Romper el Cerco

Andrea Cegna

Aquí estamos y aquí nos quedamos: 25 años de El Cantiere, una grieta en el muro del capitalismo

En una época en la que el capitalismo parece haber conquistado incluso la imaginación, existen lugares que siguen demostrando que otros mundos no sólo son posibles: pueden construirse aquí y ahora. El Cantiere, centro social de Milan, cumple 25 años y su historia es la historia de una grieta abierta en el muro del capitalismo. Una grieta que no se ha limitado a resistir, sino que ha producido alternativas concretas.

Todo comenzó en 2001. Mientras miles de jóvenes italianos se preparaban para participar en las movilizaciones contra la cumbre del G8 en Génova, el Coordinamento dei Collettivi Studenteschi di Milano e Provincia ocupó y liberó un edificio abandonado en Via Monterosa 84 para organizar la participación estudiantil milanesa. No era un inmueble cualquiera. Había sido la sede del histórico Derby Club, uno de los espacios culturales más importantes de la ciudad, abandonado durante más de veinte años antes de ser recuperado y devuelto a la colectividad.

El nombre elegido no fue casual. “Cantiere” significa obra en construcción. Porque quienes ocuparon aquel edificio no querían únicamente defender un espacio. Querían construir algo distinto. Hace veinticinco años, como hoy, el mundo les parecía demasiado lleno de injusticias. Y decidieron organizarse para transformarlo.

Desde entonces, El Cantiere se convirtió en mucho más que un centro social. Se transformó en un laboratorio permanente de utopía concreta. Un lugar donde las palabras producen acciones y las acciones producen nuevas palabras. Un espacio donde la crítica al sistema no se queda en el discurso, sino que se traduce en organización colectiva, conflicto social y construcción cotidiana de alternativas.

Por eso, reducir la historia de El Cantiere a la resistencia sería insuficiente.

Durante un cuarto de siglo, el espacio ha sido protagonista de las luchas por la educación pública. Generaciones de estudiantes encontraron allí un lugar para organizarse, debatir y construir pensamiento crítico frente a una escuela y una universidad cada vez más subordinadas a las necesidades del mercado.

Ha sido una referencia en la lucha por el derecho a la vivienda. Mientras Milán se convertía en uno de los principales laboratorios europeos de la especulación inmobiliaria, expulsando habitantes de sus barrios y transformando la vivienda en una mercancía de lujo, El Cantiere participó en campañas, movilizaciones y redes de apoyo que defienden el derecho de todas las personas a habitar la ciudad.

Ha contribuido a construir recorridos de crítica al colonialismo y al racismo, acompañando luchas migrantes y antirracistas en una Europa que sigue levantando fronteras y reproduciendo jerarquías heredadas de siglos de dominación colonial.

Y ha sido uno de los motores de Non Una di Meno en Milán. El movimiento feminista italiano encontró aquí una casa, una infraestructura política y una comunidad. Porque combatir el heterocispatriarcado significa también cuestionar las bases materiales sobre las que se sostiene el capitalismo contemporáneo.

Pero la dimensión política de esta experiencia no puede separarse de su dimensión cultural y comunitaria.

Durante veinticinco años, miles de personas han atravesado sus puertas. Algunas llegaron para una asamblea, otras para un concierto, una movilización, una cena popular o una presentación de libro. Algunas permanecieron unas semanas. Otras dedicaron años o décadas enteras a este proyecto colectivo. Todas contribuyeron a construir una comunidad capaz de reconocerse más allá de las generaciones y de los ciclos políticos.

Sobre sus escenarios convivieron el reggae y el punk, el hip hop y la poesía oral, el teatro experimental y los debates políticos. Sus paredes acogieron exposiciones autogestionadas, proyecciones y encuentros. En una ciudad donde la cultura es cada vez más una mercancía, El Cantiere defendió la cultura como herramienta de encuentro, conflicto y transformación.

Quizás por eso sigue siendo un espacio tan necesario.

