4 de agosto de 2014
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Prevención del VIH/Sida, una práctica de libertad entre trabajadoras sexuales

Cuando las trabajadoras sexuales dicen su palabra, reflexionan sobre sus vivencias cotidianas, sobre la negociación del uso del condón con sus clientes y parejas, y sobre aquéllas condiciones laborales que hacen posible o dificultan el ejercicio consensuado del sexo seguro y el sexo protegido.

Elvira Madrid Romero de la Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer “Elisa Martínez”
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México DF. Prevenir el contagio del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) y la aparición del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (Sida) entre las personas que se dedican al trabajo sexual, es una forma de ejercer la libertad. Así lo confirman las experiencias derivadas del trabajo de educación sexual y prevención de infecciones de transmisión sexual (ITS) que durante más de 20 años han realizado los educadores de calle de la Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer “Elisa Martínez”.

La prevención del VIH/Sida involucra una serie de acciones salubristas, pero el centro de los esfuerzos planteados está en la educación. En este sentido, existen dos posibilidades: reproducir los esquemas pedagógicos tradicionales, lo que Paulo Freire denomina la “educación bancaria”, o plantear la posibilidad de una acción educativa que enfrente diferentes realidades que coexisten en la industria sexual: la represión policíaca con el pretexto de la lucha contra la trata de personas y la prostitución infantil, que sólo deja la opción para reconocerse como víctimas o victimarias; la explotación material de las trabajadoras sexuales, no sólo sexual, sino también obrero-patronal, entre otras modalidades; el desprecio traducido en discriminación, de la cuál son objeto, al invisibilizarse sus derechos laborales con el pretexto de “no naturalizar” a la prostitución, vista exclusivamente como una forma de violencia hacia las mujeres, niñas, niños y adolescentes y no como una necesidad; y el despojo de sus fuentes laborales por proyectos de reordenamiento urbano o por la violencia criminal que la militarización ha desatado.

Durante este sexenio se han conjugado además políticas públicas que incitan a la violencia feminicida hacia las trabajadoras sexual, al postular la promoción del desprecio social hacia la prostitución, que en la práctica se ha traducido en el desprecio de las trabajadoras sexuales. Y una violencia extrema por parte del narcotráfico, que no sólo cobra derecho de piso y esclaviza sexualmente a mujeres migrantes; sino que está despojando a los empresarios del sexo de sus negocios e imponiendo la ley de los sicarios en cada “plaza” controlada. Otro ejemplo de violencia de género hacia las trabajadoras sexuales es el uso de la prostitución como un arma contrainsurgente, como ocurre en los Altos de Chiapas, en las zonas de influencia del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), donde la presencia militar ha demandado más trata sexual en Ocosingo y Palenque, entre otros lugares.

La represión, explotación, desprecio y despojo, plantearon el reto inicial de formular cada acción educativa, cada plática, cada taller, cada sesión básica, cada contenido programático y cada objetivo curricular, en los términos de una educación que permitiera a las trabajadoras sexuales, soñar con mundo diferente al que han vivido, libre de todo tipo de violencia hacia ellas, sus familias, hijos e hijas. Negar el carácter patriarcal de las relaciones sociales que se dan en torno al sexo comercial, equivaldría a legitimar todas las formas de violencia que se conjuntan en esta institución social, que forma parte del mercado de los emparejamientos sexuales. La otra cara está compuesta por las relaciones de pareja heterosexual que han optado por el matrimonio o la unión libre. El matrimonio y la unión libre han sido reglamentados desde el siglo veinte para garantizar menores índices de violencia hacia las mujeres y sus hijos e hijas; sin embargo, se cuestiona la legalización del trabajo sexual con argumentos que infantilizan a las mujeres y las dejan en manos de sus “rescatadoras”.

La prevención del VIH/Sida como una práctica de la libertad debe facilitar las condiciones para que las trabajadoras sexuales expresen su palabra y al hacerlo reflexionen sobre sus vivencias cotidianas, sobre la negociación del uso del condón con sus clientes y parejas, y sobre aquéllas condiciones laborales que hacen posible o dificultan el ejercicio consensuado del sexo seguro y el sexo protegido en todas y cada una de sus relaciones sexuales, sea con clientes, parejas sentimentales, hombres o mujeres, constantes o eventuales.

Cuando la trabajadora sexual dialoga con sus compañeras, cuenta su historia, habla con los educadores de calle de sus necesidades, comienza a expresar su propia palabra y no la de quienes pretenden educarla. Eso facilita que comparta su experiencia, sus necesidades personales y colectivas, que cuente su historia y narre las anécdotas de su trabajo, las formas concretas de despojo del producto de su trabajo por parte de sus líderes, autoridades, pareja y familiares directos.

