Azqueltán nos duele
Fotos: Oscar Rodríguez Vallotton
Azqueltán nos duele
Y este dolor se vino a alojar en nuestra alma,
sepan hermanos y hermanas que nuestro espíritu está dolido,
la violencia en su tierra, en sus cuerpos, en su pueblo
nos está atravesando la memoria,
porque nos recuerda el desprecio de los caciques de arriba,
ese desprecio para los que somos diferentes,
los que somos del color de la tierra,
quienes hablamos otro idioma
anterior al español.

Mientras subíamos la Montaña para realizar nuestras brigadas de salud comunitaria, aquí en Guerrero, nos alcanzó la fatal noticia. En camino, nos enteramos de la cobarde agresión que sufrieron los hermanos en Azqueltán. De repente, la muerte envolvió a la comunidad; asesinaron al compañero Marcos Aguilar Rojas, autoridad indígena de este pueblo. Mientras que su hermano, Gabriel Aguilar Rojas, resultó gravemente herido.
Estamos consternadas, preocupadas, angustiadas con todo lo que está pasando en Azqueltán. Tenemos claro que es importante no sólo solidarizarnos. Hay que emprender acciones directas para que los compañeros, las compañeras de aquellos territorios violentados, que están poniendo el cuerpo directamente, se sientan cobijados en todos los territorios y desde todos los espíritus de este mundo. Es una situación urgente.
Sepan que sentimos mucho coraje, sentimos la impotencia,
la rabia ya no alcanza, la indignación va más allá,
nos cruza en cuerpo y espíritu,
la violencia que hacen a su pueblo nos lastima profundamente,
porque ese desprecio se siente en la mirada racista que nos tienen
aquellos caciques
su mirada de maltrato, de desprecio que se ha vuelto una costumbre
y que llevan puesta las instituciones de gobierno
que siguen profundamente racistas cuando miran
hacia su pueblo, hacia su memoria, hacia su historia y su lucha.
La simulación del estado: un racismo institucional que socava nuestra sociedad
Esto que les hacen a ustedes como pueblo ya lo conocemos. Lo sentimos en la memoria de nuestros cuerpos, en la memoria histórica de cada uno de nuestros territorios como pueblos originarios. En este país nombrado México, todavía vivimos en las entrañas de un racismo y clasismo que se ejerce cotidianamente desde la “pigmentocracia”. Y eso atraviesa la vida cotidiana de este país. Atraviesa toda la política estatal, las prácticas institucionales en el acceso a la justicia, la educación, la salud y demás derechos colectivos.
El racismo es crudo y real por parte de las instituciones cuando ignoran a los pueblos y a sus reivindicaciones. La forma en que se mira de lado cuando son víctimas de la violencia, como Azqueltán, es una manera viva y actual del desprecio. Es una muestra de este discurso enfermizo, que sigue teniendo retoños en muchas partes de este país. Sus gobernantes hacen circo, maroma y teatro para invisibilizar lo que les incomoda.
Cuando tienen problemas los indígenas, ya no son tan interesantes, ya se vuelven una molestia. Esta parte que incomoda, que molesta, la ocultan, la disfrazan o la maquillan para que pueda entrar en su discurso. Cuando juega el juego que quieren que juegue, al indígena ahí si se le ensalza. Esta parte, ¡como vende! Sentada frente a este discurso, yo me pregunto: ¿A qué carajos estamos jugando? Eso solo tiene un nombre: cinismo puro. Y es una enfermedad mortal que recorre nuestra sociedad.
