será juzgada por principios universales, sino exclusivamente por los intereses estadounidenses, o por lo que Trump defina coyunturalmente como tales.
Esta lógica se profundiza cuando el documento señala: “Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestro territorio nacional y nuestro acceso a geografías clave en toda la región. Negaremos a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio…”.
Aquí se explicita la pretensión de controlar no sólo territorios, sino también activos estratégicos, bienes naturales y posiciones geográficas, bajo la noción reiterada de “nuestro hemisferio”, una expresión que sintetiza una visión colonial y patrimonial del continente.
Acceder a cualquier zona geográfica que consideren clave —ya sea por su ubicación, por sus bienes o por sus recursos— y controlar los activos existentes se convierte así en un objetivo central. Estos recursos deben estar disponibles para la prosperidad de Estados Unidos y no para otras potencias como China o Rusia, y mucho menos para los propios países latinoamericanos, relegados a un rol subordinado dentro de su propio territorio.
El documento lo formula del siguiente modo: “El hemisferio occidental alberga numerosos recursos estratégicos que Estados Unidos debería desarrollar en colaboración con sus aliados regionales para que tanto los países vecinos como le nuestro sean más prósperos…”.
Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que la prosperidad estadounidense nunca es compartida en igualdad de condiciones. Su concepto de desarrollo está estrechamente ligado a un modelo extractivista que destruye la naturaleza y reduce los territorios y bienes comunes a simples mercancías.
El documento indica también: “… encargar a las agencias, con el apoyo del brazo analítico de nuestra Comunidad de Inteligencia, la identificación de puntos y recursos estratégicos en el hemisferio occidental con miras a sus protección y desarrollo con los socios regionales”. La referencia a la inteligencia y a la identificación de recursos estratégicos revela que no se trata de cooperación, sino de vigilancia, control y planificación geopolítica que contiene la profundización de expropiación de bienes naturales.
Estados Unidos no concibe relaciones entre iguales. No tiene socios, ni vecinos, ni aliados: solo países alineados o no a la política definida desde Washington.
Abel Irala
Director e investigador de Base Investigaciones Sociales. Licenciado en trabajo social, posgrado en Ciencias Sociales, docente universitario.