Nombrándose a sí mismas, las trabajadoras sexuales dicen su palabra, mostrando el rostro verdadero de la explotación material, económica, obrero – patronal y sexual de este sector de la clase trabajadora. También nos muestran que al ser consideradas todas y cada una de ellas como víctimas de trata sexual, al pretender otros sujetos sociales “rescatarlas” del sufrimiento en el que viven inmersas según sus salvadoras católicas, cristianas y feministas por igual, al nombrarlas como mujeres en situación de prostitución y otros eufemismos, las invisibilizan y naturalizan su discriminación que ha sido perpetuada por prejuicios morales que niegan la posibilidad de que ellas puedan elegir trabajar en el sexo o no hacerlo.

Las trabajadoras sexuales se nombran a sí mismas, al mundo que les rodea y a los sueños que aspiran, mientras que las educadoras de calle de Brigada Callejera toman nota con ellas sobre los temas que faciliten la discusión sobre qué hacer en torno a los problemas que les aquejan en su vida cotidiana.

Con respecto al material didáctico, aprovechamos un estudio de mercado hecho por universitarios para promover la marca de condones Encanto, propiedad de Brigada Callejera, donde se muestran los hábitos regulares de las trabajadoras sexuales con quienes se trabajó, que en su mayoría son jefas de familia, de nivel socioeconómico bajo, con precaria escolaridad y con un promedio de uno a tres hijos. Una de las conclusiones del estudio es que “por lo general las trabajadoras sexuales, sus parejas y clientes, leen revistas de bolsillo, por ser económicas y de lectura fácil e incluir historias e imágenes estereotipadas, con las que se identifican plenamente”, algo que ya había sido señalado por Chery Owers y Paulo Longo de la Red Mundial de Trabajadoras Sexuales en el manual Haciendo el trabajo sexual, seguro.

Por ello, desde 1995 brigada Callejera ha elaborado cartones en mantas, a modo de papelógrafos, e historietas desde el año 2001, pues este tipo de materiales, por sus características, interesan no sólo a las trabajadoras sexuales, sino también a sus parejas y clientes; atraen sus miradas voyeristas sin gran esfuerzo y, como “entran por los ojos”, se constituyen en vehículos transmisores de estereotipos masculinos y femeninos que paradójicamente confrontan con las diferentes situaciones presentadas, donde emerge de manera visual y en forma de texto escrito, la necesidad apremiante de empoderar a las mujeres contra la violencia ejercida hacia ellas. Así mismo, destacan en este trabajo los cuerpos turgentes y perfectos de hombres y mujeres, dibujados con todo lujo de detalles y gran carga erótica. Los papeles asignados a las mujeres son casi siempre el de protagonista principal, mujeres inteligentes, dueñas de su vida y su futuro en lucha permanente contra el sexismo y la violencia hacia las mujeres.

Otro recurso educativo, han sido los audio cuentos, narrados a modo de radionovela, la narración oral, el teatro y pequeñas notas informativas donde se abordan dichos temas generadores y luego de someten a discusión.

Algunas palabras y temas generadores de discusión son las siguientes: Ocuparse, separos, razzias, la zona, el punto, la camioneta (de la policía), la identidad (prostituta, sexoservidora, trabajadora sexual, mujeres en situación de prostitución), autoridades (policía, médico, psicólogo, ministerio público, juez cívico, trabajadora social), riesgos (violencia, infecciones de transmisión sexual, feminicidio, falsas acusaciones por robo, pérdida de la patria potestad de sus hijos e hijas menores de 12 años por ejercer el trabajo sexual), fichar, posar, trabajo limpio, trabajo sucio, su chavo, el padrote, la tortilla, la carnala, el negocio (donde trabaja), sus herramientas de trabajo, sus herramientas de prevención del VIH/Sida e ITS.

Después de más de 20 años de trabajo para la prevención del SIDA y contra la trata de personas, la prostitución forzada y la prostitución infantil, queda claro que sólo las trabajadoras sexuales se pueden liberar a sí mismas de la explotación material de que son objeto y de los diferentes tipos y modalidades de violencia que les impiden tener una vida plena. También queda claro que no es suficiente que las relaciones sociales que se fundamentan en el sentido de propiedad desaparezcan, para que desaparezca la trata de personas y los diferentes tipos de explotación de los que son objeto las trabajadoras sexuales. Si no se le da continuidad a una revolución cultural que cuestione las relaciones patriarcales en las cuales están inmersos la mayoría de sujetos sociales en México, poco avanzaremos, ya que uno de los pilares de la trata sexual en el país está inmerso en relaciones comunitarias ancestrales basadas en el culto a la madre tierra, que los valores judeo- cristianos han trastocado, facilitando la venta de mujeres y su concepción exclusiva como objeto sexual, en contextos de extrema miseria y violencia de género.

Publicado el 5 de noviembre de 2012 



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