Descartan todo lo que no les sirve y se quedan con lo colorido y lo cultural. Se deshacen de lo que puede dañar su “imagen” perfecta. Omiten lo que no les sirve para la foto que nos quieren vender. Lo que no cabe en su discurso, lo que no podría caminar en una pasarela o servir para la imagen de México hacia lo internacional. Todo esto queda descartado. Se sigue ocultando la imagen real de nuestros pueblos y perpetúan así una historia de desprecio a lo que somos en totalidad como pueblos. Diseccionan lo que es una comunidad, lo cortan como un animal se despedaza para su venta. Por un lado, se enaltece lo “colorido” y “cultural”. Y, por otro lado, se ignora la situación de amenazas y muertes que viven las personas portadoras y creadoras, herederas de estos saberes y prácticas culturales
Eso es lo que está pasando con el asesinato de Marcos Aguilar, nuestro hermano de Azqueltán, y el atentado contra su propio hermano Gabriel. Sin mencionar los demás casos de asesinados, intimidados, desaparecidos, agredidos y amenazados por el grupo de caciques y matones que hoy viven campantemente. Por si esto no fuera suficiente, también han sido intimidados y han sufrido criminalización por parte de las autoridades municipales, estatales, así como hostigamiento judicial frecuentemente en su propio territorio, según los comunicados emitidos por la comunidad desde el 2015 hasta la fecha.

En 2018, hubo el secuestro de Catarino Aguilar Márquez y de Noé Aguilar Rojas. En noviembre 2019, sucedió la desaparición temporal, intento de homicidio y liberación posterior de tres autoridades comunitarias: Ricardo de la Cruz, Rafael Reyes Márquez y Noé Aguilar Rojas. Quienes sufrieron agresiones físicas graves a manos de un grupo de pistoleros encabezados por Fabio Flores Sánchez alias “la polla”. Fabio F. es un cacique de la zona, que se ha adueñado de hectáreas de tierras de Azqueltán. También ha sido señalado en distintas ocasiones por agresiones a miembros de la comunidad. Todos estos actos se han denunciado en las instancias penales correspondientes, pero siempre ha logrado quedar libre por su complicidad con el gobierno municipal de Villa Guerrero. Por lo mientras Noé Aguilar Rojas, autoridad de la comunidad de Azqueltán sufrió desplazamiento forzado, para resguardar su vida y la de su familia
La cronología de los hechos continúa. En enero de 2020 el entonces presidente del comisariado, sufrió un ataque armado perpetrado por Manuel de Jesús Aguilar Herrera (el mismo que está siendo señalado ahora como el autor material del asesinato de Marcos Aguilar Rojas). En 2023, este mismo sujeto amenazó directamente a una comunera de Azqueltán en su domicilio. En ese contexto de hostigamiento constante, la comunidad alertó en un comunicado que policías municipales de Villa Guerrero estuvieron rondando la comunidad, hasta realizaron allanamientos ilegales como claros actos de intimidación.
Para octubre de 2024, se intensificó el hostigamiento hacia la comunidad, con un acto directo de criminalización de 17 comuneros de Azqueltán. Se trató de judicializar un asunto en contra de comuneros de esta comunidad, cuando jamás se han integrado las denuncias de despojo que han presentado ellos mismos. Actos de total incongruencia y de racismo institucional de parte del estado.
Ya para el 4 de noviembre de 2025, la comunidad denunció públicamente las amenazas de muerte, robo de herramientas e intento de desalojo violento en los predios «El Sabino Quemado» y «Cueva del Mosco» por parte de policías investigadores del Ministerio Público de Villa Guerrero. Esta situación tampoco tuvo respuesta de las instituciones responsables de garantizar seguridad en la región.
A pesar de las alertas, a pesar de los informes de misiones civiles de observación, a pesar de las denuncias ante las autoridades por amenazas de muerte a los compañeros de Azqueltán, a pesar de medidas cautelares emitidas… A pesar de todo esto, sucedió esta reciente tragedia. El 26 de noviembre de 2025, en el predio comunal “El caracol”, Marcos Aguilar Rojas autoridad agraria fue asesinado por disparos directos, mientras que Gabriel Aguilar Rojas, su hermano, fue gravemente herido.
Se vive diariamente de cara al despojo, que tiene un rostro y que tiene un nombre: son los caciques de Villa Guerrero. Son los que han querido aniquilar al valiente y digno pueblo de Azqueltán para quedarse con su territorio. Y para lograr su meta, ahora están imponiendo el terror. El asedio, el nivel de violencia, hostigamiento y las agresiones contra la comunidad se han intensificado.