Porque durante estos veinticinco años ha intentado construir algo extraordinariamente simple: un lugar donde cualquiera pueda sentirse libre. Libre para bailar, conversar, organizarse, aprender, cenar, conspirar o rebelarse. Independientemente del dinero que tenga en el bolsillo, del género con el que se identifique, de los documentos que posea o del color de su piel.

Hace un año, una nueva amenaza apareció sobre este proyecto. La propiedad del inmueble pasó a manos de una empresa vinculada a la especulación inmobiliaria y señalada en investigaciones relacionadas con el modelo urbanístico milanés. El primer intento de desalojo fracasó gracias a la movilización colectiva. Pero la amenaza permanece.

Sin embargo, el valor de El Cantiere no reside únicamente en su historia ni en la defensa de un edificio.

El Cantiere es uno de los espacios fundamentales de Milán. No sólo por los veinticinco años que lleva existiendo, sino por su extraordinaria capacidad de renovarse, de generar nuevas generaciones militantes y de seguir siendo un punto de referencia para las luchas sociales, la producción cultural y la construcción de comunidad. Pocos lugares en la ciudad pueden reivindicar al mismo tiempo una memoria tan larga y una presencia tan viva en el territorio. Su fuerza no está solamente en lo que ha sido, sino en lo que continúa siendo.

Por eso la disputa alrededor de El Cantiere va mucho más allá de este espacio concreto. Habla del modelo de ciudad que se está construyendo en Milán y en tantas otras metrópolis del mundo.

De un lado están quienes consideran cada edificio, cada barrio y cada espacio urbano como una oportunidad de negocio. Los fondos de inversión, la especulación inmobiliaria y una política cada vez más subordinada a los intereses económicos privados. Del otro lado están quienes defienden la ciudad como un espacio de derechos, relaciones, cultura, conflicto social y vida colectiva.

La defensa de El Cantiere es también la defensa de todos los espacios sociales, culturales y alternativos. Ocupados o no ocupados. Reconocidos institucionalmente o no. Porque su valor no depende de un estatus jurídico, sino de la función social que cumplen. Son lugares donde todavía es posible construir comunidad, pensamiento crítico, organización colectiva y formas de vida que escapan, aunque sea parcialmente, a la lógica del mercado.

Después de veinticinco años, lo extraordinario de El Cantiere no es solamente haber resistido. Muchas experiencias resisten. Lo extraordinario es haber seguido produciendo alternativa. Haber construido organización estudiantil, luchas por la vivienda, recorridos antirracistas y de crítica al colonialismo, haber contribuido al crecimiento del movimiento feminista, haber generado cultura independiente y espacios de socialidad en una ciudad donde cada vez más aspectos de la vida están sometidos a la lógica del beneficio.

La disputa alrededor de El Cantiere no concierne únicamente a quienes lo habitan. Habla del futuro de toda la ciudad. Porque cada vez que desaparece un espacio social, cultural o autogestionado, el capitalismo amplía un poco más su control sobre la vida urbana. Y cada vez que uno de estos espacios resiste, se amplía el terreno de lo posible.

Defender El Cantiere —y defender cada espacio social, cultural y alternativo— significa defender una idea de ciudad donde no sean los intereses inmobiliarios, los fondos de inversión o el mercado quienes decidan qué merece existir. Significa defender la posibilidad de que existan lugares donde se produzcan vínculos, pensamiento crítico, conflicto social y alternativas.

En una época en la que el capitalismo pretende gobernarlo todo, desde la vivienda hasta la imaginación, estos espacios siguen siendo tan necesarios como el aire.

Porque los espacios sociales no son una reliquia del pasado.

Son una condición para construir el futuro.

Y porque la disputa por El Cantiere, como la disputa por cada espacio liberado, es también una disputa por el derecho a imaginar y construir ciudades distintas a las que proyectan los especuladores y los poderosos.

Por eso, a veinticinco años de aquella ocupación nacida al calor de las movilizaciones contra el G8, la respuesta sigue siendo la misma.

Como se leía en las mantas colgadas durante años en el Leoncavallo, otro de los símbolos de la ciudad rebelde de Milán:

Aquí estamos. Aquí nos quedamos.

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