4 de agosto de 2014
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“Mientras nada demuestre lo contrario, nuestros hijos están vivos”: madres centroamericanas

Cinco madres de la caravana “Liberando la Esperanza”, que recorren México con la esperanza de encontrar a sus hijos, cuentan la historia de cómo perdieron a sus familiares, y de su incansable lucha para recuperarlos.

Amaranta Cornejo Hernández y Sergio Castro Bibriesca
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México. DF. Desde el pasado 15 de octubre la Caravana de madres centroamericanas “Liberando la Esperanza” recorre gran parte del territorio mexicano en busca de migrantes desparecidos. El recorrido, que se realizará hasta el 3 de noviembre, abarca alrededor de 4 mil 600 kilómetros, y contempla la visita a 14 estados y 23 localidades.

La ruta que sigue la caravana es la misma que hacen los y las migrantes en su paso por México hacia los Estados Unidos. “Liberando la Esperanza” está integrada por 60 personas provenientes de El Salvador, Honduras, Nicaragua y Guatemala, y uno de sus organizadores es el Movimiento Migrante Mesoamericano (MMM).

Uno de los objetivos de la caravana es buscar a las y los centroamericanos que han desaparecido en territorio mexicano. Para el gobierno esto una acción humanitaria, para las madres es una búsqueda dolorosa y para las organizaciones y activistas es un deber que se hace ante el incumplimiento de las instituciones el Estado.

En las siguientes líneas, cinco de las madres centroamericanas que viajan con la caravana comparten con Desinformémonos sus historias.

Sé que él está vivo

Mi hijo se llama Eugenio Marcelino Juárez Gómez, desapareció en el 2002. Hace tres años me marcó por última vez desde la ciudad de Tijuana, me pedía que le mandara su acta de nacimiento, se la envié a los pocos días e intenté comunicarme con él, sin embargo ya no respondió a esas llamadas telefónicas. Pasaron algunos días y lo volví a intentar, pero no tuve respuesta. Tiempo después, contestó una mujer diciendo que ella había comprado ese teléfono y que no conocía a Eugenio.

Eugenio tenía 17 años de edad cuando se fue a buscar mejor suerte a los Estados Unidos. Me dijo que me compraría una casa con el dinero que ganara. Tengo mucha fe y confianza de que la vida de mi hijo se encuentra intacta, todos los días rezo por él, y también por los demás hijos, por las demás madres que andamos en esta lucha, pido por todos, no sólo por el mío.

Me llamo Narcisa Socorro Gómez y soy de Nicaragua. Tal vez hoy no reciba noticias de él, pero espero tener una llamada de mi hijo. Cuando hablaba con mi hijo, era feliz, pero una vez que la comunicación se acabó, comenzó la preocupación constante de no saber dónde estaba, cómo estaba, si estaba encarcelado, secuestrado o perdido. Aún así, sé que él esta vivo.

Nueve años tras la pista de su hija

Me llamo Eugenia Barrera Rocha y busco a mi hija Clementina del Carmen Lagos Barrera que despareció el 9 de noviembre de 2003. Desapareció de Nicaragua a manos de un grupo de trata de personas.

Pronto empecé el recorrido de su búsqueda. Primero en El Salvador y luego Guatemala, ahí me dijeron que se la había llevado un mexicano. Llegué en 2010 a Tapachula, Chiapas. Vecinos de los alrededores reconocieron a mi hija y dijeron que la habían visto en una casa. Toqué la puerta y no abrieron, sin embargo, por arriba de la casa se asomaron. Por la tarde, ese mismo día, regresamos a la casa, esta vez, con policía estatal y federal de México. Salió el señor de la casa, pero negó que mi hija estuviera ahí.

El señor dijo que sólo vivía con su esposa y dos hijos, en ese momento la que iba de coordinadora de la Caravana le dijo que yo sólo quería ver a mi hija y saber que estaba bien, que tenía muchos años sin saber de ella, yo le dije lo mismo.

El señor de la casa respondió de manera muy agresiva y se le notaba muy tembloroso. Los vecinos del lugar dicen que mi hija es la esposa del señor. Al final no pudimos contactarla y por lo tanto no sé si es mi hija.

En esta Caravana pasaremos de regreso por Tapachula y volveremos a buscarla, sin embargo, yo casi perdí la esperanza tras un año, pues quizás ahora se hayan cambiado de casa. El señor tal vez se siente dueño de mi hija por haber pagado una cantidad de dinero por ella, pero no es así.

Nos vamos con la esperanza de que la gente nos ayude encontrarlo

Vengo de Honduras buscando a mi hijo, Óscar López Enamorado, quien se fue en 2008 con destino a los Estados Unidos, buscaba una vida mejor. Óscar estudiaba, sin embargo la situación en Honduras es muy difícil, porque casi no hay empleo.

Desde 2008 a enero de 2010 se perdimos la comunicación, hasta que él se comunicó por teléfono desde Puerto Vallarta. Óscar tiene 22 años.

Las autoridades de Honduras no nos han ayudado en nada, ni tampoco las autoridades de México. Mi hijo ya no llegó a Estados Unidos y se quedó trabajando en una casa ayudando en lo que se necesitaba, pues me decía que tenía miedo de cruzar México.