Los caciques se pasean con total descaro sabiendo que gozan de plena impunidad, porque saben que en este país, la ley que vale es la del dinero y que, para la ley, cuanto más blanco seas, cuanto más dinero puedas tener, más te van a creer. Tan es así, que las prácticas de impunidad se volvieron una constante perpetrada por las propias instituciones que supuestamente tienen que garantizar el “acceso a la justicia” en este país.
En días recientes Manuel de Jesús Aguilar Herrera fue presentado ante el juez penal en Colotlán, Jalisco. Y este 21 de diciembre, una vez finalizado el desahogo de la audiencia, el Juez de Control del Décimo Primer Distrito Judicial, vinculó a proceso a Manuel de Jesús Aguilar Herrera por el homicidio calificado del compañero Marcos Aguilar Rojas y por tentativa de homicidio contra Gabriel Aguilar Rojas. El proceso seguirá y todavía no está concluído. Por ello, la comunidad se mantiene en alerta ante lo que pueda suceder.
En la comunidad existe preocupación de que intenten corromper y burlar las instancias legales, debido a la larga historia de impunidad que prevalece, aun cuando se han tenido pruebas contundentes. La comunidad se mantiene en alerta para que no se vuelva a repetir la misma historia. Es decir, esta impunidad descarada que se ha impuesto hasta ahora.
Esta no es la primera vez que Manuel Aguilar Herrera es señalado por agredir a la comunidad. En 2020, también fue denunciado por intento de homicidio contra la autoridad agraria y por agredir a personas mayores de la tercera edad de la comunidad.
Históricamente, en Azqueltán, ha imperado un contexto de total impunidad, debido a las omisiones, simulaciones y ausencia de acceso a la justicia para la comunidad. Por ello, frente a los recientes hechos, hay incertidumbre, hay desconfianza en las instituciones locales y estatales responsables de garantizar la justicia. Digamos que esa desconfianza no es en vano.
Esto que les hacen a ustedes como pueblo, ya lo conocemos.
Lo sentimos en la memoria de nuestros cuerpos,
en la memoria histórica de cada uno de nuestros territorios,
como pueblos originarios.
Ése, es un desprecio que duele, que cala,
que nos miran de arriba abajo,
miran cómo nos vemos por nuestro color de piel.
Y nos matan con este mismo desprecio
como si nuestros cuerpos no tuvieran valor para este sistema.
El racismo se vive en carne propia. Así aprendimos los pueblos a sobrevivir. Todos nos hemos tenido que esconder a veces para sobrevivir ó para no ser humillados. Portar un huipil con nuestro color de piel, usar un sombrero tradicional, un morral, unos huaraches con nuestra fisionomía, se vuelven elementos de desprecio y exotismo en el mundo mestizo. Y lo peor es que este país es tan profundamente racista que, si lo viste una persona con tez más blanca, dicen “se le ve mejor”. Todas hemos tenido que escuchar comentarios tan crueles cuando llega una persona “blanca” al pueblo: “Hay que mejorar la raza”. A todos, nos han querido correr al entrar a un negocio por nuestros rasgos: “los baños son para los clientes”. Hemos tenido que vivir estas experiencias y muchas más. Este racismo pasa por nuestros cuerpos, los traspasa como una bala. Y nuestros cuerpos tienen memoria, tienen historia, venimos de nuestras ancestras, de nuestros ancestros. No olvidamos y tampoco perdonamos. Tomamos nota, para no olvidar.
