Historia del futuro

Adrián Moyano

Cuando el capital invocó a la patria fue para colonizar territorio mapuche

Monolito que celebra el colonialismo argentino a pasos del Limay

Al mediodía del 5 de marzo de 1793, un grupo de 56 españoles que había llegado de Chiloé y formaba parte de un contingente mayor se puso en marcha desde el lago Nahuel Huapi con provisiones para 27 días, por un camino que seguía el curso del río Limay por el norte primero y el noroeste después. La existencia de una senda ilustra la intensidad que tenía el tránsito por esa vía. En primera instancia, recibió a los expedicionarios un cuñado del lonco Kayüko, cuyo hogar estaba al otro lado del río, aunque una balsa facilitaba el cruce. Su compañera había vivido en Carmen de Patagones -única población española relativamente austral sobre el Atlántico- y obsequió a los forasteros con manzanas asadas, indicio de que se aproximaban al célebre País de las Manzanas.

“La hacienda de estos Indios consiste en caballos, yeguas, y algunas ovejas. Cueros de caballos y guanacos pintados, y algunos tienen vacas aunque pocas”, describió el sacerdote Francisco Menéndez, uno de los líderes de la expedición foránea. “Con los cueros compran caballos a los tratantes del norte que son los pehuenches, y españoles que andan con ellos”, añadió el franciscano. Entre pícaras y desafiantes, las mujeres que integraban la toldería de Kayüko se mofaron de sus visitantes, al sugerir “que pasasen en la balsa, ya que eran navegantes de grandes mares”. Al parecer, los chilotes desestimaron el convite ante la bravura del Limay.

Dos días después de partir, la columna extranjera llegó “a un río bastante caudaloso que baja de una Laguna mediana, que está al oeste”. Se trataba del Traful. La asistencia puelche fue decisiva para que los españoles pudieran continuar con su travesía: “Si no llega el cuñado de Cayeco a vadear a muchos en su caballo, no sé cómo hubieran pasado”, concedió el religioso, de origen aragonés. “Algunos lo pasaron a pie, con bastante trabajo”. En nuestros días, esa confluencia otrora torrentosa se presenta muy desdibujada, porque es el punto donde empiezan a percibirse las consecuencias ambientales desastrosas de las represas hidroeléctricas que se construyeron Limay abajo en las décadas de 1960 y 1970.

Consignemos que Traful viene de Trawün, es decir, encuentro, en este caso de aguas. Se traduce en este caso como confluencia. El 8 de marzo, el lonco que guiaba a los españoles se adelantó con la excusa de “ver a un hermano suyo llamado Millauan”, es decir, otro poblador mapuche. Kayüko no pudo encontrarlo porque se había mudado y avisó que iría en su búsqueda. Después del mediodía, Menéndez avistó el volcán Lanín y al río que en nuestros días se llama Collon Cura, “tierra del cacique Coluna”, es decir, el lonco Kolunawel. También se extendió ante su mirada el mítico Kaleufu, futura ruca de los loncos Inacayal y Sayhueque, quienes prolongaron empecinadamente la libertad mapuche poco menos de un siglo después. Una década antes, por el Collon Cura habían remolcado sus embarcaciones, marinos a las órdenes del piloto real Basilio Villarino, pero el sacerdote desconocía la concreción de esa expedición, que había retornado a su punto de partida sin hacer efectiva la dominación colonial española en el País de las Manzanas.

Latifundio en manos extranjeras

Sin desconfianza

La comunidad que seguía la orientación política de Millawan era de relativa importancia: “había ocho toldos con más de setenta personas entre grandes y chicos de uno y otro sexo. Había bastantes caballos, yeguas, nueve vacas y algunas ovejas: de éstas nos regalaron tres. Nos recibieron sin hacer demostración alguna de desconfianza”, tuvo que admitir el religioso. Tanto el generoso anfitrión como “su capitán”, eran hermanos de Kayüko. Al día siguiente, se recreó la sociabilidad mapuche a través de la costumbre de beber chicha colectivamente. Después de dejar sus armas aparte, “se sentaron a beber y conforme iban bebiendo, iban aflojando la cinta con que se ciñen. A media tarde pasaron a otro toldo a hacer la misma ceremonia”, observó Menéndez, que quizás alcanzara a entrever que no se trataba de una simple borrachera, como supusieron muchos de sus colegas religiosos. Horas después, retornó el emisario que había ido en busca de Kolunawel, para avisar que éste no se encontraba en sus toldos porque había marchado al norte, pero “vendría dentro de doce días” y “pasaría a verme a Nahuelhuapi, que tenía deseo de conocerme”. En el escrito del sacerdote no se advierte tensión alguna pero los españoles debieron entrever alguna situación que no quedó plasmada en el texto, porque los jefes de la expedición decidieron emprender el retorno a su punto de partida para después seguir hacia Chiloé.