Soy Ana Enamorado y siento que estar en la caravana hace que me sienta más cerca de mi hijo. Una vez que regresemos a casa, nos vamos con la esperanza de que la gente nos ayude encontrarlo.

Lo he buscado en las cárceles, en la morgue, en las calles, en las vías del tren, por todos lados

Ando en busca de mi hijo, Alberto Sadaí Espinoza Vázquez, que el 27 de marzo de 2002 salió de Honduras. Poco después nos llamó desde Tuxtla Gutiérrez y comentó que trabajaba en una compañía de construcción de hospitales llamada PYCSUR. Mi hijo tenía 20 años cuando se fue y desde entonces ya no he sabido de él.

Mi hijo y yo nos dedicábamos a vender diferentes cosas por la calle, sin embargo, ése no fue el motivo de su partida. Mi hijo dejó su país acompañando a su primo Armando Espinoza, quien era el que realmente quería cruzar hacia los Estados Unidos.

Durante estos diez años, lo he buscado en las cárceles, en la morgue, en las calles, en las vías del tren, por todos lados. Mientras nada demuestre lo contrario, nuestros hijos están vivos. Soy Dorca Espinoza Vázquez.

Lo soñé y fue una forma de comunicarnos

Soy de Nicaragua y me llamo Ana María Valdivia, vengo en busca de mi hijo, Jorge Luis Cardoza, quien tiene seis años desaparecido. El 8 de junio de 2006 partió de Nicaragua, buscando una mejor vida y el 27 de ese mismo mes fue su última llamada desde Matamoros. Sé que él se quedó por Denver Colorado. Hablé con algunos que iban con él y me dijeron que tenía los pies muy lastimados y que no podía apoyarse.

Cuando cruzaron el Río Bravo le ofrecieron quedarse en una casa, pero él no quiso porque dijo que lo podían matar, y es por eso que siguió. Caminaron toda la noche y fue antes de amanecer cuando mi hijo se quedó. Los que iban con él dijeron que lo dejaron en el camino porque iba la migra sobre ellos. Eran más de 30 migrantes e iban tres polleros y huyeron. El pollero responsable dijo que mi hijo no está muerto, porque recorrió el camino de regreso y no encontró ningún cuerpo.

Creo que mi hijo está preso y que no ha muerto, sin embargo no hay registro alguno de él.

Lo que me motiva a seguir buscando es saber que mi hijo vive. Lo soñé hace un tiempo, estaba tras las rejas, creo que fue una forma de comunicarnos.

Cifras del flujo migratorio

De acuerdo con el Instituto Nacional de Migración (INM) cada año transitan por territorio nacional 140 mil migrantes, provenientes mayoritariamente de Centroamérica. Las estimaciones de organizaciones no gubernamentales hablan de 400 mil migrantes. La mayoría de estas personas tiene como destino los Estados Unidos.

Del total de personas migrantes, entre el 10 y el 30 por ciento son mujeres, y el resto son hombres.

Las desapariciones

De acuerdo al MMM, son alrededor de 70 mil migrantes desaparecidas en su tránsito por México. Algunas organizaciones centroamericanas tienen registro de 20 mil personas, cifra que corresponde a los casos que familiares de estas personas han presentado en sus países de origen. Datos recabados por organizaciones de atención a migrantes en México indican que estas personas han sido víctimas de asesinatos, “levantones”, torturas, secuestros, violaciones sexuales o detenciones arbitrarias. El MMM afirma que estos crímenes se relacionan con la venta de órganos, la extorsión, el tráfico y trata de personas, donde el 66 por ciento son mujeres, y  también con obligar a los migrantes a trabajar para el crimen organizado.

Las fosas clandestinas

En muchas ocasiones, el destino de los migrantes es quedar atrapados en alguna fosa clandestina. En agosto del 2010 se halló una fosa en San Fernando, Tamaulipas (estado al noreste de México). En abril de 2011, la procuradora de la República, Marisela Morales, informó que se habían hallado 193 cuerpos en 47 fosas clandestinas en el estado de Tamaulipas. El mismo Instituto Nacional de Migración (INM) ha declarado que existen 825 cuerpos de migrantes en calidad de desconocidos. Ante este panorama, el Estado mexicano no ha cumplido el requisito mínimo de identificar a los muertos, para que así, estas personas dejen de ser desconocidas y se dé aviso a sus familiares.

Las respuestas

Para el gobierno mexicano, la migración se ha convertido en un discurso de seguridad nacional, como lo demuestra el Plan de Desarrollo Nacional 2007-2012. Esto ha implicado incrementar el número de policías que realizan acciones de “vigilancia” en las fronteras, y la creación de más centros de detención. Sin embargo, esto no ha significado una atención más humanitaria a las personas migrantes.

Ante la indolencia, negligencia y corrupción de las autoridades e instituciones mexicanas, la sociedad civil se ha organizado para apoyar e incluso proteger a las personas migrantes en su paso por México. Por esta razón, la caravana “Liberando la esperanza” visita y se reúne con diversas asociaciones y refugios para migrantes en el país, quienes las reciben y les abren espacios de diálogo con migrantes presentes en esas localidades con la idea de recabar información que les lleve a encontrar pistas sobre el paradero de las personas desaparecidas.



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