San Lorenzo de Azqueltán: historia de larga lucha por su territorio ancestral
San Lorenzo de Azqueltán cuenta con un título virreinal que data de 1733. Es decir que no solo han habitado su territorio desde hace cientos de años, sino que tienen un documento emitido desde la época pasada que los respalda. Y a pesar de ello, aún no se les ha reconocido formalmente tal territorio ancestral. En la larga lucha de Azqueltán por el reconocimiento de su territorio así como el ejercicio de su autonomía y libre determinación, es que la comunidad indígena de San Lorenzo de Azqueltán inició en 2015 un juicio ante el Tribunal Unitario Agrario del distrito XVI con sede en Guadalajara (causa 38/2015). Actualmente el reclamo es por más de 39 mil hectáreas, para ser precisos 39,243-86-20.68 hectáreas.

San Lorenzo de Azqueltán, a estas alturas, no ha logrado el “reconocimiento” y la titulación de su territorio. Ni la cédula real emitida en 1733, un documento histórico que les reconoce su territorio, les es suficiente a los funcionarios actualmente. Tampoco les es suficiente la ocupación histórica que ha dado el pueblo, para cuidar, resguardar y defender la vida de ese territorio, mucho antes de esta fecha.
En este contexto político que se dice ser “de cambio” en este país, tanto funcionarios como funcionarias dicen ser “gobierno cercano al pueblo”. Yo me pregunto ¿Qué significa esta cercanía que pretenden? ¿Si no son capaces primero de llegar a un territorio, respetar y reconocer a quienes son sus dueños legítimos? Hablo de los pueblos ancestrales, como los valientes pueblos Tepehuano y Wixárika, que habitan ese territorio nombrado Azqueltán desde tiempos ancestrales.
Esta 4T que se vanagloria de implementar planes de justicia para reconocer a los pueblos, tanto en el norte, sur, centro, occidente del país. Dicen que se están implementando estos dichosos planes cuyo principal contenido es “devolver la tierra a los indígenas” o “titular y resolver juicios agrarios pendientes”. Esa es la consigna ratificada en los planes de justicia encabezados por el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI). Se habla de justicia, pero la justicia ¿para quién es? ¿Por qué en este territorio de Azqueltán, los están dejando a su suerte? ¿A qué están jugando?.
Entonces, me sigo preguntando ¿de qué se trata un gobierno cercano al pueblo? ¿quiénes son realmente los que gobiernan este país? ¿Acaso, no es la 4T? Y si realmente las instituciones quieren hacer algo para los pueblos indígenas, ¿porque no empiezan por reconocer ese territorio del pueblo digno de San Lorenzo de Azqueltán? Hasta la fecha, no ha existido justicia para los pueblos y eso lo han demostrado constantemente con sus actos todos los gobiernos que han gobernado este país. Sus palabras dicen lo contrario, pero sus actos son los que tienen que atraer nuestra mirada.
Este es un momento importante. Para que las instituciones, que han perdido total credibilidad ante los ojos de la comunidad de Azqueltán, por fin cambien el rumbo de la historia de impunidad y cacicazgos que tienen sometida a toda una región. Es una oportunidad para demostrar si realmente “defienden a los pueblos” o seguirán encubriendo a asesinos pistoleros, caciques locales que han despojado con violencia y muerte a indígenas Tepehuanos y Wixárikas. ¿Cuál es el cambio del que hablan? Tienen que demostrarlo con hechos reales, no más promesas.

Las autoridades locales, estatales y federales tienen una oportunidad para proteger y por primera vez estar del lado del pueblo de Azqueltán, de garantizar justicia y enmendar el camino de impunidad y omisiones perpetrado en los últimos años. Están a tiempo de emitir un fallo a favor de la comunidad, tan sólo impartir una justicia imparcial, eficaz y con perspectiva “intercultural”.
No lo podrán lograr si no reconocen que la violencia que se vive en Azqueltán es parte de una estrategia de hostigamiento ligado a la defensa del territorio.
En cuanto a las autoridades y tribunales agrarios, tienen una responsabilidad y deuda histórica con el pueblo de San Lorenzo de Azqueltán: reconocer la propiedad sobre sus tierras y territorios que tiene la comunidad por derecho histórico. Es momento de dejarlos vivir en paz. La moneda sigue en el aire. El círculo de impunidad se tiene que romper. Lo merece la comunidad de San Lorenzo de Azqueltán. ¿Serán capaces de impartir justicia?.