Así finalizó el tercer viaje de Menéndez y su gente al Nahuel Huapi. Si bien los enviados del virrey pudieron llegar hasta el Collon Cura, no concretaron ningún hecho que significara la afirmación de soberanía española sobre los espacios territoriales pertenecientes a las comunidades de los loncos Mankewenüy, Kayüko, Millawan y Kolunawel, en pleno ejercicio mapuche de su independencia y libertad. Sobre el territorio de los dos primeros comenzaron a erigirse un siglo después las ciudades de Bariloche y su vecina Dina Huapi. El desierto que imaginaban en Buenos Aires nunca existió, como tampoco el estatus colonial del cual la Argentina se considera heredera. La bandera de la monarquía jamás ondeó sobre las casi siempre ventosas playas del gran lago.

Las tropas del Ejército Argentino llegaron por primera vez a estos parajes en 1881 pero no se quedaron. Después de acampar unas semanas donde hoy se erige Dina Huapi retornaron a sus bases: los fuertes que se habían instalado sobre el río Negro durante la primera fase de la así llamada Campaña al Desierto. Volvieron en 1883 con el mandato expreso de apresar a Sayhueque y especialmente a Inacayal, a quien su jefe -el general Conrado Villegas- acusaba de faltar a su palabra. Una falacia, claro: era el Estado que enviaba su brazo armado el que había roto los tratados en vigencia durante los 25 años anteriores. En esa ocasión levantaron los recién llegados el Fortín Chacabuco cerca del vértice que marcan el nacimiento del río Limay y el gran lago en su margen norte, es decir, sobre el camino que Kayüko y sus molestos visitantes habían recorrido 90 años atrás.

Virilidad y patria al servicio del capital

¿El triunfo de qué?

También fortificaron otros puntos más al sur, en la actual jurisdicción de la provincia de Río Negro. Finalmente, los uniformados lograron su cometido en la primavera de 1884, cuando extorsiones y engaños mediante, cautivaron a Inacayal, Foyel y sus familias en el valle del río Chubut. Por su parte, Sayhueque se presentó en enero de 1885 en el fuerte que antecedió a Junín de los Andes (provincia de Neuquén). Jefes con soldados bajo su mando y funcionarios militares en Buenos Aires intercambiaron telegramas y mensajes para celebrar el triunfo y dar estridentes vivas a la patria.

Apenas una década después, Liborio Bernal era propietario de 80.000 hectáreas, sitas entre el río Limay y el arroyo Ñireco. En el presente, el segundo abastece de agua a varios barrios del sur de Bariloche. Antes que quedar en sus manos, las tierras donde habían morado Mankewenüy, Kayüko y aquellas mujeres que se rieron de los españoles fueron transitoria propiedad de la llamada Compañía Colonizadora del Limay. Bernal había comandado la Tercera Brigada en aquella expedición de 1881 y cuando accedió a tamaña extensión de tierras, era gobernador del Territorio Nacional de Río Negro, cargo al que no se accedía si no se era íntimo de Julio Roca, el mentor intelectual y perpetrador material de despojo que sufrió el pueblo mapuche.

Para 1910 o 1911, unas 30.000 de aquellas hectáreas conformaban la estancia San Ramón, eran propiedad de un príncipe alemán y administradas por el barón de Bülow. Muy curiosa la noción de patria que admitía la enajenación de tamaña superficie en beneficio de una nobleza extranjera… Además de los restos óseos que encontraron sus empleados en las cuevas de la zona, hay fuentes históricas que atestiguan la considerable presencia mapuche en el área. Como vimos, el cura Menéndez observó varias tolderías a orillas del río en su margen actualmente rionegrina y Francisco Moreno describió en 1876 que “en la hermosa rinconada de Tequel Malal” tenían su casa Inacayal y su gente. De hecho, allí mismo parlamentó un grupo de loncos con el asesino Villegas en 1881. Es donde hoy queda Dina Huapi.

Ni siquiera en la actualidad la estancia San Ramón está en manos de propietarios argentinos. Aunque lo fueran, en nada cambia la magnitud del despojo, pero nótese la vacuidad del concepto. Liborio Bernal fue un “conquistador del desierto” y participó de la parada que montaron los militares para celebrar su llegada al Nahuel Huapi en nombre de la patria. Una fantochada en cuyo transcurso se impuso el nombre El Carmen de Villegas al cerro que domina el panorama. A sus pies hay un monolito que celebra la llegada de los milicos con varias placas de verba inflamada. En ninguna dice que la patria fue el capitalismo.

Memoria que recuerda a Inacayal en Dina Huapi

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