La dignidad nos entreteje entre las montañas y sierras de todo el país
Tengo grabado en la memoria las dos ocasiones en las que visité Azqueltán. En un primer momento de conexión con ese territorio, fuimos a visitar a los compañeros de lucha, personas que, desde años, están poniendo en juego su vida, al defender su territorio frente a las amenazas de caciques. Hasta lo ocurrido con el compañero Marcos Aguilar.
Desde la montaña de Guerrero hacia esta otra montaña, aquella montaña que resiste, hay una dignidad que nos entreteje. Como si fuéramos un sólo petate. Es importante también recordar. Y yo me acuerdo de aquella Sierra de San Lorenzo de Azqueltán con su gente noble, con su gente digna y valiente. Con el río Bolaños que abraza literalmente al pueblo. En estos tiempos de guerra sin nombrar, la resistencia de los pueblos, la capacidad de seguir de pie, esa es la verdadera autonomía.
Lamentablemente, somos pocas las personas que terminamos poniendo directamente el cuerpo para construir la autonomía. Muchos no lo logran, porque se cansan sus cuerpos y se quedan en el camino. Estar cerca de los conflictos lastima nuestros cuerpos y nos cansa. No hay dudas. A veces, me pregunto ¿Por qué tenemos que pasar por este martirio para poder seguir existiendo? Muchos cuerpos son sacrificados, al final no somos más que cifras. Esto me digo en mis momentos de desesperación. Pero no es así. Lo que construimos es un sueño de nuestros ancestros y ancestras y se llama autonomía.
Me acuerdo bien de la segunda vez que fuimos a Azqueltán, nos unimos a una caravana que salía de la zona metropolitana de Guadajalara. Fue un trayecto largo, muy simbólico. Éramos un colectivo de jóvenes y llevábamos solidaridad desde la Montaña de Guerrero, nuestra palabra y nuestros sueños para compartir. Pero al mismo tiempo estábamos animados por conocer y tejer relaciones con aquellas luchas de pueblos que están defendiendo ese sueño llamado autonomía.
Ese anhelo, muchas personas lo tenemos. Es importante que quede más allá de los libros, que quede más allá de las ideas de pluralismo cultural, que quede más allá de los discursos y de las leyes sobre la interculturalidad. Estamos hablando de gente que está llevando a los hechos esa liberación de los territorios. Que lo vive en carne propia. Porque cualquier autonomía parte desde esta liberación territorial, me parece que es importante nombrar a estos pueblos como San Lorenzo de Azqueltán.
Recuerdo aquella ceremonia que realizaron los que saben rezar. Una ceremonia donde el frío calaba, pero también me hacía pensar mucho en aquellas ritualidades de mi montaña. Los pueblos tenemos esa manera de proteger, de “guardianear” a nuestro pueblo frente a todo lo que se viene.
Aquella visita y compartición nos dio mucha lucidez. Prendió un fuego para alumbrar a nuestro caminar, al ver a las autoridades con ese temple, con esa conexión con sus deidades mientras estaban reunidos y reunidas alrededor del abuelo fuego. Significaba nuestra responsabilidad, evidenciaba nuestra coherencia en el mundo. Traemos estos recuerdos en la memoria. Había rostros de preocupación, pero al mismo tiempo esa alegría, esa esperanza. De este valiente pueblo de Azqueltán, aprendimos y nos conectamos porque también son gente de montañas, gente de la tierra. Su territorio les ha forjado un carácter por defender la vida, ha sido el espacio que necesitan como pueblo para poder vivir. Si eso no es el derecho a la tierra y el territorio, me pregunto: ¿entonces, qué es?

Su palabra fuerte y verdadera retumba:
¿Por qué no nos escuchan?
¿Por qué no les resuena nuestra palabra?
¿Por qué no quieren actuar?
¿Por qué siguen permitiendo que nos asesinen,
que nos despojen, que nos estén violentando, que nos desaparezcan, que nos intimiden? ¿Por qué no nos permiten vivir en paz, en equilibrio y tranquilidad?
¿Por qué, porqué, porqué siguen perpetuando esta guerra?
¿Por qué siguen siendo cómplices de los caciques asesinos?
¿Por qué nosotros los indígenas no merecemos justicia?
¿Por qué ese maltrato de nuestras vidas?
¡No valemos para los ojos de este gobierno que se dice “cercano al pueblo”!
Mientras ellos siguen hablando de transformación,
nosotros denunciamos el racismo y la simulación de sus instituciones.
Me reconozco en este valiente pueblo de Azqueltán. A ellos, a ellas está dirigida esta columna, este mensaje de solidaridad. Espero que sientan estas palabras de una mujer de la lluvia, desde la Montaña de Guerrero. Este mensaje que viene de un grupo de personas y espíritus que hemos logrado llegar hasta su tierra en nuestro paso por este mundo terrenal. Nos ha tocado conocer, caminar, sentir, respirar y transitar su territorio. Podemos decir que pisamos un territorio que nos cargó de mucha energía y valentía para poder continuar nuestro propio proceso, nuestro propio camino de autonomía, de autogestión y de organización comunitaria.
Hacemos un llamado a estar atentos hacia los que leerán estas líneas, un llamado a estar atentas a esta guerra, para exigir un alto al asedio a las familias de San Lorenzo de Azqueltán. ¡Ya basta de perpetuar la impunidad y encubrir a los asesinos!
El esfuerzo de no claudicar, de no doblegarse ante las políticas de estado, de no venderse, de no robar, de no traicionar nuestros principios. Este esfuerzo es todo lo que nos queda a los pueblos originarios. Son los principios y los valores comunitarios que nos han heredado nuestros abuelos y abuelas. Son esos principios que nos permiten mantener la vida. Eso que muchos llaman comunalidad dentro de las aulas, pero que en mi comunidad le decimos “ya naa koo vií yo ñuu yo” (hasta que podamos vivir bien como pueblo). ¡En todos los territorios tenemos manera de nombrarlo! Tenemos que nombrar lo que somos los pueblos y la dignidad que sigue ahí a pesar de estos siglos de adversidad.
La solidaridad se teje a la distancia. Sepan que no están solas, que no están solos. En muchos territorios estamos dando la lucha por la liberación de nuestras tierras, por la liberación de nuestros pueblos. Es importante nombrar la violencia ejercida históricamente sobre el digno pueblo de Azqueltán el día de hoy. Hoy, nos duele Azqueltán. Hoy somos Azqueltán. Entendemos este dolor. Porque es nuestro dolor.
Seguiremos pidiendo por ustedes. De nuestra parte, estamos quemando vela, pidiendo a nuestros guardianes, que les manden energía fuerte, que su fuerza de pueblos guerreros no se doblegue, que su temple siga digna, que sus corazones sigan fuertes para sostener a sus familias, a su pueblo, a su territorio que tanto aman y defienden. Porque su territorio lo es todo.
Hermanos y hermanas de Azqueltán,
nos resuena su sentir y su palabra.
Debería cimbrar el mundo.
Siguen de pie, aun cuando caciques y funcionarios han querido someter a su pueblo.
No lo lograrán, el valiente pueblo seguirá de pie,
Porque así es su orgullo, así el valor de su dignidad.
Y porque su historia…es la nuestra.
Edith Herrera
Mujer ñuu savi (gente lluvia) originaria de la Montaña alta de Guerrero. En los últimos 15
años ha trabajado en diversos procesos organizativos locales así como en colectivos de
mujeres y juventudes para la promoción de los derechos de los pueblos indígenas y la
construcción de la autonomía de la vida, a partir de saberes y conocimientos milenarios en
torno a la salud, al territorio y alimentación tradicional. Actualmente es coordinadora del Espacio Cultural Educativo “TIKOSÓ”.